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II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C - 17 de enero de 2010 |
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Isaías 62, 1-5
Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.
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Salmo 95, 1-2a.2b-3.7-8a.9-10a y c
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.
Proclamad día tras día su victoria,
contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.
Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente».
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Corintios 12, 4-11
Hermanos: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.
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Juan 2, 1-11
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: -«No les queda vino». Jesús le contestó: -«Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: -«Haced lo que él diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: -«Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: -«Sacad ahora y llevádselo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: -«Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.
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≡ Alegría por la presencia
de Jesús Transformador
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«Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo». ¿Cómo no va a ser nuestra vocación la felicidad, cuando Dios nos habla en estos términos?
La felicidad es el objetivo de toda vida humana. Está claro que cada persona debe aspirar a conseguir este objetivo o, de lo contrario, su vida será un infierno (y nunca mejor dicho). Pero la felicidad no es un lugar de fácil acceso, sino más bien una meta de costoso recorrido. No es fácil, pero hay dos elementos importantes que nos pueden indicar cuál es nuestro grado de felicidad. Estos elementos ya vienen en la Palabra proclamada. La profecía de Isaías y las Bodas de Caná del Evangelio nos los hacen llegar hoy a nosotros: la intimidad y la alegría.
Hablar de intimidad es un tanto arriesgado, sobre todo cuando vemos que la intimidad no es moneda en curso. Sacar los trapos sucios de la vida de los demás se ha convertido en un negocio y en una práctica habitual. La intimidad es el amor sincero, profundo. La intimidad es la nota más alta en el examen del amor. La intimidad es la mayor fuente de serenidad, sinceridad y placer para la persona humana. Y Dios intima con nosotros, y quiere relacionarse con nosotros como se relacionan los novios, los esposos: intimidad que siempre desemboca en entrega total e incondicional.
El segundo elemento es la alegría. Ya está bien de tantos “agua-fiestas”; ahora toca transformar el agua en vino, la depresión en preocupación por los demás. Ahora toca tocar, dejarse tocar por la mano de ese Cristo que hace que lo inodoro, incoloro e insípido adquiera nuevo sabor, color y olor. Jesús despierta los sentidos y nos da alegría. Su presencia es alegría, alegría por el amor compartido entre los amigos, los familiares, los que son hijos de Dios y hermanos entre ellos.
Intimidad y alegría son elementos claves de la felicidad humana. Y la felicidad es la propuesta de Dios para nuestra vida. Una felicidad que se construye con otros, con todos. Pues cada uno recibe alegría para poder entregarse al común. El Espíritu Santo, presencia íntima de Dios en nosotros, desea manifestarse a través de nuestro servicio, con alegría, para cumplir así en nosotros las palabras de la madre: «Haced –con alegría– lo que él os diga».
L. Del Otero CSsR

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