cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor,
los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.
Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.
Corintios 15, 1-11 |
Lucas 5, 1-11 |
≡ Vocación y profecía (II) ≡

Nadie es profeta en su tierra, y mucho menos si uno es pescador. Eso parece ser lo que se le pasó por la cabeza a aquel que ahora está enterrado en el Vaticano cuando vio al mismísimo Salvador del mundo.
"Apártate de mí, que soy un pecador" –dice Pedro al darse cuenta de lo que estaba pasando. Tenía delante de sí a Jesús, al Mesías de Dios, y estaba viendo uno de sus portentosos milagros. Sí, precisamente uno de esos milagros que no vieron –y desearon– los de Nazaret (¡vaya cómo se pusieron!). Y seguro que Dios le iba a pedir algo. Así fue. Jesús le dijo: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres".
Nos gusta pensar que la vocación es un acontecimiento impactante, un fenómeno paranormal. De esta forma ahuyentamos la responsabilidad de aceptarla. Si Dios no se manifiesta espectacular nos quedamos más tranquilos: con poco que haga será suficiente.
Pedro lo tiene claro: “conmigo no cuentes, que esto es muy complicado”. Isaías, a pesar de lo aparatosa de la puesta en escena del Señor, tampoco es que diga sí a la primera: “Ay de mí, ¡estoy perdido!”. Ambos se dan perfecta cuenta de que lo que Dios pide es demasiado para ellos. ¿Demasiado?
Sí, para qué nos vamos a engañar: Jesús es exigente, y puso el listón muy alto. Pero nada es demasiado cuando está en juego la llegada de una felicidad que no excluya a nadie, que llega a todos. El pequeño Isaías, a pesar de su primera reacción, no deja que el terror le atrape en un futuro sin Dios. Se ofreció para la misión. Dios está en la misma misión recibida.
El misterio de la vocación reside en lo que somos y lo que hacemos. Dios llama a cada uno en lo que es, en donde está. Su llamada empieza con una petición de ayuda por su parte, pero en diversos ámbitos de la vida. A Pedro pescando, a Isaías en el templo, a Pablo persiguiendo…
Primero nos pide un favor. A continuación nos hace sentir importantes para él: ¡qué bien se está junto a ti! Y después viene el regalito: “cuento contigo”. Pedro se sintió pequeño, Isaías impuro. Yo las dos cosas. No estamos a la altura y, además, ya estamos haciendo algo importante –pensamos satisfechos, escurriendo el bulto–. Pero Jesús ofrece a Pedro su vocación: no temas, no seas tus limitaciones, sé lo que ya eres, pero de hombres.
La vocación parte de un Dios que se fía de nosotros, que cree en que es valiosa nuestra forma de ser. Jesús nos elige desde nuestra capacidad, y se hace asequible a nosotros. Nos pide realizar la vida cotidiana, pero en su nombre, y entonces el resultado es muy diferente.
San Pablo escribe: "por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí". Él respondió a la Misión que le encomendaba Dios: anunciar a Jesús el Cristo a todas las naciones. Yo me propongo rezar hoy: ¡Envíame, Señor! Que tu gracia no se frustre en nosotros.
L. Del Otero CSsR
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