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XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo B - 8 de noviembre de 2009
 

Reyes 17, 10-16
En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.» Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.» Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: "La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra."» Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

 
 

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

 
 

Hebreos 9, 24-28
Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico , sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo . De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.

 
 

Marcos 12, 38-44
En aquel tiempo, entre lo que enseñaba jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.» Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

 

≡ Mujeres don ≡

Mujeres. De eso va la Palabra de Dios de hoy. Dos mujeres. Viudas y pobres. En los tiempos de Elías y Jesús, las viudas pertenecían a los más débiles de la sociedad: dependientes de la caridad, tanto de su familia como de sus conocidos. Algunos de nuestros hermanos de comunidad, de los que acuden con nosotros a la iglesia son viudos. En nuestros tiempos, gracias a Dios, no son tan pobres, pero saben lo que supone perder a un ser querido: han perdido un bien preciado de sus vidas.

Jesús pone su mirada en los donativos que la gente echaba en el templo. Y al contemplar a esa mujer, se queda fascinado por su generosidad. Convoca sus discípulos para darles una lección: no importan los actos, sino el corazón de dónde brotan. Esta mujer reconocía que Dios era lo más importante en su vida. Y nosotros ¿cuánto entregamos a Dios? ¿Damos de lo que sobra o de lo que tenemos para vivir?

Lo que cambia la importancia del donativo de esa mujer y de los otros que entregan ofrendas en el templo no es dinero, la cantidad, sino el encuentro con Dios. Los ricos, los que dan de lo que les sobra, no se relacionan con Dios como él quiere: mercadean con él. Hay una relación de intercambio, de interés.

Jesús nos enseñó una nueva forma de relacionarnos. De relacionarnos con los demás, y de relacionarnos con Dios. Porque de la misma forma que tratamos a los demás tratamos a Dios, y a la inversa.

El trato de Dios hacia nosotros es totalmente generoso. Dios es el autor de la vida, y al crearnos nos ha hecho el mayor de los dones: lo que somos. Nos dio la vida. Pero además no ofreció el mejor de los dones: a su Hijo. La Eucaristía nos revela ese misterio: toda persona está llamada a ser un don, como Jesús en la Última Cena. Jesús: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.

En la Última Cena, Jesús ofrece su vida entera: la vida recibida de Dios y de su Madre, María; la historia vivida, el camino recorrido y la personalidad que ha forjado, con sus éxitos y fracasos; sus elecciones, que ahora mismo le llevan a la muerte. Y todo lo da por amor. Por eso es tan importante la Eucaristía para los cristianos: en ella descubrimos quienes somos. La mujer viuda y pobre del Evangelio había descubierto el secreto de su identidad: ser un don total. Elías podía haber firmado las mismas palabras de Jesús con el gesto de la viuda que le atiende: “Os digo de verdad que esta mujer ha hecho más que todos. Porque ha dado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir”.

¿Qué relación vivimos con Dios? ¿Qué compromiso tenemos con su Evangelio? Quizás no lo damos todo; nos reservamos algo para nosotros. ¿Estamos siendo un don para los que nos rodean? ¿Qué más puedo dar hoy, de lo que poseo, de lo que necesito para vivir, de lo que soy?

L. Del Otero CSsR

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