¡No sé qué me pasa últimamente!

 

Todas las personas programan su vida de una forma razonable, de acuerdo con sus gustos, sus propias cualidades, sus intereses, sus deseos y sus aspiraciones. La vida se construye a partir de lo que busca cada uno de nosotros. Y son muchos los hombres y mujeres que, abandonando la comodidad de una vida instalada, se han puesto en camino escuchando la voz de su interior, que les lanzaba a una búsqueda.

Una búsqueda... ¿de qué? Del sentido de la vida.

Abraham es una de esas personas que se puso a buscar. Hace muchos, muchos años, sintió la necesidad de que su vida fuera completa, plena, feliz. Y su búsqueda no siguió el proyecto que le proponían otros hombres, más poderosos o más sabios, sino que escuchó su corazón y confió en una llamada interior. Hizo un camino de fe, de confianza. Por eso, Abraham es considerado por los creyentes de varias religiones como “el padre de los creyentes”, como el prototipo de hombre de fe.

Él también tenía una vida organizada según los valores de su tiempo y las cualidades que poseía. Vivía instalado en una ciudad, Jarán, y allí había conseguido una buena posición: poseía ganados y tenía un buen grupo de personas a su servicio. Esta es la descripción que nos hace la Biblia de la situación de Abraham a la edad de setenta y cinco años. Nadie puede pedir más para esa misma edad.

Pero, de repente, una voz potente resuena en él. Es una voz desconocida, pero que remueve las raíces más profundas de su ser. Esa voz le revelaba que su corazón no estaba aún satisfecho, que su felicidad no era completa. La voz que escuchaba era Dios. Sentía con fuerza que se podía ir más allá, y que existía un Ser que le ofrecía, le prometía, una vida mejor. La voz le invitaba a salir de su tierra para ir a otra mejor, una tierra en la que habitarían por siempre sus descendientes.

Esta experiencia de Abraham nos llega a todos, y en momentos clave de nuestra vida nos sentimos llenos de insatisfacción. Lo expresamos diciendo: “¡No sé que me pasa últimamente!”. Sabemos que podemos ser “más” y que lo que hemos conseguido hasta ahora no es más que el principio. Hay una sed en nuestro interior que nos descoloca. Y esa sed es la sed de Dios, porque solo Dios tiene respuesta para esa sed.

Abraham se puso en camino. Siguió a la voz que le prometía una tierra nueva y definitiva. La voz calmaba esa sed que él tenía: la de encontrar su propio lugar en la vida, la tierra que Dios le iba a mostrar. Y se siente bendecido por esa voz a la que escucha. Pero ¿quién es esa voz? Abraham confía en ella sin saber quién es. La promesa le suena a verdad: “Serás bendición”.

Lamentablemente, nuestra confianza y seguridad se ha asentado sobre lo que otros han decidido que tengo que vivir: responder como un adulto en mi responsabilidad en el estudio, salir de marcha “a muerte” rigurosamente cada sábado, vestir de una forma determinada, utilizar un lenguaje adecuado a mi edad, tener relaciones como las que salen en la tele. Vivimos en una tierra “que no es la nuestra”, y en la que ser uno más no nos llena. Sin embargo la voz de Dios llega a nosotros, de forma tranquila, cada día. No es una llamada ruidosa y publicitaria. Es una llamada desde nuestro interior, que hace saltar la alarma de la insatisfacción. Es una llamada desde nuestro exterior, que nos invita a cuidar la vida y comprometernos con ella. Es una llamada en la Iglesia, en una comunidad que confía en Él y nos ofrece acercarnos a su Palabra.

A muchas personas les gustan los deportes de aventura, pero sólo se entregan al riesgo en su tiempo libre. En la vida cotidiana, es muy difícil arriesgarse, aunque todos saben que es el camino. Abraham arriesga mucho al fiarse de Dios y salir hacia lo desconocido, lo nuevo. Y lo hace fiándose de una promesa, nada más.

Al escuchar la llamada de Dios, lo normal es caer en la tentación de posponer una respuesta para otro momento. Incluso en las pequeñas opciones de cada día, preferimos esperar a tenerlo todo muy claro, muy seguro. No es una tontería querer tener una cierta garantía de que el riesgo que voy a correr servirá para algo. Pero también es verdad que nunca habrá una seguridad completa.

No podemos estar eternamente indecisos. Hay que salir de nosotros mismos para encontrarnos con la vocación que nos espera. Y Dios te repite hoy las mismas palabras de Abraham: “Sal de tu tierra y ve a la tierra que yo te mostraré”. ¿Responderás?

La vocación necesita tiempo. Hay que andar un largo camino, como hizo Abraham (Génesis 12, 1-9; 15, 1-21). La vocación necesita tiempo para clarificarse y asentarse en uno mismo. Parece que es algo que viene de fuera y, sin embargo, es lo más profundo de ti mismo y has de descubrirlo. Ponte en camino y no temas, porque los caminos de Dios superan todas nuestras previsiones.


 

¬ El Espíritu del Señor está sobre mí

¬ Me ha ungido y me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres

¬ ¡Ay de mí si no dedico mi vida a anunciar el Evangelio!