Podemos
pensar que todo lo que la vida nos ofrece mañana es repetir
lo que hicimos ayer y hoy. Pero si ponemos atención, nos daremos
cuenta de que ningún día es igual a otro. Cada mañana
nos trae una bendición escondida, una bendición que
solo sirve para este día, y que no puede ser ni guardada ni
desaprovechada. Si no usamos ese milagro hoy, se perderá. Este
milagro está en los detalles de lo cotidiano; es necesario
vivir sabiendo que a cada instante tenemos la salida para el problema,
la manera de encontrar lo que está faltando, la pista adecuada
para la decisión que precisamos tomar para modificar todo nuestro
futuro. Pero ¿cómo tener el coraje para eso?
A
mi entender, Dios habla con nosotros a través de señales.
Es un lenguaje individual, que requiere fe y disciplina para ser totalmente
absorbido.
San
Agustín, por ejemplo, fue convertido de esa manera. Durante
años buscó en varias corrientes filosóficas una
respuesta para el sentido de la vida hasta que cierta tarde, cuando
se encontraba en el jardín de su casa en Milán reflexionando
sobre el fracaso de su búsqueda, escuchó una voz infantil
en la calle que cantaba: "¡Ábrelo y lee! ¡Ábrelo
y lee!". A pesar de haber sido siempre gobernado por la
lógica, decidió en un impulso abrir el primer libro
a su alcance. Era la Biblia, y en ella leyó un fragmento de
San Pablo con las respuestas que buscaba. A partir de allí
la lógica de San Agustín abrió sitio para que
la fe pudiese también participar, y él se transformó
en uno de los mayores teólogos de la Iglesia.
Paulo
Coelho