Es el otoño de 1696 en Nápoles (Italia). El 31 de Octubre. En la casa que la familia Crostarosa tiene en el barrio noble, nace una niña. Su aspecto delicado y débil hace temer lo peor, y es bautizada en la casa. Al día siguiente se la lleva a bautizar en la parroquia de San José el Mayor, recibiendo el nombre de Julia Marcela y Santa. Sin embargo, ella será conocida con el nombre de María Celeste.
Giuseppe Crostarosa, su padre, era magistrado en Nápoles. Su posición acomodada le permitía atender holgadamente a su numerosa familia: Julia es la décima. Su madre, Battistina Caldari es la típica mujer napolitana: alegre y dinámica, apasionada y dulce. Se dedica a la educación de su crecida familia, sobre todo en el aspecto religioso.
En este ambiente se abre a la vida la pequeña Julia. Pronto destacará por sus dones y su capacidad de liderazgo. Posee un temperamento apasionado y enérgico.
La pequeña empieza a experimentar un sentimiento no corriente de intimidad con Jesús. Así nos lo contará ella:
“Teniendo cinco o seis años, comenzó el Señor a darme conocimiento de su divinidad, sin yo hacer nada, tan suave, que concebí el deseo de amarlo y de servirlo… me llamaba y me urgía a amarlo con algunas breves palabras interiores, sin que yo supiera qué era aquello”
En estos primeros años ella la llama “la compañía secreta” y esta compañía con Jesús continúa hasta los nueve o diez años. Entre los nueve y once años, Julia pasa un período de “crisis”, caracterizado por una atracción y fascinación por todo lo que le ofrece el mundo napolitano.
Después de esa lucha - entre el deseo de ser fiel a Jesús y la inclinación a “desear las cosas del mundo” – vuelve a tener paz y hace una confesión general. El confesor será quien intentará iniciarla en la oración mental.
Sin embargo, Julia empezar á a vivir su propia manera de hacer oración. Va más allá de la pura reflexión según un método. La “compañía secreta” de la adolescencia empieza a madurar en la línea de una unión más profunda, con el deseo de imitar la vida de Jesús. Poco a poco irá intuyendo que su camino no es el de una imitación externa de la vida de Cristo, sino que consiste en dejar vivir a Cristo en ella. “El Señor me dijo en lo interior del corazón: tú debes imitar mi vida y unida a las obras de mi vida realizarás tus propias obras”
En la primavera de 1718 Julia tiene ya 21 años. En una ocasión, Battistina, acompañada de sus hijas Ursula y Julia van al Carmelo de Marigliano para visitar a “una sierva de Dios”. Lo que parece una simple visita se convierte en una entrada formal en el convento. Las dos hermanas se ponen de acuerdo para conseguir el permiso de su madre y poder quedarse allí. El padre, al enterarse, aceptará su decisión. Aquí Julia vestirá el hábito carmelitano y recibe el nombre de sor Cándida del Cielo.
En 1722 los Píos Operarios están predicando una misión en Marigliano. El P. Tomás Falcoia predica los Ejercicios Espirituales en el Carmelo. Así es como conocerá a Mª Celeste.
En el otoño del año 1723 tiene que cerrarse el convento. Marigliano era una posesión feudal y la duquesa Isabel, abusando de su autoridad, hace intolerable la vida en el monasterio. El obispo aconseja a las religiosas que abandonen el monasterio y busquen otro donde puedan realizar su ideal.
Julia acompañada de sus dos hermanas, Ursula y Juana – la hermana menor que había ingresado también en el monasterio - abandona Marigliano. Permanecerán en Portici hasta comienzos del año 1724, marchando a Scala su nueva meta: el convento de la Visitación. El P. Falcoia es director del monasterio visitandino. Al vestir el hábito de la visitación recibe el nombre de María Celeste del Desierto.
Aquí en Scala tendrá lugar la revelación de un nuevo Instituto. Es en la primavera de 1725 cuando Mª Celeste, todavía novicia, recibe la manifestación del deseo de un nuevo Instituto y sus Reglas, cuya ley fundamental será el Evangelio, y el fin la imitación de la vida del Redentor.
“Se operó en mi alma de nuevo aquella transformación de mi ser en el de nuestro Señor Jesucristo…Entonces me dio a entender un nuevo Instituto que el Señor quería poner en mundo por mi medio”.
El P. Falcoia no llegará a descubrir la novedad de la experiencia mística de Mª Celeste y no comprenderá su espiritualidad. Intentará imponerle su propio camino y, en numerosas ocasiones, interpretará mal sus palabras teniéndola por una monja ilusa.
Alfonso de Liguori en septiembre de 1730 predica los Ejercicios en el monasterio de Scala. El P. Falcoia ya ha sido nombrado obispo de Castellamare. Alfonso ha sido advertido y llega a Scala con la idea de tener que habérselas con una monja “ilusa”, según las habladurías que corren por Nápoles.
Alfonso interroga a cada hermana individualmente y a Mª Celeste entre ellas. Después de estas conversaciones llega a la conclusión opuesta: la “obra” es de Dios y no una ilusión tal como se había juzgado. Así el retiro se convierte en una preparación para el futuro cambio de Reglas.
Las dos ramas del Instituto, la Orden (contemplativas) y la Congregación del Santísimo Salvador (los misioneros redentoristas), verán en Scala la luz primera. El día de Pentecostés de 1731 – gracias al apoyo de Alfonso de Liguori – Mª Celeste ve con alegría cómo se inicia el proyecto de vida religiosa que el Señor le había manifestado. Un año más tarde, en 1732, en la hospedería de las monjas nace la rama masculina. Mª Celeste - según consta en el diario de S. Alfonso - le manifestó el deseo del Señor de que hubiera también misioneros que evangelizaran a los pobres.
El “sal de tu tierra” volverá a hacerse presente una vez más en la vida de Mª Celeste. Es la primavera de 1733. Mª Celeste había escrito la Regla recibida por inspiración de Dios. Constaba de una preciosa introducción empapada de la cristología paulina de la Carta a los Efesios y Colosenses, describiendo el “designio del Padre”: comunicarnos su Espíritu por medio de Cristo que nos transforma en su imagen y por eso la comunidad es memoria viva de Cristo. Las nueve virtudes que propone son perfecciones del Verbo manifestadas en Cristo “viador”, mientras caminaba por este mundo, y que ahora comunica a sus amigos.
Mons. Falcoia pretendía hacer grandes modificaciones en la Reglas y en su aplicación, intentando que Mª Celeste las presentara como procedentes del Señor en esos términos. Ella fiel a su conciencia se oponía: no a que se hicieran las modificaciones, sino a afirmar que así las había recibido del Señor.
Mons. Falcoia al redactar de nuevo las Reglas no tuvo en cuenta “el designio del Padre” y la idea del Instituto, y añadió a las nueve Reglas (virtudes) las tres virtudes teologales disponiendo que cada mes se practicara una virtud. Para Mons. Falcoia la imitación de Cristo era sobre todo “externa”: consistía en copiar con esfuerzo personal las virtudes de Cristo. Sin embargo, en el camino espiritual que Mª Celeste propone es Cristo el autor de nuestra transformación en Él. Cristo, dirá Mª Celeste, es como un sello o molde con el que el Padre sella a sus elegidos, convirtiéndoles en copias o “retratos animados” de Cristo.
Este mal entendimiento aumentó la tensión en las relaciones entre Mª Celeste y Mons. Falcoia. Hasta el punto de que Mons. Falcoia exige a Mª Celeste que haga voto de no tener más director espiritual que él mismo y que acepte firmar – como inspiradas por el Señor así - todas las reglas modificadas. Ella, después de orar y aconsejarse, se niega en conciencia a aceptar estas condiciones. Por ello, será expulsada del monasterio.
Mª Celeste con inmenso dolor - pero fiel a su conciencia y a lo que ella había entendido como deseo del Señor – deja el monasterio.
En Pareti, el obispo le pide que acepte el cargo de superiora para reformar el monasterio de la Anunciación. Ella, con gran prudencia y capacidad de diálogo, comenzó por llamar a cada una de las hermanas. Incluso llegó a darles ella misma los Ejercicios Espirituales, algo insólito en aquella época. El resultado obtenido fue muy positivo y la comunidad volvió a vivir en paz y fidelidad.
Es ya noviembre de 1735. Ha llegado el momento de volver a levantar la tienda. Mª Celeste no deja de lado el proyecto de una comunidad que viva las reglas del Santísimo Salvador tal como ellas las recibió del Señor.
Tras un intento de fundación en Rocapiemonte, en marzo de 1738 encontramos a Mª Celeste viajando de nuevo. La meta es Foggia. Ahora le acompaña solamente su hermana Ursula. Aquí pasará la última etapa de su vida.
En estos años fecundos completa sus obras y escribe su autobiografía. En sus escritos se percibe ahora su evolución y maduración espiritual. La vida de la “santa priora”, como se la llama en Foggia, llega a su final. La paz de este período es el anticipo de aquella otra, inalterable y gozosa que comenzará para ella el día 14 de septiembre de 1755, fiesta de la Exaltación de la Cruz. Ella, como su Señor, expirará a las tres de la tarde cuando se leía, a petición suya, la Pasión según San Juan y, concretamente, al recitar las palabras “todo está cumplido”.
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