276 años de historia

La Congregación del Santísimo Redentor fue la respuesta de San Alfonso a la llamada de Jesús desde los pobres. El año 1730, Alfonso se sintió agotado del trabajo misionero que desarrollaba en Nápoles, por aquel entonces la tercera ciudad más grande de Europa. Los médicos le obligaron a guardar reposo y a respirar el aire limpio de la sierra. Con un grupo de compañeros se dirigió a Scala, en la "Costa Divina" de Amalfi, con la mar turquesa y encendida de luz. En lo alto se encontraba el santuario de Santa María de los Montes, un lugar delicioso para el descanso y para la contemplación junto a la Madre del Señor: altura, belleza, y, al fondo, el mar...

Pero Scala era también pobreza. En las montañas vivían grupos de pastores y cabreros que se acercaron a los misioneros pidiéndoles el Pan de la Palabra, el Evangelio. Alfonso quedó sorprendido al escuchar su grito de ayuda y recordó el lamento del profeta: "Los pequeños piden pan; pero no hay quien se lo reparta" (Lm 4, 4). Antonio María Tannoia -su primer biógrafo-, nos dice que, al partir de Scala, Alfonso dejó parte de su corazón con los pastores y cabreros y lloraba pensando el modo de ayudarles.

En Nápoles rezó mucho, consultó, pidió ayuda para ver claro... Al fin, comprendió que debía volver a Scala. En Nápoles había pobreza... Él la había compartido con los marginados de Las Capillas del atardecer; pero eran muchos los nobles y clérigos que pasaban al lado de los pobres y podían ayudarles a salir de la marginación. En Scala los pobres estaban solos, totalmente abandonados.

En la época de Alfonso, el llamado Siglo de las Luces o la Ilustración, los campesinos eran el grupo más despreciado de la sociedad: "no se les consideraba hombres como a los demás..., eran el oprobio de la naturaleza". Por eso Alfonso eligió estar a su lado, compartir su vida y regalarles, a manos llenas, la Palabra de Dios.

De nuevo escribe Tannoia: "Seguro Alfonso de la voluntad de Dios, se animó y armó de coraje. Haciendo a Jesucristo un sacrificio total de la ciudad de Nápoles se ofreció a pasar sus días entre los apriscos y las chozas y a morir allí rodeado de aldeanos y pastores... Con la bendición de su director, monta en la cabalgadura de los indigentes y, sin hacerlo saber a sus parientes y amigos más queridos, deja Nápoles y, a lomo de burro, se va a la ciudad de Scala."

El 9 de noviembre de 1732, Alfonso María de Liguori fundó, en Scala, la Congregación del Santísimo Redentor "para seguir el ejemplo de nuestro Salvador Jesucristo anunciando a los pobres la Buena Noticia". Todo consistió en una larga meditación, la celebración de la Eucaristía y el cántico del Te Deum: apertura al Espíritu, compartir el Amor de Dios con nosotros y acción de gracias, como María de Nazaret: la madre de la Misión y de la nueva congregación misionera. Alfonso tenía 36 años. Su vida se hizo comunidad, ofrenda total a la misión y servicio a los más abandonados.

Muy pronto comenzaron las diferencias y varios dejaron el pequeño grupo inicial: no aceptaban la misión a los pobres, y vivir en comunidad, como única opción de seguir a Jesús. Pocos días después, estaban juntos las cuatro columnas de la congregación naciente: San Alfonso, César Sportelli, el hoy Beato Genaro Sarnelli y el H. Vito Curcio, persona entrañable que sólo supo de fidelidades a Cristo, a la misión, a los hermanos y a Alfonso. El año 1749 el Papa Benedicto XIV aprobó la congregación.

Los Redentoristas vivimos en comunidades misioneras, abiertos a la acogida y a la oración, como María. Por medio de las misiones, ejercicios espirituales, parroquias, apostolado ecuménico, santuarios marianos, ministerio de la reconciliación y la enseñanza de la Teología Moral proclamamos la Redención abundante del amor de Dios nuestro Padre: en Jesús "habitó entre nosotros" para hacerse misericordia entrañable y Palabra de Vida que alimenta el corazón humano y le da razones para vivir y construir su historia en libertad y solidaridad con los demás. Y, como Alfonso, hacemos una opción muy clara en favor de los más pobres: afirmamos su grandeza y dignidad y creemos que son los destinatarios preferidos de la Buena Noticia.

Cerca de 6.000 Misioneros Redentoristas trabajamos en comunidades de misión en 76 naciones de los cinco continentes, ayudados por muchos hombres y mujeres que colaboran en la misión y forman la Familia Redentorista. "Nuestra Señora del Perpetuo Socorro" es el icono misionero de la Congregación.

 

Nuestro carisma

El Espíritu fue llevando a Alfonso por caminos, siempre nuevos, para realizar en la Iglesia su carisma y ofrecerlo, como don gratuito, a sus hijos. Ese carisma era, y es, el anuncio de la Buena Noticia a los más pobres, al estilo de Jesús de Nazaret: con la sencillez y fidelidad creativa de las Bienaventuranzas.

Escribió en el proyecto de las reglas: "el único objetivo (de la Congregación y de la vida de las comunidades redentoristas) será seguir el ejemplo de nuestro Salvador Jesucristo predicando a los pobres la divina Palabra, como él dijo de sí mismo: " Me envió a evangelizar a los pobres". Lo concreta en la súplica de aprobación pontificia: "El año 1732 se unió con sus compañeros para entregarse a servir con misiones, instrucciones y otros ejercicios a los pobres del campo, que son los más desprovistos de auxilios espirituales."

En la época de Alfonso, el pobre estaba lejos, fuera, marginado de la sociedad, el Estado y la pastoral de la Iglesia. Estar al lado del pobre exigía itinerancia, salir: libertad para acudir con gran prontitud con las misiones; pero, también, cercanía y presencia. Por eso añade en la explicación sobre la Congregación: "las comunidades estarán situadas fuera de las poblaciones para dar mayores facilidades a la pobre gente del campo de acudir a escuchar la Palabra de Dios y recibir los sacramentos."

La cercanía al pueblo pobre llevó a Alfonso a rechazar la misión central -que predominaba en su época-, como método misionero. Había una razón de eficacia pastoral: muchos no podían desplazarse y quedaban excluidos. Y otra, más profunda y evangélica: la necesidad de que el misionero fuese al encuentro del pueblo en cada aldea, por pequeña que sea, para ofrecerles la Buena Nueva de la Redención abundante, que les pertenece, y para escucharles personalmente en la celebración del sacramento de la Misericordia. Era su forma de afirmar la grandeza y dignidad del pobre; por eso, Alfonso purificó el lenguaje y creó un estilo nuevo para anunciar el mensaje con sencillez y preparación intensa: hacerlo, a la apostólica, como Jesús de Nazaret. Y para ofrecerles gratuitamente lo que gratuitamente había recibido.

El Concilio Vaticano II pidió a todos los religiosos renovar las constituciones en fidelidad a los orígenes y a las necesidades del hombre en diálogo con el mundo de hoy. Los Redentoristas lo hemos hecho en distintos capítulos. Por eso, anclada nuestra esperanza en la gratuidad de la llamada del Padre a trabajar en la viña del Reino, en la Redención abundante de Cristo, en el amor de Dios que inunda nuestros corazones por el Espíritu (Rm 5, 5), en el Sí de María y con el mismo compromiso misionero de Alfonso con los más pobres, intentamos vivir -personal y comunitariamente-, lo que la Iglesia espera de nosotros.

Así sueñan las Constituciones al nuevo Redentorista: "Son apóstoles de fe robusta, de esperanza alegre, de ardiente caridad y celo encendido. No presumen de sí y practican la oración constante. Como hombres apostólicos, e hijos genuinos de San Alfonso, siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra. Con plena disponibilidad para todo lo arduo, como fruto de la abnegación de sí mismos, viven preocupados por llevar a los hombres la Redención abundante de Cristo" (Constituciones CSSR, 20).

Juan Pablo II -en Carta a los Redentoristas-, expresó, de forma atrayente, el carisma alfonsiano y la actualización del mismo para llevar a cabo nuestra misión en la Iglesia: "San Alfonso fue amigo del pueblo, del pueblo bajo, del pueblo de los barrios pobres de la capital del reino de Nápoles, el pueblo de los humildes, de los artesanos y, sobre todo, de la gente del campo. Este sentido del pueblo caracteriza la vida del santo, como misionero, como fundador, como obispo, como escritor. En función del pueblo repensará la predicación, la catequesis, la enseñanza de la moral y la misma vida espiritual." Y continúa el mismo Papa: "Sed siempre... los continuadores de la obra del Redentor, del que lleváis el título y el nombre, según el fin del instituto marcado por el santo: Seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador, en la predicación de la divina palabra a los pobres, como El dijo de sí mismo: -He sido enviado a evangelizar a los pobres" (Constituciones CSSR, 1).