«El Padre ha querido que la Orden del Santísimo Redentor tenga en su Iglesia una misión específica: la de ser un testigo claro e irradiente del amor que Él nos tiene en Cristo, por quien hemos conocido y recibido este amor que se dirige a todos, pero muy especialmente a los más pobres.»

(Const. OSSR, nº 5)

Alicia Sánchez (Novicia)
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Todos conocemos muchas caras jóvenes.: sonríen, juegan, bailan…
Pero en lo más profundo de su mirar, hay algo de tristeza.
Al  preguntarles si son felices, muchos de ellos contestan:
- “La felicidad no existe.”

Por suerte no todos son así, ni mucho menos. Y un joven que se entrega, llega a ser mucho más feliz que los demás. Posiblemente porque la raíz de la felicidad está en  la generosidad y nadie más generoso que el joven.

Alicia es una respuesta clara: Ella ha sido feliz, muy feliz.
Con sus “travesuras de niña” y con la sonrisa siempre en los labios y con sus carcajadas, Alicia ha sido muy feliz.
Su vida es respuesta a los interrogantes de los jóvenes de todos los tiempos.

Toda su felicidad tenía una fuente a belleza de su corazón y su unión con Dios. Por eso nunca perdió la felicidad, aunque a veces hubiese momentos de sufrimiento.

En sus escritos ella misma nos dirá: “Soy feliz y la felicidad sólo se encuentra en Dios.” “Es tan maravilloso vivir tan cerca de Cristo y saberlo dentro de nosotros, que en nuestra vida no cabe tristeza.” “La felicidad la he encontrado sólo en Dios y si volviera a nacer mil veces, no la cambiaría por nada de este mundo. Esta felicidad que es todo entrega, darse y amar con locura por Cristo.”
“…Estoy verdaderamente chiflada. Perdóname Señor, porque a veces hago una cosas, unas locuras que ya no tienen nombre: que toda locura esté llena de tu amor y creo que así tendrá nombre y se llamará: Locuras de amor por Cristo.”

La vida de Alicia fue como la caída silenciosa de la lluvia menuda que tanto le gustaba contemplar.
Transcurrió en sencillez, pero fecundando todo a su contacto con el amor de Dios que tan fuertemente había abrasado su corazón, con ese amor que tantas veces le hizo confesar que “no podía ser más feliz.”

Era un alma grande y había escogido lo más duro. La renuncia total por el Reino de los Cielos. Dejar incluso su tierra natal en plena juventud.
Dios la purificó rápidamente y se volcó en este corazón generoso.

Las flores nacen en jardines. El jardín de Alicia fue la familia Sánchez Montalbán.
Nació en Piura (Perú) el mismo día en que la Iglesia celebra el nacimiento de la Virgen: el 8 de septiembre de 1949.

¿Por qué Redentorista?

Alicia conocía perfectamente qué buscaba su corazón. Su profundidad mística buscaba a Dios desde lo más íntimo de su ser.

Deseó ser de vida activa y misionera. Pero un día, después de mucha oración y de pedirle a la Virgen, halló la respuesta: La vida contemplativa.

Por otro lado, su vocación había nacido al calor de la Virgen del Perpetuo Socorro.
El día en que decidió ser Redentorista, fue uno de esos días “explosivos.”
“Señor, qué felicidad tan grande, saberme Redentorista. ¡Oh Dios mío, Redentorista! Si es allí donde me quieres, que se haga tu Voluntad. Jesús mío por tu amor hasta la muerte. Que te ame siempre y que no haya medida…”

Había encontrado sus anhelos de contemplación incontenible. Porque ella la vida contemplativa  la entendía así:

“El mundo necesita mucho de almas generosas. Se necesita la oración en este momento más que nunca.”

Alicia deseaba pertenecer a la Orden del Santísimo Redentor, también para que las Madres Redentoristas fueran al Perú.
Para eso vino a unirse con las otras peruanas en Madrid. Y por eso “regresó” tan pronto.

Es la primera Redentorista que ha abierto el surco sangrante de la tierra peruana y ahí en el panteón de nuestros hermanos -los Misioneros Redentoristas-, espera a sus hermanas.

En julio de 1970, Alicia llega a Madrid para realizar el sueño que Dios tiene para ella: consagrarse a Él como Redentorista.

Poco a poco Alicia se fue adentrando en la vida contemplativa. Por la caridad fraterna supo comunicar la luz de Cristo, convertida en amor de Dios. Desde María iba haciendo su labor: transformarse en Cristo para gloria del Padre.

Su vida no hizo ruido.

Transcurrió con ese  silencio que da la humildad y sencillez de un corazón puro, pero como la lluvia fina, a su contacto, todo iba quedando fecundado.

Irradiaba una fuerza vital: El Amor de Cristo y de María.
Su sencillez y alegría, evidenció sin ella proponérselo el temple de su alma grande que iba madurando a pasos agigantados por el camino de la santidad.

Alicia gozó siempre meditando el Cantar de los Cantares. Y al año de llegar al Monasterio, se oyó la voz impaciente del Esposo que llama: “Levántate, Amada mía, y ven.”

Si la flor había dado fruto, no debía permanecer una nueva primavera en la tierra.
Jesús la llamó.

Se sintió mal. Pero nadie, ni ella misma, ni el médico le dieron importancia.
Para más tranquilidad y para que mejorara, la enviaron a Alpedrete (Madrid) para que el aire de la sierra la repusiera.

Fue cuestión de horas. Se debilitaba rápidamente. Cuando el médico la vio tenía cuatro de máxima y hemorragia interna.
Rápidamente se le trasladó a la capital para atenderla de urgencia y en el camino fallecía.

Su muerte ha quedado en el silencio del Padre Dios a quien amó con desprendimiento total.
Era el 4 de Julio de 1971. Alicia florecía para Dios a los 22 años.

 

 

Hna. Mª Luisa Sáenz
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¿Quién es Mª Luisa?

Es una Hermana que llegó a la meta de la vocación a la que había sido llamada y que dejó entre nosotras y entre los que la conocieron una estela de luz y de cercanía de Dios.

Fue una persona que se dejó vaciar plenamente por Dios para ser invadida por El y fue así para todos los que la conocieron, esa expresión velada y transparente a la vez, del «Dios en medio de su pueblo» que a ella tanto le decía.

Mª Luisa Sáenz Oíza ingresó en nuestro Monasterio en 1961 a los 27 años de edad. Llegaba en plenitud de fuerzas físicas y con una madurez humana fuera de lo corriente, muy consciente de que iniciaba un camino que la llevaría a la meta ya claramente impresa en su interior:

«Dios quiere que sea santa y lo seré…Como flecha lanzada hacia Ti. Como flecha, en tensión constante. Siempre en movimiento para conservarse en equilibrio y mantener la dirección.»

Desde el comienzo de su vida religiosa, Mª Luisa se vuelve a María:

«Madre mía, mi esperanza, hazme ver el amor que Cristo me tiene para que confíe en El. Como un niño pequeño. Como tú, Señora, confiaste.»

Hay en ella una obsesión dominante que se hace rasgo fundamental en su vida: el vaciamiento.

«Quiero quedarme vacía, como una escultura moderna. Toda hueco para recibirte. Que Tú lo llenes y seas mi único tesoro. Mi pequeño y gran tesoro… Sólo quiero quedarme hueca para recibirte, para llenarme de Ti.»

Todo fue para ella pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús y su amor, por El perdió todas las cosas y apoyada en la fe buscó conocerle a El, el poder de su Resurrección, la comunión en sus padecimientos hasta hacerse semejante a El en su muerte.

Su vocación y su fidelidad no fueron una cima a la que llegó desde el principio, fue un trabajo diario lento, oscuro y callado, de asimilación de valores que la llevaron a una estabilidad confiada y sólida que la posibilitó ayudar a otras personas en momentos de inquietud vocacional, con seguridad, acierto y profunda madurez.

Siempre humilde, pasaba sencillamente desapercibida, a pesar de su gran cultura y formación artística; sacó matrícula de honor en su carrera profesional, pero nunca nadie lo supo por ella. Sin embargo, Mª Luisa pensaba que se valoraba demasiado.

Enseñaba con su vida. Había coherencia en su actuar con lo que pronunciaban sus labios.

Escogía siempre los trabajos más costosos. Esto fue nota dominante en su quehacer diario. Veía en el trabajo, sobre todo en los que menos agradaban, una forma de unirse a la suerte de los pobres y de vivir a la vez en la Comunidad la abnegación tomando para sí,  como si fuera lo que más le gustaba, lo más difícil.

En 1976 es elegida Priora de la Comunidad. Para ella fue costoso, pues siempre le costaron los cargos de relieve aunque supo vivirlos en sencillez y servicio a los demás.
Animaba y estimulaba a la Comunidad desde su propia sencillez y profundidad, desde una vida realmente invadida por Dios. Sus criterios y su conducta estaban iluminados por la luz del Evangelio.

Alguien que conoció bien su corazón escribió de ella: «La humildad tiene un nombre: MARIA LUISA.»

Una de las facetas que más cultivó fue la amistad. Una amistad vivida más desde el silencio que de una frecuente comunicación. Se daba del todo y no pedía nada.

«Siempre he sido callada. Pero siempre doy a los demás mi ser, así como es, callado y solitario. Es un intercambio mutuo, enriquecedor. Yo no calculo, ni pienso. Es mi ser espontáneo que se da como es. Quizá un día descubras mi amistad como presencia de Dios entre nosotros: previa a toda búsqueda nuestra.»

El 23 de julio de 1981, Mª Luisa fue designada como responsable de la Comunidad que se había fundado en 1976 en Chulucanas (Perú).

Esta Comunidad, que ella tanto amó y a la que dedicó con entrega plena el penúltimo año de su vida, había llegado en su historia de salvación a una meta, a una comunión profunda entre todas, a un reconocimiento claro de su misión en la Iglesia local desde su ser contemplativo.

Mª Luisa había caminado con ellas, a su paso, en aquel año especialmente difícil por su nombramiento como Priora, por el esfuerzo generoso en encontrar su verdadero rostro de comunidad contemplativa, en un lugar tan distinto de Carabanchel como era Chulucanas, donde el tiempo, las personas, las situaciones, el clima, todo era diferente.

Mª Luisa viendo logradas en gran parte sus aspiraciones, presentía algo. La sorpresa de Dios no se hizo esperar demasiado. Al año de estar en Perú descubrió que un lunar que tenía en la espalda, empezaba a “ponerse feo”. No le dio importancia, pero comenzó a latir su esperanza como una chispa de luz que la inundó desde el primer momento intuyendo lo que podría ser, y efectivamente fue: `Melanoma maligno nodular´. Ya no faltaba más que la confirmación de los médicos. La confrontación llegó muy pocos días después. Un pronóstico de vida de tres a cuatro meses de duración.
Era verdad: ¡EL SEÑOR ESTABA CERCA!

«Hace ya un año que estoy aquí. Ha sido un año largo para todas. Dios nos ha ido trabajando como buen alfarero. Nuestro almendro y el vuestro está con la flor dispuesta. El de Dios está despierto. Es bonito vivir el hoy sin saber lo que ocurrirá mañana. Procuro estar disponible…»

Ante la noticia de la gravedad de Mª Luisa las reacciones fueron muy distintas.
Mª Luisa hubiera preferido morir allí, en su nueva tierra, la tierra y el pueblo que le había permitido comulgar con el misterio de la pobreza de sus hermanos. Quería ser tratada como uno de ellos, sin más cuidados, sin más adelantos médicos.

Desde la Comunidad de Madrid se consideró la posibilidad de que viéndola en el Oncológico de Madrid, todavía se pudiera encontrar una mejoría, una esperanza de vida.

Llega a Madrid la tarde del 5 de noviembre de 1982, sonriente a pesar de las huellas de cansancio de su rostro.

Se incorporó a la vida de comunidad con la misma naturalidad que antes de su ausencia.

Pronto comenzaron las salidas al médico con la leve esperanza de que no se confirmara el diagnóstico de Perú. Esperanza para la Comunidad, porque para ella la única esperanza y más bien, certeza, es que Dios vendría por ella muy pronto.

El diagnóstico coincidía con el de Perú. Para el día 31 de mayo se fija una operación al ver que la cosa va empeorando rápidamente.

«Espero que el 31 ocurra algo. María preparará mi corazón para la pascua. Y la pascua es siempre fiesta desde la Pascua de Jesús. Aunque el dolor nos muerda. Te llevo en mi corazón como semilla. Y florecerás conmigo si llego antes que tú al Padre. Y yo floreceré en ti. Paz.»

La biopsia confirmaba por tercera vez lo que temíamos: estaba invadida por el cáncer.
Mª Luisa se iba poco a poco apagando, aunque muchos días disimulara y continuara con normalidad la vida de comunidad.

Se encontraba mal, en una de sus salidas al médico hizo un esfuerzo y viendo llegar su fin, fue a despedirse de su anciana madre que nada sospechaba. Mª Luisa sabía muy bien que era la última despedida.

En sus últimos días de vida decía:

«Señor, te entrego mi vida por amor.»
«Sólo temo que la enfermedad me pueda descentrar de Dios.»

Y llegó el día… Dios la llamó por su NOMBRE.
Su actitud era de total entrega en las manos del Padre.
Y recogida, y suavemente, el día 20 de Septiembre de 1983, Mª Luisa entregó su vida al Padre a los 49 años.

Ya sólo quedaba JESÚS en ella.

«¡Dichosa tú porque has creído,
porque se ha cumplido en ti
todo lo que te ha dicho el Señor!»

 

 

Hna. Cecilia Puertas
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¿Quién es Cecilia? Mujer alegre de inteligencia clara acompañada de una gran intuición; voluntad férrea para vivir coherentemente, como lo demostrará en su enfermedad; libertad interior; imaginación y creatividad no frecuentes junto con una sensibilidad de captación grande y una capacidad de amar inmensa. Todo esto hacen de ella una mujer enérgica muy rica en el plano humano. Pero la mayor riqueza es su experiencia de Dios que le permitió escribir en un artículo suyo en la revista  `Teología y Catequesis: “Señor, no soy digna. La nada reconoció al TODO y se sintió inundada de su Presencia, la  miseria se impregnó de la santidad de Dios. Esa Presencia desbordante de Dios en mí y también en todo ser que sufre. NO LO VEO NI A MI LADO, NI ENFRENTE, SINO EN MI,  de tal forma que SI ÉL DEJARA DE SER EN MÍ NO SERÍA YO”.

Toda esta riqueza está puesta al servicio de los demás en un olvido total de sí misma. Primero en su familia -es la mayor de ocho hermanos-, y entre sus alumnas que siguieron viniendo a visitarla al monasterio; más tarde en la Legión de María viviendo desde allí un apostolado de frontera: el mundo de la prostitución, los gitanos, matrimonios difíciles…

La llamada a una entrega más radical es un Viernes Santo al adorar la Cruz, y la llamada a la vida contemplativa y redentorista en una Fiesta de la Encarnación….la culminación de una búsqueda o mejor de una respuesta. En la vida sencilla del monasterio, Cecilia, dará cauce a toda su urgencia apostólica y su fuerte vivencia de Dios.

Cecilia Puertas Marín, ingresó en nuestro monasterio en 1981. Cuando tan sólo contaba con un año de Profesión Temporal, a los 32 años de edad, se le manifiesta la enfermedad: esclerodermia difusa. Ella conoce cuanto a la enfermedad se refiere y antes de hacer la Profesión Perpetua se plantea si debe dar el paso sabiendo que su fin, y no lejano, es la inmovilidad y la silla de ruedas pudiendo ser una carga para la comunidad. Pero en Cecilia hay algo más que su enfermedad: una gran vocación contemplativa y redentorista, con una acción manifiesta de Dios que disipa toda duda.

En la comunidad desempeña muy pronto el servicio de maestra de novicias; también el de consejera y secretaria, actividades que tenía al morir, igualmente responsable de la Fraternidad de Cristo Redentor, redactora del Boletín de dicha Fraternidad. Colaboradora en la Liturgia con la riqueza que tenía para el lenguaje simbólico, también colaboradora incansable en las fiestas comunitarias con un sentido del humor extraordinario… Pero sobre todo ha sido en la Pastoral Juvenil, en los grupos de oración con jóvenes y niños donde Cecilia mejor se ha expresado y donde ha dejado mayor huella.

¿De dónde ha sacado `tiempo´ para realizar en tan corto plazo un recorrido tan grande?… “compartiendo con vosotros lo que no es mío, sino don de Dios en mí para todos”.

En la etapa final de su enfermedad, pasando la mayor parte del tiempo en su celda y usando la silla de ruedas para pequeñas salidas, toda la comunidad pudo apreciar su sencillez y simplicidad para aceptar todo con una sumisión ejemplar. Un continuo: “gracias”; y siempre lo mismo: “como queráis, como digáis…” ¿Es que aquel carácter recio se había doblegado? No, simplemente,  se había hecho transparente y toda la energía  la necesitaba ahora para  soportar con rostro sereno e incluso sonriente, hasta donde podía, los terribles dolores de unos miembros que iban muriendo por falta de riego sanguíneo. La comunidad se turnaba para hacerle un suave masaje en las manos que no se interrumpía más que el escaso tiempo que dormía y aun entonces seguía el masaje. Era lo único que le aliviaba algo; pensamos que más era por el amor que todas poníamos en esta tarea. “¡Cómo te lo agradezco, me consuela mucho; pero qué pena, Dios mío que os quedéis sin dormir!” Hasta el fin preocupada por los demás antes que por ella misma.

Ya no quedaba más que un silencioso: ¡Ven, Señor, Jesús! y Jesús  vino de forma callada y sin la menor muestra de resistencia por parte de Cecilia, a la hora del Angelus del día 21 de Octubre de 1992 cuando contaba 39 años de edad. Y ella le siguió para continuar el cántico nuevo de alabanza que había comenzado aquí en la tierra. La FIESTA era ya una realidad eterna.

Gracias, Cecilia por lo que nos has dado, por lo que has aportado a nuestra  Comunidad. Gracias sobre todo a Dios que ha hecho en ti cosas grandes.

 

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