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«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido,
me ha enviado
a anunciar a los pobres
el Evangelio,
a proclamar la liberación
a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar
la libertad a los oprimidos
y proclamar
el año de gracia
del Señor»
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(Lc 4, 18-19) |
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Una Comunidad que muestra al Redentor
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Hace ya casi tres largos años, cuando vivía en el amor primerísimo hacia el Señor, durante el año de noviciado, tuve la oportunidad de descubrir la grandeza de formar parte de una familia mimada, querida y animada por el Hombre más grande y apasionante que ha pisado la historia.
Había escuchado antes, en algún lugar, unas pocas referencias a la figura femenina que rodeó los orígenes de una nueva orden (la Orden del Santísimo Redentor en 1731) y que estuvo muy ligada a nuestro padre Alfonso de Liguori en los comienzos de nuestra Congregación (Congregación del Santísimo Redentor 1732).
Qué duda cabe de que ambos pasaron por aquella amistad en la que se comparte lo más íntimo y, también, por momentos de distanciamiento… El caso es que fueron importantes el uno para el otro, para construir sus sueños mutuos unidos por el mismo Cristo Redentor.
Pues bien, como decía, “hace ya casi tres largos años” que, como inspirado, sentí curiosidad por la vida de aquella mujer: Mª Celeste Crostarrosa. Así que, movido por las ganas de conocerla, leí su “Autobiogafía”, y esta me llevó a “Jardín interior” y a las recientemente publicadas “Meditaciones de Adviento”…
Desde aquél momento no pude hacer caso omiso a la historia y a la amistad compartida con san Alfonso Mª. Ella trataba de hacer vivo, eficaz, real en su persona y en su Orden al mismo Señor y lo reflejó en aquella tan conocida frase: “Ser memoria viva del Redentor”. Alfonso, por su parte trataba de anunciar a toda costa que el amor infinito de Dios estaba esperando a nuestra puerta para darnos un abrazo como el más grande que hayamos podido imaginar; que Jesucristo, el Redentor, es la fuerza y la vida; y se decidió a anunciarlo en medio de los pobres y los abandonados.
Fue entonces cuando el sentimiento de gratitud y alegría por sentirme parte de una familia tan rica y amplia que llena con cordura todos los ámbitos de la vida consagrada, desde la contemplación hasta la misión efectiva, me hizo escribir a la comunidad contemplativa redentorista del monasterio de Carabanchel en Madrid y lo hice dirigido a quien, por aquél entonces, compartía mi situación de novicio. Así, a través de su novicia, me abrí de corazón a toda la comunidad que, desde aquél momento me ha mimado como al más pequeño de sus hermanitos.
Poco tiempo después del día más grande de mi vida, el día en que profesé como misionero redentorista, cuando ya vivía en Madrid para comenzar mi nueva etapa como estudiante de Teología, pasé a visitarlas y no dejaron de sorprenderme.
No tengo la menor duda de que en ese monasterio viven mujeres apasionadas que intentan en medio de este querido siglo XXI ser esa memoria viva del Redentor que mueva las entrañas del mundo paradójicamente desde el silencio y la contemplación misionera.
Por tanto, para mí, haber conocido a la comunidad redentorista de Carabanchel ha supuesto abrazar a la otra parte de mi familia y haber encontrado una tierra firme sobre la que pisar en momentos de bajeza y oscuridad para volver a la luz de mi Redentor. “Tú eres luz y yo tiniebla. Tú el todo y yo la nada”, cuántas veces he repetido estas palabras de la Madre Celeste…
Y qué grande es descubrir que acudiendo a ellas puedo realizar más fácilmente aquella petición de san Alfonso Mª: “Orad, orad, orad y no dejéis de orar; porque quien reza se salva, pero quien no lo hace se condena”.
Que el Señor las siga bendiciendo para ser memoria viva del Redentor en mi vocación como misionero redentorista y llegar a decir también con Alfonso en medio de los pobres y abandonados: “Te amo Señor, te amo, te amo; mi vida, mi todo…”.
Damián Mª, CSsR

Me sedujiste, Señor…
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Soy una monja contemplativa redentorista y quisiera compartir con vosotros/as la experiencia de mi vocación religiosa. Al recorrer mi historia personal siempre me sorprende la fuerza de la llamada del Señor, su fidelidad en mi vida y la maravilla de su elección.
Cuando era adolescente dejé de creer, tenía muchas preguntas que no encontraban respuesta, la Eucaristía de los domingos ya no me decía nada… Entonces, Dios salió a mi encuentro con la oportunidad de participar en unos Ejercicios Espirituales a los que me apunté yo creo que por faltar a clase. Aquellos días intensos fueron para mí decisivos. A partir de ellos se inició una nueva etapa de amistad con Jesús y con la cercanía de María: ¡Dios sí existía y yo me lo había encontrado!
Comencé a formar parte de un grupo cristiano (la Congregación mariana de Mª Inmaculada) y con la ayuda y testimonio de otros creyentes mi experiencia de Dios fue creciendo y la llamada de Jesús prendió en mi vida.
Estudié la carrera de Magisterio, estuve trabajando como profesora durante tres años en un Centro. Sin embargo, sentía una sed profunda a la que no sabía poner nombre. Me sentía atraída por el Señor, deseaba estar con Él. Así comencé un proceso de búsqueda y acompañamiento vocacional.
La verdad es que nunca pensé ser contemplativa, siempre decía que lo único que tenía claro es que lo mío no era ser monja de clausura. Esto lo decía porque yo pensaba que el Señor sólo concedía la vocación contemplativa a personas muy espirituales, y yo me sentía una joven del montón. Además, las comunidades de vida contemplativa que yo conocía tenían rejas, hacían penitencias especiales, y a mí todo eso me “encogía” y me asustaba. Por otra parte, me parecía que había tantas cosas que hacer para cambiar la sociedad que entrar en un monasterio me resultaba una opción muy cómoda. Todavía no había descubierto la fecundidad de la vocación contemplativa, ni la gran fuerza renovadora de su testimonio…
Un día, de repente, me vino la idea de que tal vez podía ir a conocer más de cerca a la comunidad redentorista de Carabanchel. Fui a conversar con la priora del monasterio y ella me abrió unos horizontes desconocidos para mí. Me explicó su forma renovada de vivir la vocación contemplativa y me invitó a hacer una experiencia dentro del monasterio. Yo acepté y estuve allí durante una semana, en la cual pude comprobar la profunda experiencia de Dios de las hermanas, su sencillez y la alegría que irradiaban. Al mismo tiempo, me di cuenta de que yo era capaz de seguir ese estilo de vida sin dificultad y pensé que tal vez el Señor me esperaba allí.
Ya llevo quince años en el monasterio, en el año 2000 pude realizar con gozo mi Profesión solemne. Ahora el Señor llena toda mi vida, Él ha colmado la sed que yo sentía y desborda en mí el derroche de su gracia y de su amor. Cada día puedo alabarle en nombre de todos mis hermanos e interceder por cada uno de ellos. El Padre ha querido que mi vida sea una memoria viva de Jesús, y que pueda compartir mi experiencia de Dios con las personas que se acercan al monasterio con el deseo de descubrir aún más su presencia.
Si volviera a nacer repetiría la opción que he tomado, le entregaría lo mejor de mi vida, seguiría compartiendo la vida con mis hermanas de comunidad y continuaría ofreciendo mi existencia por la humanidad.
Hna. Paloma Arroyo, OSsR

La Comunidad Contemplativa Redentorista...
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Le doy muchas vueltas a como hablar de este monasterio... y se las doy porque no es fácil poder expresar las cosas que se sienten con mucha intensidad... las cosas que se sienten muy muy dentro... Por otra parte ¿cómo hablar de mi casa? ¿cómo hablar de mis hermanas? Porque desde luego cuando voy al monasterio siento que entro dentro de un lugar cálido y amable, un lugar de descanso... como en casa. Después de una larga y cansada jornada, es como un auténtico oasis de paz.
En un mundo como el que vivimos se necesita un lugar como este donde frenar y descansar...donde buscar y encontrar el hermoso silencio de Dios. Me sorprendió siempre y me sigue sorprendiendo cómo una comunidad contemplativa abre sus puertas y su corazón a todo el que se acerca allí. Es una delicia compartir con ellas su deseo de agradar a Dios, la oración y los cantos...
Cuando deseo orar en silencio, allí lo encuentro... si necesito hablar, soy escuchada... si es compartir, comparten... Para mí son un ejemplo de sencillez y de amor. Su silencio y oración se contagia. Siento una inmensa felicidad al notar su amorosa relación con Dios.
Siempre que he tenido una preocupación, siempre que alguien de mi entorno ha estado enfermo o necesitado, ellas han compartido ese dolor conmigo... allí se siente y se respira una soledad sonora, una soledad habitada... En cuanto a la liturgia, es otra forma de vivirla... gente de la Fraternidad acuden asiduamente con una fidelidad encomiable... allí se sienten bien... nos sentimos bien... podemos orar... podemos relacionarnos con quien sabemos nos ama... ¡qué regalo! ¡BENDITO SEA DIOS !
Marisol Hernández, Laica

La fraternidad, mi otra familia
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Brevemente comparto con todos vosotros lo que supuso para mi vida conocer a la familia Redentorista, en concreto a esta Comunidad.
Como en todas las cosas importantes, este camino fue transcurriendo lentamente. Cada día iba conociendo más a Jesús, la oración contemplativa de la Comunidad - que me maravilló-,… Aquí he aprendido a leer la Palabra de Dios, algo que ha transformado mi vida.
Pertenezco a la Fraternidad de Cristo Redentor, la cual considero mi familia espiritual, mi punto de referencia; la siento cercana para todo lo que necesito. Mis mejores amigos y amigas las he encontrado aquí.
Llevo desde hace algunos años la cruz redentorista, cruz que también llevan las hermanas. El día de la imposición de la cruz fue un día maravilloso, un día que marcó mi vida. En todo momento me sentí arropada por la Comunidad.
Soy madre de familia y abuela de dos nietos, pero os puedo asegurar que nada en el mundo me ha dado tanta felicidad como conocer a Jesús.
Aurora García, Laica

En el Monasterio me encuentro con Jesús...
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Me llamo Esperanza, tengo 5 años y voy al grupo de oración porque me gusta aprender cosas de mi amigo JESÚS, pintar, cantar y pasarlo fenomenal.
Os quiero mucho, Hermanas.
Un beso Esperanza.


Me llamo Clara, tengo 7 años y me gusta ir al grupo de oración porque me lo paso muy bien, aprendo cosas de JESÚS, canto, coloreo, escribo, rezamos por las necesidades del mundo y conozco a otros niños que como yo quieren seguir a JESÚS.
Os quiero mucho, Hermanas.
Un beso Clara.

“Amigos de JESÚS” es un grupo de niños y niñas que nos reunimos una vez al mes en el monasterio de las Redentoristas.
Voy a este grupo desde hace 4 años, siempre me ha gustado mucho ir porque enseñan cosas muy bonitas sobre Jesús.
Aprendemos canciones, oraciones, historias de la vida de Jesús, hacemos
dibujos y fiestas y las Hermanas nos acogen con mucho cariño.
En el grupo puedo compartir mi oración con los otros niños y cuando estamos en la capilla me siento más cerca de Jesús. Me gusta orar porque hablo con Jesús, le pido por mi familia, mis amigos y las personas de mi alrededor, que nos cuide, nos proteja y nos ayude a ser mejores.
¡Es muy divertido y me gusta mucho ir!
Cristina. 8 años.

Monasterio de Cristo Redentor : “oración, paz”
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Somos un matrimonio que conocemos el Monasterio desde hace unos 28 años aproximadamente. Llevamos casados 25 años y tenemos un hijo de 22 años, y dos hijas, una de 20 años y otra de 15 años. Mi esposo es diácono permanente en la diócesis de Getafe y teniendo encomendada pastoralmente la Delegación Diocesana de Misiones de dicha diócesis.
Lo que el Monasterio y las madres redentoristas han aportado a nuestras vidas y a nuestra forma de vivir nuestra fe, se puede expresar diciendo, que “hemos crecido descubriendo a Dios en la oración”. La amistad con las madres redentoristas ha sido un hermoso regalo del Señor, un regalo que se ha hecho realidad en un cariño tan grande hasta el punto de sentirnos allí, en nuestra casa, con nuestra familia y tan cerca de Dios. El Monasterio nos hace reencontrarnos con nuestro Padre Dios, haciéndose visible en medio de ellas; de su vida y de su oración.
Cristo nos une mediante la oración en un amor de hermanos, unidos en una sola familia, la familia de un Dios infinitamente misericordioso con cada uno de nosotros. Allí recordamos las palabras de San Francisco de Asís “lo que el hombre es ante Dios, eso es, y nada más”.
En la oración descubrimos el sitio que se nos ha dado en la vida, escogido desde nuestra libertad, pero que a todos los cristianos, desde donde estemos, estamos unidos para alcanzar un mismo fin, hacer visible a los otros la existencia del reino de Dios en nuestra vidas, en lo cotidiano, en el sentimiento de la certeza de un Dios que nos abraza y se instala en nuestro corazón para sentirnos amados y así con esa misma intensidad poder amar a nuestro prójimo.
Sentimos su oración y ellas saben que siempre están presentes en la nuestra. Es verdad que la fe va madurando con el tiempo, pero también es verdad, que este madurar con el tiempo, depende mucho de dónde y con quién se comparta. Con ellas hemos aprendido a mirar hacia nuestro adentro, sin dejar de ver todo aquello que nos rodea.
Cuando hace poco celebramos nuestras bodas de plata, quisimos que no solamente fuera en la intimidad de nuestros más allegados, sino que fuera en la intimidad de nuestro amor y de Dios, el cual nos lo regaló y quien nos ayuda día a día, no solamente a conservarlo sino a cuidarlo para que vaya madurando y creciendo. Quisimos celebrarlo en el Monasterio donde está parte de nuestro corazón y de nuestra familia, pensamos que si el asistir allí algunos domingos a la Eucaristía nos aportaba tanto, y nos hacía sentir al Señor tan dentro, sería allí, donde diéramos gracias a Dios por nuestra vida juntos, por nuestros hijos, y por todos los que en estos años de una forma u otra han formado parte de nosotros.
Para nuestra familia decir Monasterio de Cristo Redentor es decir “oración, paz” es ver en cualquier dirección en que miremos a Cristo, un Cristo de redención, es ver a su madre, la nuestra, la virgen, la que siempre intercede por nosotros, la que nos muestra en su sí incondicional lo maravilloso de Dios; haciéndonos ver a nosotros también que desde la fe, podemos decir un sí sin miedo, lleno de confianza, alabanza, y adoración como ella lo hizo, sabiéndonos en todo momento amados por Dios.
Rosa María Díaz de Rojas y José Carlos Julián

Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya
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Esta antífona de la liturgia de las horas, que las hermanas cantaban con una melodía delicada y suave, resume la experiencia de estos días de Semana Santa que he podido vivir en la Comunidad Contemplativa Redentorista en Madrid, y es la que en estos sigue resonando en el corazón de mi oración y días.
Alegría, humor, servicio, amor fraterno, ayuda mutua, acogida y salida al encuentro es de lo que soy testigo, es lo que he visto y palpado. Y en el centro de todo ello la celebración y la liturgia de alabanza, que es el diálogo comunitario que las hermanas realizan con Jesús, con el Padre, el Espíritu acompañadas de María. La liturgia es pulmón y fuente de su vida diaria, por eso al recitar los salmos y oraciones las palabras no se agolpan unas contra otras por las prisas, sino que cada una tiene su espacio y su sentido dirigidas a quien miran y a quien las mira.
He visto una vivencia y una acogida de la cruz gozosa y por ello rostros resucitados en cuerpos marcados por el signo de la entrega y de los años. Pero en cuya mirada se encuentra el testimonio de esperanza de que Dios es, Dios no falla, Dios es el que sostiene, da firmeza y salva. Son vidas que traslucen que Dios es fiel a la humanidad.
Quien piense en las comunidades contemplativas como sepulcros cerrados en el mundo, les recomiendo que se acerquen y que vean la losa abierta, y el sepulcro vacío, porque ahí hay vida, porque ahí está la vida, porque ahí está El que Vive. Me he encontrado con el abrazo cálido de cada una de las hermanas, he dialogado con ellas paseando por el jardín, hasta me han dejado enseñarles la danza de la bendición y de la misericordia (y esto no es en sentido figurado), dispuestas a aprender y a reconocer ellas también el rostro de Jesús en mí.
Me han enseñado a comprender que en el centro del misterio Pascual de Redención, de sufrimiento de Cristo, de acogida de la miseria del mundo, está la unión hasta el extremo de Jesús con el amor misericordioso del Padre, y el abrazo de paz del Espíritu, y por ello ya no hay sentido para el llanto sino para el gozo y la alegría. Redimir es acoger, redimir es amar la miseria, redimir es vivir ya en la Esperanza.
Muchísimas gracias a toda la comunidad Redentorista de Madrid, a los laicos con los que he compartido las celebraciones, a los hermanos redentoristas que he conocido y sacerdotes de otras comunidades, y mi abrazo tierno y eterno a cada una de las hermanas.
Teresa Ortiz Angulo (Valencia)
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