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El Superior General habló a los jóvenes
El P. Michael Brehl se dirigió a ellos en la eucaristía de clausura que tuvo lugar en la Catedral de San Jorge de Lviv

Ofrecemos a continuación la traducción de la homilía del P. Michael Brehl, CSsR, Superior General de la Congregación del Santísimo Redentor, en la eucaristía de clausura del Encuentro Internacional de los Jóvenes 'Lviv 2010'. La celebración tuvo lugar el viernes 13 de agosto en la Catedral de San Jorge de Lviv (Ucrania).

La homilía original en inglés pude leerse en Lviv2010.com (aquí).

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Al llegar al final de nuestra semana juntos, me gustaría reflexionar sobre el lema de este Encuentro, "To Be Like You" (Para ser como Tú). La fiesta de la Asunción de María y las lecturas de la Liturgia de hoy nos ofrecen un excelente contexto para esta reflexión.

Hace años, mi padre le preguntó a mi sobrino qué quería ser cuando fuera mayor. Mi sobrino contestó sin dudar: "Yo quiero ser como papá". Su respuesta no nos sorprendió a ninguno de nosotros. Él seguía a su padre en todo y trataba de hacer todo igual que su padre. Tenían que tener el mismo corte de pelo, escuchar la misma música, ver los mismos programas de televisión o ser del mismo equipo. Y mucho más importante, mi sobrino imitaba a su padre en su forma de ser más profunda. Ahora que mi sobrino tiene veinte años, se parece mucho a su padre y sigue intentando hacer las cosas que haría su padre.

Todos nosotros queremos ser como aquellos a los que admiramos. Más aún, queremos ser como aquellos a los que amamos. Como redentoristas admiramos y amamos a San Alfonso, y en nuestra vida y ministerio queremos parecernos a él cada vez más. Ésto es una cosa importante en nuestras relaciones. Y es especialmente importante en nuestra relación con Jesucristo.

En la primera lectura que la liturgia nos ofrece hoy, San Pablo nos desafía a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Pablo sabe que si realmente somos discípulos de Jesús, tenemos que aprender a ver el mundo como él lo ve, y pensar como él, para que también podamos actuar como él. Pablo también sabe que estos es posible por el don y el poder del Espíritu Santo: sólo si decimos "sí" al Espíritu de Jesús que habita en nosotros.

Después de todo, creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto es fundamental para nuestra identidad. También es nuestra vocación cristiana. Sabemos que Dios se hizo uno de nosotros en Jesús, para que podamos ser más y más como Dios. Nuestro destino es llegar a ser como Jesús.

Para nosotros, llegar a ser realmente como Jesús es un llamada permanente. Al igual que María de Betania en el pasaje evangélico de hoy, tenemos que tomar tiempo para escuchar a Jesús, para sentarnos a sus pies, para prestarle toda nuestra atención. Durante esta semana, hemos intentado hacer esto. También tenemos que hacerlo cuando lleguemos a casa y desarrollar una práctica de oración diaria y de escucha de Jesús.

Cuando Jesús habla con Marta, ¿podéis oír la ternura de su voz? Él no critica su hospitalidad o por cuidar de los invitados. No, la invita a seguir el ejemplo de su hermana y recordar que su presencia es lo principal, lo primero. Marta necesita centrarse en el invitado -Jesús- y no sólo en el trabajo que debe hacer. Ésta es una lección importante para todos nosotros.

Pero quizás la lección más importante de las lecturas de hoy viene de María, la Madre de Jesús, en la segunda parte del evangelio de hoy. María es bienaventurada porque es la madre de Jesús. Esto es cierto. Pero María es sobre todo bienaventurada porque escuchó la Palabra de Dios y la obedeció. Ella dijo: "Hágase en mí según tu palabra", y vivió en ese "sí" a Dios cada día de su vida.

Ser como Jesús no sólo significa que aprendamos a ver lo que él ve, y a tener sus mismos sentimientos. También significa amar como él ama y hacer lo que él hacer. Ser como Jesús significa decir "sí" a Dios, no sólo con nuestros labios, sino también con nuestras vidas. Esto es lo que hizo María. Y esto es lo que significa ser discípulo.

A veces cometemos el error de pensar que ser como Jesús significa de alguna manera que tenemos que ser "perfectos", que tenemos que superar nuestra humanidad con todas sus limitaciones y fragilidades. Creo que esto es un gran error. Debemos tener cuidado de no negar nunca nuestra humanidad. De hecho, Dios ama tanto nuestra humanidad se ha hecho totalmente humano en Jesús, humano como nosotros, excepto en el pecado. En Jesús, Dios ha redimido nuestra humanidad.

La constitución redentorista número 19 nos recuerda algo muy importante: los redentoristas revelan la naturaleza global de la redención, y dan testimonio de esta verdad: que quien sigue a Cristo, el ser humano perfecto, se hace más humano. Así que ser como Jesús significa que nos hacemos cada vez más humanos, llenos de vida, alegres, amorosos, llenos de humor y gratuidad. Nos volvemos más humanos. Nos hacemos mejores de lo que verdaeramente somos.

Por último, la fiesta que celebramos hoy -la Asunción de María- es una gran fiesta en su honor. Pero esta fiesta también es una promesa para nosotros. Cuando María se ha ido antes que nosotros, esperamos seguirla. Como el Papa Benedicto XVI nos recordó el pasado Adviento, Dios no nos ha destinado para la muerte. ¡Dios nos ha destinado a la plenitud de la vida! María nos ha precedido en esta plenitud de vida con Dios, con su Hijo, en el poder del Espíritu Santo. No olvidéis nunca que estamos llamados a este mismo destino, que somos invitados a seguir el camino que María ya ha caminado. Esto es lo que significa llegar a ser como Jesús, que se hizo uno de nosotros para que podamos vivir con Dios y en Dios para siempre.

"Para ser como tú", ¡qué gran lema! ¡Qué maravillosa vocación! Tenemos grandes modelos a imitar, grandes maestros que seguir, gente como María, nuestra Madre del Perpetuo Socorro, y San Alfonso. Gente como nuestros padres, nuestros pastores y otros que admiramos. Pero por encima de todo tenemos a Jesús mismo, que recibimos en esta sagrada liturgia, y su Espíritu Santo que él nos da libremente. Ser como Jesús: ésta es nuestra esperanza y oración. Pero no lo olvidéis: ¡ya estamos en camino!