VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C - 14 de febrero de 2010
 

Jeremías 17, 5-8
Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto».

 
 

Salmo 1, 1-2.3.4 y 6
Dichoso el hombre que no sigue
el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado
al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

 
 

Corintios 15, 12.16-20
Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

 
 

Lucas 6, 17.20-26
En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas».

 

≡ Árbol-tenedor ≡

Hace unos años Naciones Unidas hizo públicos los llamados Objetivos del Milenio, a cuya consecución se comprometían todas las naciones pertenecientes, siete de ellos con plazos. Lo de los plazos no es baladí: si podemos poner una fecha es que podemos cumplirlo. Y para la erradicación del hambre la fecha era 2015. ¿Imposible?

Manos Unidas y toda la Iglesia universal no cree -no creemos- que sea imposible. Lo que es imposible es que se solucione sin contar con un mayor compromiso de las instituciones, los gobiernos y las empresas, coordinando recursos, fuerzas y planificaciones. Las Naciones Unidas, que parece que no tiene muy claro a qué se dedica, podría desempeñar esta misión de gran trascendencia para el presente y el futuro de la comunidad internacional.

En esta sociedad nuestra de tanta pancarta y pegatina, de acciones solidarias disfrazadas de propaganda televisiva, encontrarnos de nuevo con Manos Unidas (ojo: no Naciones, sino Manos) es una buena noticia.

Ellos no cuentan con el respaldo de actores y políticos, como los del “nunca mais” o el “no a la guerra”, porque esos actores y políticos no desean comprometerse de manera permanente. Manos Unidas sí.

Ellos nunca saldrán tanto en las noticias como los que apoyan a una activista saharaui, porque las televisiones no encuentran noticia en un trabajo de 51 años consecutivos. Ellos sí.

No encontrarán apoyos en empresas que quieran mejorar su imagen ante una catástrofe de actualidad, porque Manos Unidas trabaja con la mayor de las catástrofes: la que nunca es noticia porque sucede siempre, el hambre.

Haití nos provoca a la reflexión. Ahora hay mucho dinero, y no se sabe muy bien cómo canalizarlo adecuadamente. Todo el mundo se ha volcado con las víctimas del terremoto. Y eso es bueno. Pero también es bueno seguir al lado de los que no han cesado de buscar los mil y un modos de acabar con el hambre en el mundo. Haití (y otras muchas) pueden poner de relieve que nuestra sociedad también está preparada para ser “consumidora de causas”. En la Iglesia no podemos aprovechar el deseo momentáneo de solidaridad: también hemos de ofrecer el compromiso permanente.

La imagen del cartel de la Campaña contra el Hambre 2010 es muy significativa. El árbol-tenedor nos recuerda que el cuidado del medio ambiente también es combatir la pobreza y el hambre: “Contra el hambre, defiende la tierra”. El árbol ya aparece en la profecía de Jeremías: si está junto a un río, si echa sus raíces hacia la corriente, nunca dejará de dar fruto, no se secará.

Ante nosotros está la posibilidad de ser un árbol hermoso, con raíces de tenedor, y no ser un cardo de la estepa. El árbol nos invita a la bienaventuranza; el cardo a la malaventuranza. El árbol representa a pobres, hambrientos, tristes y perseguidos, a los que Jesús propone un futuro de felicidad; el cardo simboliza a ricos, saciados, frívolos e hipócritas: la vida ya les ha pagado. El árbol hinca su tenedor-raíces en la misma tierra, convertido en un instrumento útil para comer. Quien extiende sus raíces en las profundidades de un corazón lleno de amor, puede convertir su vida y su acción en un instrumento útil para ayudar a que otros coman, aprendan, se curen y vivan. El cardo es feo, reside en lo seco, testigo inútil de un lugar inhóspito y muerto. Jesús ha resucitado, y por eso no es inútil tener fe, creer que es posible destruir todo aquello que significa muerte en nuestro planeta. Ya que Cristo ha resucitado, nosotros tenemos que apoyar toda iniciativa de vida, de vida auténtica y con dignidad.

L. Del Otero CSsR

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