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José María Benito Serra
Fundador de las Hnas. Oblatas del Santísimo Redentor

¿Quién es este señor, que en el mes de octubre de 1862, llega a Madrid y se instala discretamente en las Escuelas pías de la calle Mesón de Paredes? A la sazón cuenta con 52 años. Posee una mirada inteligente y profunda. En su rostro se adivina la marca que deja la ardua labor y entrega de un intrépido misionero y de un Obispo que hace camino de humanización y evangelio con los aborígenes de la lejana Australia Este monje, misionero, soñador y profeta es José María Benito Serra y Julia, que había nacido en Mataró (Barcelona) el 11 de mayo de 1810.

A los diecisiete años, impulsado por el viento del Espiritu, llega a Santiago de Compostela y en el Monasterio de San Martín, profesa como monje benedictino en 1828. Años después, en este mismo lugar es ordenado sacerdote.

Malos vientos corren en España, pues en el otoño de 1835 se decreta la supresión de todas las órdenes monásticas del país. Las dificultades arrecian pero al joven Serra no le arredra y decide continuar su vida monacal en la abadía de la Cava Italia. Aquí permanecerá hasta 1846.

En este momento, en el mundo católico europeo, hay un fuerte resurgir de las misiones. Serra, cegado por la luz del evangelio y obediente al impulso del Espíritu, arribaría con otros compañeros al puerto de Fremantle Australia, después de tres meses de travesía, un 8 de enero de 1846.

Intensos y briosos son sus años de misionero en Australia (1846-1860). En 1847 recibe el decreto con el nombramiento de Obispo de Puerto Victoria. Años donde se hace viajero, explorador, guía, acompañante y sobre todo educador y evangelizador. Funda los dos primeros monasterios benedictinos en Australia y trabaja incansable en su diócesis.

En 1859 serias dificultades le hacen renunciar al obispado de Perth y regresar a Roma donde inicia nuevos contactos apostólicos que le encaminaran proféticamente hacia España.

En octubre de 1862 ya está en Madrid. Muy pronto, se inserta en diversas tareas pastorales. Su celo infatigable, y su dinamismo, le inducen a mirar la realidad social con sentido crítico; preferentemente la realidad que se da en esos lugares donde las personas no cuentan y malviven en la exclusión. Donde la vulnerabilidad es de tal dimensión que no saben ni aciertan a pedir ayuda.

En el Hospital de san Juan de Dios, descubre el drama que soportan las mujeres que ejercen la prostitución en aquel Madrid de mediados del siglo XIX, y se pregunta qué futuro digno les espera a la salida del hospital. Sencillamente, ninguno. Porque el que hay es insuficiente. Serra se conmueve y todo su ser queda afectado por esta situación.

Situación que le provoca a convertirse en alternativa de humanidad y evangelio. Veamos como él se expresa: “después de haber asistido mucho tiempo a los enfermos de este hospital, he visto que entre las enfermas es grande el número de las que quieren dejar esa vida. He hablado con las directoras de esos establecimientos destinados a recogerlas, pero en vano. Se encuentran llenos, y las muchachas, no obstante sus buenas disposiciones, se ven obligadas a abandonarse otra vez por las calles por no haber quien las quiera admitir. Esto era demasiado doloroso para que yo pudiera presenciarlo sin determinarme a hacer algo a favor suyo”.

Avezado y hábil para hallar recursos, sobre todo cuando se trata de acompañar a personas en dificultad, conecta con instituciones, idea estrategias, recurre a influencias, apela a la reina, denuncia y anuncia como el profeta.

En ese ir y venir alberga la seguridad de que una mujer de entraña comprensiva y compasiva, de mente lúcida y de una formación poco común, como Antonia María de Oviedo y Shönthal, institutriz de las hijas de la Reina María Cristina, sería la cómplice perfecta para llevar adelante su plan.

Pero cuando le comunica la propuesta, Antonia expresa su resistencia y no acepta de inmediato; por lo que el P. Serra le dice: "Yo quiero salvar esas almas. Si todas las puertas se les cierran les abriré yo unas donde se puedan salvar. Si nadie me ayuda, lo haré yo solo con la gracia y el apoyo del que llevó en sus hombros la oveja perdida y no quiere mas que las personas vivan.”

Serra sigue creyendo. Al poco, Antonia escribe a unos amigos: “Yo, viéndole tan decidido le pedí que olvidara mis objeciones, que las perdonara y le prometí desde luego que le ayudaría…”. Eran los días de Pascua de 1864. Por fin ya tiene colaboradora.

Sin dilación porque la causa lo requiere, crean un hogar cálido y luminoso como el mediodía, en Ciempozuelos, lugar próximo a Madrid. Sera el primer “asilo” que daría origen a la Congregación de Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor un día de junio de 1864.

Se inicia un camino cuajado de empeños por mostrar y ofrecer el rostro alegre de la vida. Un camino colmado de horizontes, apuntando siempre amaneceres de color esperanza para mujeres prostituidas y excluidas.

Serra se crece en la dificultad y no se rinde ante la imposibilidad de encontrar una Congregación ya existente que se hiciese cargo del nuevo asilo. Su fuerza y su fe se sostienen en el Dios de Jesús que hace preferencia por los más pequeños e insignificantes, y cuenta con las mediaciones humanas.

Por eso, seguro de que esta obra de Dios tenía que continuar, se dispone, un día 2 de febrero de 1870 a fundar una nueva familia en la Iglesia: Oblatas del Santísimo Redentor.

Desde este momento, Serra “de lejos o de cerca” —como decía Antonia— se dedicará principalmente a estar al tanto de la naciente Congregación. Su función será orientar, dirigir, y cuidar de que aquella intuición primera se desarrolle y adquiera un estilo peculiar.

En 1876 son muchas las jóvenes que piden el ingreso en el noviciado. Y a partir de este año llegan solicitudes de distintos lugares de España para abrir nuevos hogares o hacerse cargo de los que ya funcionaban. Doce serían las casas fundadas en vida de Serra, conocido también como el obispo de Daulia.

El tiempo va pasando pero él sigue contemplando y diseñando creativamente aquella filigrana cuya historia empezó un día de primavera de 1864. Ahora, cuando ya parece que las fatigas y trabajos están a punto de terminar, otra vez, el viento terco del mar le trae noticias teñidas de incomprensión, soledad y destierro.

Y en silencio, y despojo, se abandona en el Dios de Jesús que sale a su encuentro un mediodía luminoso del 8 de septiembre de 1886, en el convento carmelitano del desierto de las Palmas de Benicasím Castellón.

Fuiste testigo fiel, centinela de auroras de justicia, profeta de la compasión, mensajero de buenas noticias, peregrino de la verdad y fundador de horizontes poblados de dignidad y paz para tantas mujeres en la historia…

En el segundo centenario del nacimiento de José María Benito Serra, celebramos su vida fecunda, porque la semilla que sembró es hoy un árbol que extiende sus ramas por la anchura del mundo. La Congregación por él fundada está presente en Europa, América, África y Asia brindando copiosos frutos de proximidad evangélica, solicitud, cuidado, defensa, relación y fiesta a tantas mujeres en situaciones de exclusión y vulnerabilidad.

Inmaculada Ruiz de Balugera, OSR