Hacer el tonto por la vida

 

Lo socialmente más penalizado hoy es hacer el tonto (o ser ingenuo), pero quien hace el bien espontáneamente y sin trastienda suele ser ingenuo.

¿Qué es “hacer el tonto”?

El diccionario de María Moliner se queda corto diciendo que “se aplica a personas de poca inteligencia” (luego resulta más claro en los sinónimos, mucho más expresivos…); el Diccionario de la Academia es aún peor: lo define con otro vocablo igualmente popular, pero ya fuera de uso: “mentecato”; y añade “o de escaso entendimiento y razón”.

Evidentemente, quien hace el bien no da muestras “de escaso entendimiento o razón” no de “poca inteligencia”; lo más, da muestras de poca picardía, de ingenuidad, de falta de malicia y de falta de sagacidad práctico-social…

La bondad es hoy poco presentable: si alguien presta una ayuda por auxiliar sin más a un desgraciado, se le desprecia; si dice que ayuda para manipularle y ganarlo para su conveniencia y tenerle a su disposición, se le perdona por haber hecho el “bien”. [...]

Básicamente, "tonto" es quien no es lúcido acerca de los asuntos quele atañen (y puede ser tonto únicamente en tales asuntos, y en lo demás ser un genio).[...]

 

El bien es "lo que hay que hacer". Y no es lícito dejar de hacerlo para no ponerse en evidencia.

Hay necesidades objetivas que exigen una respuesta de nuestra parte. Es mejor hacer el bien que quedar bien. [...]

Ante todo, hay que hacer el "bien serio", no tratar de remediar tontamentemales o necesidades sin importancia, y por ello desatender otras necesidades y fines de verdadera urgencia. El bien cierto, sólido, que ayuda de verdad a otros o contribuya a que haya menos mal en el mundo, o a crear más "bien" en esta maltratada y deteriorada sociedad.

Se podría caracterizar brevemente esta actitud como conducta generosa (abierta a la necesidad general y a la ajena), pero discretamente prudente. Y decimos discretamente porque no ha de utilizar hipócritamente la prudencia para "no hacer".

En todo caso, si usted se arriesga, sepa que vale mucho más lo hecho por el bien, aun perdiendo, que la preservación del posible beneficio hecho por haberse defendido demasiado.

Sólo el amor hace que, aun cuando sea ingenuo, se lance al riesgo sin demasiada prudencia. Pero el amor es ya otra cosa, cualitativamente diferente del bien/mal; y lo que realmente acaba valiendo, muy por encima de lo que se haya conseguido al hacer el bien, es el amor con que se hizo y por quien se hizo.

Perder por amor es desde luego peligroso, pero no es triste. A veces hay que perder bastante para ganar más o de mejor calidad que lo que se tenía.

Luis Cencillo (Cómo no hacer el tonto por la vida, 189-195)

 

¬ El Espíritu del Señor está sobre mí

¬ Me ha ungido y me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres

¬ ¡Ay de mí si no dedico mi vida a anunciar el Evangelio!