PASCUA VOCACIONAL
Monasterio de Cristo Redentor - Carabanchel (Madrid)
Las puertas del monasterio de Cristo Redentor de nuestras hermanas redentoristas de Carabanchel, se abrían, de par en par, para acoger la pascua vocacional de la que formamos parte el P. Antonio Quesada, el estudiante Damián Mª y tres jóvenes: Juan Ramón, de Mérida; Pablo, de Madrid; y Carlos, de Granada. Estos últimos, enamorados de nuestro carisma y del Redentor muestran con sus vidas cómo Él sigue tocando corazones para el anuncio del Evangelio.
Comenzábamos la mañana del Jueves Santo acercándonos a la figura de Lázaro y saliendo con él del sepulcro para abrazarnos al Señor en la Eucaristía. Las hermanas Redentoristas, con su liturgia bellísima y enamoradiza, nos adentraban con fuerza en el misterio de Cristo que esa noche nos invitaba a quedarnos con Él derramando nuestros frascos de perfume, velando y en oración. El Viernes Santo continuábamos con la dinámica. Esta vez acompañados del Discípulo Amado para recostarnos en el pecho del Señor y quedarnos, de noche y en la capilla privada de las monjas, a los pies de la cruz en oración.
El sábado, todo el entorno invitaba al silencio y al encuentro con el Sagrario vacío, experimentando así la desolación que provoca el no tener entre nosotros al que daba su vida por nuestra redención, por amor… El tema del día fue “Entre las tinieblas y la luz”, permitiéndonos una reflexión más directa acerca de la vocación misionera religiosa. A las doce del mediodía vinieron a nuestro encuentro algunos de los que participaban en la pascua de la comunidad parroquial de san Gerardo, compartiendo una oración frente a la cruz de leño que preside la huerta del monasterio. La hermana redentorista más joven, Mª Ángeles, se hizo presente en esta oración con nosotros para compartir y ofrecer lo que brinda el monasterio: oración, silencio, acompañamiento y un lugar privilegiado. Más tarde éramos nosotros los que caminamos hasta la parroquia de san Gerardo para hacer de la comida un momento común.
La tarde, ya de vuelta al monasterio, fue de preparación para la gran fiesta de la Resurrección, la cual vivimos muy intensamente con el pueblo y, como todo en el monasterio, sin preocuparnos por el tiempo. Ya el domingo celebrábamos la Eucaristía del Día de Pascua y, tras saludar a toda la comunidad de hermanas, volvíamos llenos del Resucitado a nuestros destinos. En todo momento fuimos atendidos con sumo cariño y elegancia por todas y cada una de las redentoristas.
En definitiva, ha sido sin duda un momento de fraternidad compartida que ha permitido el don de Cristo Resucitado que vive, también hoy, en nuestra vocación como misioneros de la abundante redención.

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