Jesús
ha dado sentido a muchas vidas a lo largo de la historia. Son innumerables
las personas que han respondido a su llamada y han elegido “vivir
para los demás”.
Nuestro
mundo necesita de personas valientes que estén dispuestas a
afrontar la vida de los otros como construcción del Reino de
Dios desde la propuesta del Evangelio. Somos llamados a vivir al estilo
de Jesús, invitados a continuar su obra.
Si
quieres dar una respuesta, has de tener en cuenta que:
1)
Dios te ha escogido personalmente para una misión:
te ha llamado por tu nombre, y te quiere tal cual eres. Así
ocurrió con sus discípulos, llamados en medio de los
afanes cotidianos para una tarea nueva (Mc 1, 16-20). Otros estaban
buscando comprometerse en unas relaciones nuevas basadas en el amor
de Dios, y encontraron en su llamada la Vida que estaban buscando
(Jn 1, 35-51).
Y
a los que escoge, les envía delante de sí, para que
le preparen el camino, explicándoles que aún queda mucho
por hacer: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad,
pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”
(Lc 10, 1-9).
2)
Su llamada es un don que él te ha entregado: Dios ya
te entregó el don de la vida, además de unas cualidades
y habilidades para desarrollarte como persona. Ahora te entrega el
don de la vocación, te llama a tener fe en él
y construir tu vida desde la confianza. Esta llamada del Señor
es un tesoro escondido y una perla preciosa (Mt 13, 44), que provoca
en quien escucha el abandono de todo para entregarse por entero al
anuncio del Evangelio.
Pero
no todos los llamados responden de la misma manera a la llamada. Ser
elegido por Dios es algo tan valioso que todo aquel que no sepa apreciar
su valor lo perderá. Algunos, como el joven rico que aparece
en el Evangelio, rechazan este don (Mt 19, 16-21). Un joven que lo
rechaza a pesar de estar preparado (“Todo eso ya lo cumplo”)
y de buscar más (“¿qué más he
de hacer?”). Pero este joven –como ocurre a muchos
hoy- quería “hacer cosas” y no entregarse a sí
mismo.
La
llamada de Jesús significa dejarlo todo y seguirle, olvidándose
de uno mismo. La llamada de Jesús significa renunciar radicalmente
a todo lo que no es del Reino, y también lleva consigo la cruz
(Mc 8, 34). La cruz de no dejarse llevar por el “caos de la
realidad” y de luchar por la llegada de las relaciones nuevas
que implican el respeto, la misericordia, la paz, la justicia, el
servicio y el amor. Y estos valores, para que nos vamos a engañar,
no están de moda.
3)
Te ofrece formar parte de su Plan, el Reino: La vida que Dios
te ofrece forma parte de un plan más grande, que engloba a
todos los seres de esta tierra. Es su plan de salvación para
todos, en el que cada uno tiene una misión. Y tú misión
no la puede desarrollar nadie más. Es personal e intransferible.
María,
una mujer de Galilea, se vio sorprendida por la llamada de Dios a
participar en este plan como Madre de su Hijo, y no dudó en
responder, ofreciéndose por completo: “Que se haga
en mí lo que has dicho” (Lc 1, 26-38). A los apóstoles
les llamó para ser “pescadores de hombres”
(Mc 1, 17), anunciando las palabras que escuchaban de Jesús
y bautizando a los nuevos discípulos (Mt 28, 16-20).
4)
Al servicio de la comunidad y de la humanidad: Jesús
te entrega una misión que consiste en cumplir un mandamiento:
el Amor, que se expresa en el servicio (Jn 13, 1-15). El
amor crea la comunión y la comunidad. Te invita a estar unido
a Él y a tus hermanos como el sarmiento está unido a
la vid (Jn 15, 1-6). Por esta unión, todos formamos una comunidad
que es parte del Cuerpo de Cristo (Col 1, 24), sin olvidarnos de aquellos
que viven en la pobreza y la marginación, y reclaman nuestro
compromiso y solidaridad (Mt 25, 31-46).
5)
Con una forma de vida concreta para ti: Una misión que
se concreta en diversos modos de vida: el laicado, la familia, el
sacerdocio, la vida religiosa, la vida misionera, el compromiso social
y polícito, etc. Una misión que tiene diferentes formas
de expresión: la catequesis, el voluntariado, la oración,
la comunidad, la celebración, la caridad, la denuncia, el trabajo
responsable, la educación, la sanidad, la promoción
social, etc.
A
la luz de las señales de Dios, respondiendo a su llamada, encontrarás
cuál es tu misión. No acalles la llamada de Dios, y
síguele.