Querid@
hij@:
Hace
tiempo que deseaba escribirte una carta, pero últimamente te
veo con mucho agobio. ¿Qué pasa? Cuando no es por una
cosa, es por otra, pero siempre está en tus labios la palabra
“agobio”. Te veo con poco tiempo, con muchos compromisos,
durmiendo poco y quizás sin una orientación clara en la
vida. Según creo, ahora ponen más exámenes que
nunca, y además a ti te han tocado los profesores más
difíciles, ¿verdad?
Me
encanta como eres. Bueno, es cierto que algunas cosas de tu forma de
ser no sé dónde las has aprendido, porque estoy segura
de que yo no te las he enseñado… pero son muy pocas. A
veces me enfado por eso. Pero tú sabes que no quiero hacerte
daño, sino ayudarte. Reconozco que ya voy teniendo una edad en
la que no me explico el color de tus camisetas y la manía de
llevar el pelo de esa forma tan rara… Por encima de todo eso,
creo que eres una gran persona, y –lo que es aún mejor-
sé que hay un gran potencial en ti.
Tu
padre y yo estamos encantados de que sigas viviendo con nosotros. Sabes
que ésta siempre será tu casa, y que nosotros no dejaremos
de apoyarte. Pero… creo que te apoyas demasiado, y sería
bueno que comenzaras a caminar sin estas muletas que somos nosotros:
tus padres, la casa, la comida caliente, la mesa puesta, el móvil
con saldo, la ropa limpia, Internet en casa…
Eres
joven, pero no quiero que pases el tiempo preparándote, cómo
si la única meta de tu vida fuera “la preparación”.
Necesitas saber ya qué es lo tuyo, qué se te da bien.
Ya es hora de que vayas eligiendo tu futuro. Nos gustaría poder
aconsejarte sobre tu vida… pero tu padre y yo sabemos que es mejor
que lo decidas por ti mismo.
Eso
sí: ¡ni se te ocurra pensar que seguirás en esta
casa con 30 años! Por eso, con mucho cariño, te voy a
dar mi mejor consejo, y no dejes para mañana lo que puedas hacer
hoy: ¡búscate la vida!
Un
beso.
Mamá