Con motivo del primer aniversario de la canonización del obispo redentorista San Juan Nepomuceno Neumann, el papa Benedicto XVI –entonces Cardenal Arzobispo de Munich-Frisinga– pronunció una homilía sobre nuestro santo en la iglesia de San Miguel de Munich. Era el 22 de junio de 1978.
El santo obispo Juan Nepomuceno Neumann, en cuyo honor estamos hoy reunidos, nació el año 1811 en Prachatitz, Bohemia, como hijo de un calcetero que había inmigrado desde la Baja Franconia. Murió en 1860, sin haber cumplido aún 49 años, como obispo de Filadelfia, en Estados Unidos. Pertenece por ello a tres pueblos que él unió en una vida puesta al servicio de la palabra de Dios: norteamericanos, alemanes y checos. Nosotros en particular podemos recordar desde este Munich aquel día de 1855 en que, a su regreso de Roma con destino a Norteamérica, participó en una Misa de Pontifical que se ofició en nuestra Catedral para interceder por la salud del enfermo rey Luis I, y que allí tuvo ocasión de agradecer la liberalidad de aquel monarca hacia las misiones.
Pero ¿quién era ese hombre que nos convoca, ya desde el decurso de su vida, a la unidad de fe y de Iglesia bajo el único Señor? En un pasaj de la Escritura, que decidió su vocación y habría de acompñarle como fondo de toda su existencia posterior, está la clave de su personalidad. Cuando estudiaba el segundo curso de Teología en el Seminario de Budweis, un día el profesor de Nuevo Testamento ensalzaba la figura del gran Apóstol Pablo apoyándose en el capítulo 11 de la segunda Carta a los Corintios, ese capítulo en el que Pablo hace una descripción de sus fatigas y penalidades apostólicas: naufragios, azotamientos, cauitverios, constante ir y venir –¡con todos los peligros y penurias de los viajes de entonces!–, y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la solicitud por todas las iglesias (2Cor 11, 28). Esta frase y la entera descripción se clavarían en el corazón del joven estudiante.
Comprendió la grandeza del oficio apostólico, la grandeza de una vida que, al entregarse con alegría y sin temores al servicio de los hombres, lejos de empobrecerse se enriquece, y con la cual el mundo también se enriquece y se transforma al recibir una esperanza nueva. Comprendió que lo que allí se dibujaba no era sólo una relación de inclemencias del pasado, y tampoco solamente una biografía sumida en el sufrimiento, sino también un campo abierto que podemos hoy recorrer; un terriotrio en el que puede discurrir nuestra existencia, donde puede alojarse nuestra vida, llenarse y rebosar de contenido. Y al sentirse convocado por aquella palabras, decidió corresponder. Dejó que lo envolvieran, que penetraran en su vida para después él dar de ellas. Por esto son para nosotros como un retrato de su propia existencia. Ellas nos dicen lo que fue: porque él hizo de ellas carne y sangre; les dio vida real interpretándolas con hechos, no con simples teorías. Fijémonos tan sólo en dos ideas del texto referido por San Pablo, y comprenderemos lo bien que nuestro santo supo reflejarlas en su vida.
En primer lugar, esa mención del constante caminar entre penurias y peligros: porque lo cierto es que la vida de nuestro santo estuvo muy marcada por la idea del camino, con todos sus apuros, ciertamente, pero también con todo lo que tiene de ilusión y de grandeza. La historia comenzó cuando, acabado su bachillerato y movido por el deseo de hacerse sacerdote, sufrió la decepción de no ser admitido en el seminario: bien porque el gran número de sacerdotes y candidatos hacía imposibles nuevas admisiones, o porque aquella pequeña diócesis no estaba en condiciones de formar a todos los numerosos aspirantes que querían servir a Dios en el sacerdocio. Se sintió como perdido en el desierto, con la esperanza sepultada en las arenas.
Sin embargo, inesperadamente, se le comunicó que había sido admitido; pero al final de sus estudios le esperaba la peor contrariedad: no le permitían ser ordenado. De nuevo, el camino se cortaba, y el vacío parecía querer abrirse ante sus pies. Con ello se quebraba su ilusión de trasladarse a Norteamérica, cuya urgente necesidad de sacerdotes conocía. Estaba sin dinero, y se le amontonaban las dificultades. Por último, casi desprovisto de recursos y de expectativas, decide ponerse en marcha, y lo hace en el silencio de la noche para ahorrar a sus padres el dolor de la despedida. Su camino continúa siendo oscuro. Cuando llega a París, el carruaje para el que ha pagado ha de partir sin él, porque el obispo norteamericano a quien espera no aparece. A pie, prosigue su camino hacia la costa, pero no sin enterarse en el trayecto de que el obispo de Filadelfia, en quien había depositado sus esperanzas, no necesita sacerdotes alemanes. Pese a todo, llegará, será ordenado sacerdote, y le será confiada una extensísima parroquia en la comarca de las cataratas del Niágara, que le exige desplazarse continuamente hasta el agotamiento físico. Por último, cuando regresa de una visita de carácter oficial, muere en las calles de Filadelfia.
La calle iba a ser así el símbolo de aquella vida, una vida de constante ir y venir para llevar a los hombres la palabra de Dios. Haciendo frente a todos los atolladeros y penalidades de la ruta, hizo avanzar la voz de Dios, y estuvo siempre siguiendo ese Camino que es el propio Jesucristo. Y como anduvo sobre los pasos de Aquel que es el Camino y no deja de caminar, se convirtió a su vez en un sendero entre los hombres, una vía de unión y mutuo entendimiento. En su parroquia de alemanes discutía con los jerarcas que sólo deseaban una iglesia para alemanes. Él quería, por el contrario, que fuese al mismo tiempo una iglesia para italianos, franceses e irlandeses. En sus últimos años, se esforzó por aprender el gaélico, la lengua casi olvidada de Irlanda, para ser uno más entre los irlandeses; para ser todo de todos; para abrir un camino sobre los puentes destruidos.
Y por haber sido así, continúa dirigiéndonos la palabra en este tiempo en el que muchos consideran todavía, como vías de salvación, las luchas entre clases, las mutuas contradicciones de los hombres y los choques de egoísmos entre grupos. La experiencia nos dice que incluso las relaciones más elementales, como ésas que se dan entre los padres y los hijos, o entre maestros y alumnos, son interpretadas en términos de opresores y oprimidos, de conflictos entre clases, y de este modo resultan pervertidas. Frente a esto, nuestro santo se nos aparece bajo el signo del camino, y nos habla y nos convoca para luchar contra la enemistad. No es de cristianos la postura cómoda y sencilla de gritar contra los otros desde el grupo al que pertenecemos: lo cristiano es oponerse a semejante actitud. Es de cristianos esforzarse por comprender a los que están al otro lado, aunque los propios se sientan defraudados. Lo cristiano es cruzar continuamente las barreras para encontrarse y entenderse con los ajenos.
Tal es nuestra misión precisamente desde este Munich: comenzando por la familia, las mutuas relaciones entre grupos profesionales, y la comunicación entre sectores de lenguas diferentes. A pesar de las críticas y los reproches que puedan dirigirnos, tenemos como cristianos el deber de atravesar esas fronteras; de apreciar en el otro al hermano que el Señor nos ha enviado; de seguir el Camino que es el propio Jesucristo. Y, como es lógico, el santo a quien honramos nos invita a procurar la íntima reconciliación entre alemanes y checos; a que, cerrando una historia milenaria de mutuas incomprensiones, aprendamos de este santo la manera de aceptarnos unos y otros.
Y pasemos a la segunda idea: la de Pablo cuando dice: Y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la solicitud por todas las iglesias. También esto es un signo distintivo en la vida de San Juan Nepomuceno Neumann: porque él estuvo siempre de camino al servicio de los suyos, hasta el agotamIento de las fuerzas físicas. Incluso cuando era obispo se reservó las visitas nocturnas a los enfermos en la sede episcopal. Pero se distinguió sobre todo por su dedicación a los niños y los jóvenes. Escribió una Historia Sagrada y dos catecismos, de los que se publicarían 38 y 21 ediciones respectivamente. Conocía muy bien que aún en el XIX continuaba siendo cierto lo del siglo XVI: que, si Lutero consiguió que su Reforma prendiese en los corazones, fue porque supo, con su catecismo, hacer comprensible y comunicar el cuerpo de la fe según él lo entendía. De modo semejante, la Contrarreforma católica iniciaría su enraizamiento tan pronto como hubo igualmente catecismos católicos que, sin perderse en los de- talles, exponían y hacían comprensible el conjunto coherente de la doctrina. Y aquello que sucedía en los siglos XVI y XIX, se puede afirmar de hoy. Necesitamos una vez más, incluso en nuestro mundo tan cambiado, contar con catecismos y catequesis que acierten a trasladarnos el depósito de la fe en su totalidad unitaria, no sólo por fragmentos. Esto no significa descender a muchos pormenores, sino precisamente transmitir esa unidad en que se expresa y se hace perceptible el unitario mensaje del Señor.
A todo lo indicado se suma, en el caso de San Juan Nepomuceno Neumann, su condición de gran obispo de la enseñanza. Fundó centenares de escuelas en los escasos ocho años de su episcopado, y lo hizo porque sabía que el futuro de un pueblo depende de cómo sea su enseñanza. La nuestra, aquí en Baviera, es hoy pacífica gracias a Dios. Merced a los convenios y a la misma Constitución, tenemos garantizado el carácter básicamente cristiano de la educación; y disponemos por fortuna de múltiples maestros que procuran con todos sus esfuerzos educar a nuestros niños con arreglo a los valores fundamentales de nuestra fe cristiana. Por todo ello debemos estar agradecidos.
Pero no hemos de ignorar que en Alemania existen también potencias empeñadas con todas sus energías en quebrantar los cimientos de nuestra educación, para cambiarla de raíz y transmutar desde su entraña nuestra sociedad y el mundo entero. Una profusa literatura de manuales y libros de pedagogía se empeña en imponer el método siguiente: sembrar la desconfianza en las relaciones entre los hombres; enturbiar y trastornar la prístina consonancia de los hombres con la vida, la fidelidad, el amor y la confianza en la verdad; incriminar todo ello como medio de opresión, y entronizar en su lugar, como objetivos pedagógicos supremos y permanentes, el recelo, la repugnancia, el descontento y la negatividad. Cuando se contamina de ese modo lo más hondo y auténtico del joven ser humano, aparentando con ello propiciar su libertad y su autodesarrollo, lo que se intenta realmente no es ayudar a su progreso y desenvolvimiento, sino inculcarle las propias negaciones y la propia ruptura con la vida, y corromper la existencia desde sus capas más profundas.
Debemos oponernos a ese empeño, y hacerlo con la clara conciencia de que, aunque sean importantes, no tenemos bastante con los convenios y las leyes. Lucharemos con éxito contra la impugnación de la fidelidad, que es denunciada como abuso de intención dominadora, si sabemos demostrar en nuestras mutuas relaciones que en la fidelidad reside la verdad. y tacharemos de falsas las vituperaciones del amor y de la mutua comprensión si, desde el fondo de nuestras vidas, hacemos fidedignas ambas cosas. En la lucha por la educación, que es el combate por el futuro de los hombres, nos jugamos nada menos que nuestro propio ser humano. Al fin y al cabo, cualesquiera otros medios importan casi nada. Sólo si conseguimos pesar con nuestro ser en la balanza, lograremos conservar, y transmitir hacia el futuro, esos valores que sostienen nuestro mundo, que nutren nuestras vidas porque son los valores en los que creemos.
Cuando Juan Nepomuceno Neumann fue consagrado obispo, tomó como divisa la jaculatoria Passio Christi conforta me: "Pasión de Jesucristo, dame fuerzas". Esta súplica es como una glosa del mIsmo texto de San Pablo en su primera Carta a los Corintios, que presIdió su vida entera. Las desdichas del apóstol no solamente merecen ser sobrellevadas, sino que muestran su belleza, porque sabemos que Dios mismo hubo de soportarlas. Y aquí está la razón por la que el mundo, incluso en los momentos de dolor y de tinieblas, merece nuestra adhesión; por la que Dios es digno de confianza, y podemos creer en el amor; por la que los padecimientos de Jesucristo nos prestan fortaleza y dan vigor a nuestra vida.
Passio Christi conforta me. Al escuchar esta súplica de labios de un obispo venido de Bohemia, no podemos sino tener un recuerdo para el horno de dolores con que son atormentados nuestros hermanos por la fe en Checoslovaquia. Por ello, la plegaria que vamos a elevar en compañía del santo obispo Neumann será una intercesión por esos hermanos nuestros que se encuentran al otro lado de la frontera. Suplicamos:
- que el Señor les envíe la luz de la esperanza en su no- che de dolores;
- que alumbre con el brillo de Su presencia la negrura de soledad y desaliento que padecen;
- que les haga sentir la certidumbre de su verdad y su cercanía en ese mundo que abofetea nuestra fe;
- y que a todos nos ayude para ser servidores de su Amor en este mundo nuestro.