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III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C - 24 de enero de 2010 |
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Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10
En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: -«Amén, amén». Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: -«Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis». Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron: -«Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza».
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Salmo 18, 8.9.10.15
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.
La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor
son verdaderos y enteramente justos.
Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia
el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío.
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Corintios 12, 12-30
Hermanos: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían. Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
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Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espiritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: -«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
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≡ Hoy se cumple la Escritura
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Tanto en la primera lectura como en el Evangelio de este domingo se repite una palabra muy significativa: HOY.
¿Qué ocurre hoy? El presente es, para los cristianos, tiempo de salvación. El presente es el reto de nuestra realidad cotidiana y, a la vez, anticipo del futuro. ¿Cuál es mi presente hoy, en este momento en el que leo estas palabras? El presente de mi vida es mi situación personal. También cómo se están desarrollando los acontecimientos en el mundo, en mi ciudad, en mi pueblo, en mi casa. El presente es un mundo volcado en Haití y sus horrores, entre la solidaridad desbordante y la impotencia de las dificultades por hacer llegar la ayuda de emergencia a todos los damnificados. El presente es también la realidad de la Iglesia: una Iglesia comprometida con el Reino de Dios, metida en los problemas sin solución institucional, preocupada por la pérdida de los valores, estrechamente unida a los que más sufren... y dividida en distintas comuniones. La imagen del Cristo destrozado de la derrumbada Iglesia de San Gerardo, de los Redentoristas de Puerto Príncipe, simboliza al mismo tiempo el sufrimiento de un pueblo y la desunión de las iglesias y el mundo.
Hoy celebramos la Semana de Oración por la Unidad de las Iglesias Cristianas, convencidos de que si dejamos que funcione sólo la cabeza es muy difícil unirse (¡Hay tantas normas, teología y liturgias a las que no estamos dispuestos a renunciar...!), pero que siempre hay esperanza para los que se esfuerzan de corazón y sólo dan pasos desde la fe. El HOY de la Iglesia es la necesidad de escuchar la Palabra de Dios y dar una respuesta conjunta.
En la lectura del libro de Nehemías, un pueblo numeroso que ha vuelto del exilio se reúne de nuevo en el templo de Dios. La lectura de la Palabra de Dios les une, como parábola de la unión que Dios quiere hacer de todos los pueblos. La emoción embarga a las personas que recuperan un signo fundamental de su identidad perdida: la fe. Lloran emocionados porque lo que viven "hoy" les fue arrebatado "ayer". Y por eso el "hoy" es para ellos salvación, y así se lo comunica Esdras el sacerdote: "Hoy es un día consagrado a nuestro Dios. No lloréis...". Los judíos experimentaban a Dios presente y real, haciendo de nuevo con ellos un pacto de cercanía y compromiso.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús también indica que lo que acaba de leer se cumple "hoy". El Señor ha recibido la fuerza del Espíritu y comienza su misión de anunciar las Buenas Noticias a todos los necesitados. Su labor de liberar y curar comienza en ese mismo momento. Y "hoy", al escuchar de sus labios que se cumple la profecía, sabemos que no tenemos más presente que Jesús, que no hay más "hoy" que el que vivimos con Dios. Así, la Palabra de Dios de este domingo nos invita a medir el tiempo desde Dios. A repartirlo, programarlo y valorarlo desde la presencia de Jesús, Señor de la Historia.
El "hoy" de la Iglesia es unir a todo el Cuerpo de Cristo, y no presentar al "Profeta de Nazaret" desmembrado, con un cuerpo deformado, destrozado como en la Iglesia de San Gerardo de Puerto Príncipe. Quizás muchas personas no acogen la fe "hoy" porque les mostramos a un Jesús de cuerpo deforme y roto, que muestra más las lesiones que la fortaleza de su Espíritu. Oremos por la unidad de todos los cristianos. Oremos por que los cristianos valoremos el "hoy" y no dejemos nada (ni el amor) para mañana.
L. Del Otero CSsR

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