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XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo B - 20 de septiembre de 2009
 
Sabiduría 2, 12. 17-20
Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones,nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».
 
 

Sal 53, 3-4. 5. 6 y 8
Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte,
sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario,
dando gracias a tu nombre, que es bueno.

 
 

Santiago 3, 16-4, 3
Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

 
 

Marcos 9, 30-37
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: - «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó - «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: - «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: - «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

 

≡ Aprendiendo magnitudes ≡

El comienzo de las clases en los centros educativos coincide con el camino que Jesús inicia con sus discípulos en el Evangelio de este domingo. El Maestro y el Señor empieza a instruirles, a enseñarles.

Las autoridades de la Comunidad de Madrid anunciaban recientemente que los profesores tendrán condición de autoridad pública en los centros educativos de ese territorio. Esta decisión es consecuencia del paulatino deterioro de la figura del maestro dentro de las aulas. El reto que se plantea es ayudar a los alumnos a reconocer la autoridad de aquellos que tienen la misión pública de transmitir conocimientos y valores a las nuevas generaciones.

La autoridad, como nos presenta el diálogo entre Jesús y sus discípulos, a veces se confunde con el poder y la superioridad. El orden de importancia es para Jesús una cuestión de acogida y servicio.

Acogida, porque quien desea ocupar un puesto relevante en la comunidad de los seguidores de Jesús, tiene que tener los brazos abiertos para recibir al otro, especialmente al más pequeño y al más débil. La acogida es lo contrario de la confrontación. La mano se abre para recibir, y no se cierra el puño para rechazar. Al niño se le recibe y se la abraza, no se le manda fuera.

Santiago escribe a una comunidad en la que existen conflictos, invitando a los creyentes a no entablar batallas que aumenten la división entre sus miembros. La comunidad busca, por sí misma, la unidad, y para eso hay que favorecer todo lo que crea espacios para el diálogo y el amor mutuo. Por eso propone una sabiduría “de arriba”, pero que ha de ser realizada “desde abajo”, en un nivel horizontal y fraterno. Una sabiduría que trabaja por la paz, que apuesta por la tolerancia, que pretende la conciliación de posturas y la comprensión entre ideas enfrentadas, que vive la compasión o empatía, que permanece en el tiempo y se hace desde la verdad propia. Esta actitud de acogida se opone por completo a la postura que representa el impío en el libro de la Sabiduría: es una persona a la que la actitud de los buenos le sienta mal. Al impío le resulta incómodo el otro, lo ve como opuesto a él, y le revienta que le reprendan por su educación errada. Educación errada la nuestra, a veces forjada simplemente respirando el aire de autosuficiencia, individualismo y ambición que contienen las palabras de nuestras conversaciones acerca de nuestra relación con personas distintas o nuestras aspiraciones personales, familiares, profesionales y sociales. Queremos ser más y tener más que...

Por eso, al lado de la acogida, la enseñanza de Jesús siempre plantea el servicio, el trabajo desde abajo, la disponibilidad. El servicio es un constante desafío contra nuestra naturaleza acomodaticia. Como a los apóstoles, se nos olvida una y otra vez. Podemos estar junto a Jesús 24 horas al día, y sin embargo fácilmente se nos olvida dejar de servir y volvemos a exigir, a pedir, a solicitar, a desear. El modelo de Cristo es demasiado exigente porque hay estar demasiadas horas alerta.

Hay que volver a la escuela de Jesús, y es posible que para repasar lecciones aprendidas. Aún no ha terminado nuestro aprendizaje. Hay, por lo pronto, nos toca repaso sobre magnitudes: el metro cristiano crece cuando más amor y generosidad ponemos en lo que hacemos. También merma cuando aspiramos a las alturas vertiginosas de jerarquías que se alzan con tarimas colocadas por otros. Los mismos que las colocan les pueden prender fuego. Los de arriba tampoco están libres de caer al vacío. Con los pies en la tierra es más fácil mirar a la cara, abrir los brazos y descubrir con asombro que hay muchas personas que se ocupan de nosotros, que nosotros nos podemos ocupar de otros y que hay un Alguien muy importante “que se ocupa de mí”.

L. Del Otero CSsR

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