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Entrevista al P. Julián Pereda, redentorista
El pasado 3 de febrero celebró sus 60 años de sacerdocio

Padre, ¿Cómo se define a sí mismo?

Mira, actualmente estoy viviendo una crisis generada por esta enfermedad psicosomática que estoy pasando; eso de alguna manera impide manifestar la persona que siempre he sido. Soy un redentorista alegre. Yo soy un sacerdote de temperamento alegre que curiosamente se corta a veces por el elemento de timidez que llevo dentro; pero vivo contento, sin problemas, no me gusta lo problemático, hay que procurar evitar toda tipo de problemas.

¿Cómo nació su vocación redentorista?

Mi vocación nació a partir de una misión redentorista que se dio en mi pueblo. Los misioneros redentoristas llegan a mi pueblo en un contexto de guerra nacional, la llamada “guerra del '36” que duró hasta el año '39. En mi pueblo la guerra se dio de manera pacifica; había soldados italianos y franceses, me gustaba acercarme a ellos, pues los entendía, incluso mi madre en varias ocasiones les llevaba comida; aquí empezó mi afición por las lenguas y mi deseo de aprender idiomas. Pues fue en este contexto cuando llega la misión a mi pueblo. Llegaron dos sacerdotes redentoristas, quienes nos acompañaron por una semana; ¡estos dos misioneros eran tan diferentes! Uno rigoroso y áspero, el P. Urbano, y otro joven y alegre, el P. Tolosa. Con ellos entablé amistad y conversación y, como de niño siempre fue comunicativo, no tuve dificultad en expresarles que tenía deseos de ser sacerdote al estilo de ellos. Por otra parte, mi vocación tiene su origen también en la fe de mi familia, pues era profundamente religiosa; recuerdo que todos los domingos por las tardes rezábamos el Rosario. Mi madre era una mujer bondadosa, pero también exigente en sus deberes, sobre todo en la educación de sus hijos. Recuerdo que en una ocasión, en una visita que hice a mi pueblo, me enteré de algo que me compartió la maestra del pueblo; ella me dijo: "¿Sabes? Tienes unos padres santos". Con ello constaté algo que yo ya sabía: que mis padres fueron unas personas bondadosas y virtuosas.

¿Cómo recuerda sus años de formación?

Mi proceso para ingresar en la congregación fue muy simple. Yo tenía un tío sacerdote, hermano de mi madre, y la única preparación que tuve para ingresar a la congregación consistió en visitar a mi tío sacerdote. Estuve viviendo con él cerca de seis meses y esa fue la preparación previa al ingreso a la congregación. En el seminario menor, en el Espino, estudié seis años, y fueron años muy agradables, esos y los venideros. En verdad no recuerdo una especial dificultad en mis años de formación. Sin embargo, creo que algo nos marcó a todos los que nos formaban en ese tiempo, pues nuestra formación siempre fue muy retirada, sin mayor comunicación con la gente; a veces algunas personas venían a algunas celebraciones, pero pocas veces. Tengo gratos recuerdos de mi formación, pero la veo ahora como una formación muy cerrada que de alguna manera marcó nuestra relación con las personas. Los últimos años de mi formación fueron los más retirados, era el tiempo de la sotana…

¿Cómo ha sido su experiencia misionera?

Mi experiencia de misionero en mí no ha sido muy larga ni extensa, pero muy querida, porque yo me identifiqué mucho con este servicio, sobre todo el trato con la gente: eso me resultó muy agradable. Antes de terminar mis estudios, fui a estudiar a Madrid y fue allí donde se forjó el diseño de lo que iba a ser mi vida, y me gustaba, pero llegó un momento en que me cansé y descubrí que algo estaba cambiando seriamente, sobre todo en la manera en que había sido formado. Como durante 9 años me había dedicado a dar clases, llegó un momento en que quería una experiencia diferente, y fue en ese tiempo en donde le pedí al provincial que me concediera un tiempo en las misiones; el provincial no quería, recuerdo que se expresó así: "Tú eres muy bueno para los estudios, los estudiantes están muy contentos contigo; si quieres brillar, quédate de profesor, acá lo haces muy bien enseñando, no sé si en las misiones lo harás igual…". A pesar de eso, el provincial me concedió tiempo para la misión, y fue allí donde comencé la segunda etapa de mi vida activa. Estuve encargado de misiones en una parroquia, ayudando en una parroquia de Madrid, y estando allí iba todas las tardes a los suburbios de Madrid en los barrios pobres. Allí permanecía los días sábados y domingos. Allí conocí a Kiko Argüello, el fundador de los Neocatecumenales. Más adelante, cuando salen nuevas fundaciones en el País Vasco, nos proponen dos parroquias, y la congregación aceptó una; otro sacerdote y yo nos encargamos de la parroquia de Echévarri. Fue una experiencia interesante y compleja. Tuve que abandonar ese lugar, pues hubo situaciones políticas y razones que ahora no deseo contar que me invitaron a unirme al movimiento de los sacerdotes obreros; mi compañero y yo querían pertenecer al grupo; de hecho tuvimos algunos contactos, pero nuestro provincial no estaba de acuerdo y no nos apoyaba en este sentido. Así que nos propuso salir. Pero le propusimos que yo saliera del lugar y mi compañero permaneciera. El provincial aceptó y le manifesté mi deseo de ir a trabajar como misionero a América. En esta tensión fui enviado a estas tierras centroamericanas.

¿Cómo es que ha perseverado tanto en su vocación?

He perseverado en esta vocación porque la ilusión que encontré en la misión nunca se fue, en ella descubrí que eso era lo mío. Aunque mi vocación se fue formando en el seminario, se fue enraizando más cuando tuve contacto con la gente necesitada. Recuerdo una etapa breve cuando me encontraba en el último año de teología. Empezó un desprestigio de nuestro trabajo misionero: empieza una crisis de fe en España. Y, de alguna manera, todos los estudiantes de teología entramos en crisis, pues veíamos que la gente rechazaba la misión, quizá por nuestros métodos. Nosotros mismos empezamos a poner en entredicho nuestra misión. Curiosamente nuestro formador no nos decía nada. Gracias a Dios, esa crisis fue breve y la misión se volvió a levantar, nació un mensaje complejo de la misión y se regeneró, y algunas de esas nuevas iniciativas vinieron a América.

¿Cómo ve a nuestra provincia de América Central?

Yo encuentro que ahora la misión está muy estructurada, a pesar de que hay algunos elementos dispersos. Pero me pregunto si nuestro tipo de misión está respondiendo a lo que realmente se está necesitando. Estoy convencido de que se necesita una regeneración del mensaje evangélico y me temo que no lo consigamos si seguimos trabajando como hasta ahora. Me preocupa también que en nuestra viceprovincia está abundando el deseo por lo parroquial; no sé hasta qué punto estamos siendo fieles al mensaje redentorista, pues el tener parroquias está matando el espíritu redentoristak que es dinámico. Creo que no deberíamos amarrarnos a lo parroquial, porque lo específico de nuestra congregación lo limitamos. A pesar de todo, admiro la capacidad que los redentoristas tienen de dar el mensaje, pero creo que falta algo, algo nos hace falta. ¿Qué tipos de cristianos genera nuestra misión?