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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
1 de noviembre de 2009
 

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles que encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: "No dañéis a la tierra y al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios". Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del cordero!". Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén". Y uno de los ancianos me dijo: "Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?". Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás". El me respondió: "Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero".

 
 

Sal 23

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes
y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de la salvación.
Este es el grupo que busca el Señor.
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

 
 

1 Juan 3, 1-3
Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

 
 

Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron los discípulos; y él se puso a hablar, enseñándolos: "Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos lo que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo".

 

≡ Santos ≡

“Toda la santidad y perfección del alma consiste en amar a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo Bien y nuestro Salvador”. Éstas son las primeras palabras de un libro impresionante, escrito hace más de dos siglos, por San Alfonso, titulado Práctica de amar a Jesucristo. El fundador redentorista se propuso ofrecer un manual para practicar el mandamiento supremo, fijando la mirada en Aquel que nos amó primero. Ser santo es amar, y “el amor va más lejos…” (H. U. von Baltasar). El amor llega a ser el que nos transforma en seres luminosos y hermosos que reflejan la luz del Resucitado.

La fiesta de Todos los Santos nos remite a la belleza de Dios, manifestada en vidas particulares. Pequeñas historias que, como si de un programa televisivo de moda se tratara, nos hablan de “Seguidores de Cristo por el Mundo”, cada uno con una experiencia, un relato, un desenlace luminoso.

Contrasta la belleza de esa “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie, delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap) con el festival de horror y fealdad en que se convierte su correlato secular: el día de Halloween. Podemos elegir entre celebrar una fiesta u otra.

La fiesta de los Santos nos propone volver a dejar que Dios nos diga qué es ser humano. Venerar a hombres y mujeres de fe expresa la grandeza de la antropología cristiana, traspasada por la mano del Dios que modela en sus hijos precisamente la imagen del Hijo. Los Santos son personas que contemplamos con la forma original que el Creador quiso otorgar al ser humano cuando lo creó. A pesar de los avatares vitales, en los que se va deteriorando el resplandor original que recibimos con el primer aliento, Dios nos lanza a un destino de gloria, de luz y de belleza.

“Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos”, dice la primera carta de San Juan. Seremos radiantes como Cristo, que irradió un amor fuera de serie sobre la historia humana. Por eso en este día, esas historias de santidad, conocidas o desconocidas, nos sirven para poder seguir colocando nuestros pasos sobre las huellas que el Señor va dejando en nuestra historia.  

L. Del Otero CSsR

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