Orar ante el icono de la Trinidad (I)

 

Dios, vivo hasta la muerte

Cuando entras en un templo, haces silencio, contemplas la luz envolvente y la respiras. Lo mismo ante este icono. Estás dentro de un templo: mira la luz de este icono, capta todo lo que hay dentro, despacio… y respira con tu espíritu… deja que tu cuerpo y tu mente se relaje, suéltate… mira más.

– Abre, Señor, mis ojos para que vea tu luz

Este icono lo escribió (pintó) San Andrés Rublev en el espíritu del monasterio de san Sergio. Este santo abad vivió las grandes divisiones y luchas dentro de la Iglesia y fundó su monasterio en 1400 con la intención de ser un signo de comunión, diálogo y paz al modo de la Trinidad Santa. San Andrés Rublev vivió esa espiritualidad y la plasmó en este icono. Oraba…

– Señor mío, Te veo todo un Dios volcado hacia el hombre, unido en una misma acción para liberar a tus hijos de la división, de los desprecios y descalificaciones mutuas en tu Iglesia mía… Jesucristo tu hijo y mi Señor quiso reunir a todos los hombres en el amor y perdón, y también sufrió desprecios y divisiones… Y San Pablo vivió esto mismo entre los corintios… Señor, ¿por qué somos así, si Tú eres comunión, acogida, paz?

Aquel monje se sumergía en esta meditación y contemplaba la unión y la concordia de Dios… su bondad infinita con el hombre… Tú también: si sólo pararas un poco tus prisas y vértigos, este mismo Dios te sorprendería con su calma y su diálogo sosegado… Todo, en este icono lo mide el amor que bulle en el corazón mismo de Dios. Si te remansaras, bendecirías a Dios con tu humilde amor…

En este icono, este Dios total aparece como un Diálogo circunferencial, nunca roto, sin fisuras, expresado en las actitudes de las tres figuras mediante los gestos del rostro, el cuerpo o las manos: La divinidad está abierta a la vida del hombre mediante la encarnación divina; es el compromiso entrañable total: como el de un Padre que ama, o como el de un Hijo que apoya el plan del Padre o como un aire, un Espíritu o una alegre vitalidad que respiran al actuar: Es el plan de la Redención… un amor nunca roto. Así es Dios, así nos ama. En este icono se contemplan los tres grandes misterios de la fe: La Trinidad de Amor (tres, plenitud de ser: así es Dios), la Encarnación de salvación (cercanía de comunión) y la Redención de fidelidad hasta la muerte y resurrección (compromiso total). Piensa que el hombre está hecho a imagen de Dios, y esto significa que podemos ser como es Dios en esas tres dimensiones entre los hermanos.

– Señor, te veo tan grande en amor y luz… pero no te apartes de mí por mis oscuridades porque eres cercanía, y ábreme a la luz del alma para que me sumerja en la hermosura de tu proyecto para el hombre… que yo pueda acompañar a ese Hijo obediente en la recuperación de la unidad entre todos nosotros… lléname de espíritu bueno, como Jesús.

Adéntrate en el mensaje del icono: Tres figuras iguales, con alas porque no vienen de la tierra sino del mundo divino, van de camino, con bastones de la misma dignidad anunciando Algo Bueno: El Padre en el centro, con la estola de la autoridad, vuelto hacia el Hijo, a nuestra derecha, le propone el proyecto de salvación, significado en el cáliz y señalado con su diestra: la entrega total de la vida por amor fiel. El Padre mira al mismo tiempo al Espíritu Santo, a nuestra izquierda, y le encomienda que sea la fuerza y el vigor de esa tarea: El Espíritu Santo mira al Hijo en señal de apoyo a la Causa del Padre y con la mano bendice la obra que ha de realizar el Hijo, El cáliz. El Hijo reposa los ojos en el Cáliz y acepta el encargo del Padre, con la mano junto al Cáliz, confiado en el Espíritu. Aunque en el icono no se aprecia, dentro del Cáliz se refleja el rostro del Hijo, la “Santa Faz”, y significa que la Gran Acción misionera supone la Encarnación del Hijo de Dios, haciéndose hombre, aprendiendo el lenguaje humano, para poder retomar el diálogo vivo y humano con el hombre… que ha perdido la Palabra. Este diálogo de Dios, nunca roto, a favor del hombre, es la esencia de toda Misión evangélica con el vigor y amor del Dios Total, Padre, Hijo y Espíritu.: Dios no rompe el diálogo ni la esperanza con el hombre… una sola copa con el mismo contenido, sobre un altar, sede de la alianza nueva, del sacrificio o entrega. Vienen descalzos porque esta obra se realizará sin apoyaturas humanas, sólo con la desnudez de la encarnación. El Padre con túnica roja, color signo de lo divino, va con la estola de autoridad y vestido de azul signo de la sabiduría divina. Detrás de Él hay un árbol, el árbol de la vida, que solo Dios tiene y puede tocar (Gen 2, 17). Detrás del Hijo hay una roca que se precipita, y recuerda la profecía de Daniel que anuncia un reino que no tendrá fin (Daniel 2, 31-35 y 2, 44ss) y que lo heredará el Mesías (Lc 1, 33). Va vestido de azul como Palabra y Sabiduría encarnada del Padre, y de verde como señal de esperanza. El Espíritu lleva túnica azul, signo de la sabiduría que inspirará al hijo la maravilla de la vida eterna y de manto multicolor como el dador de todos los diversos carismas. Detrás de Él hay un templo porque propicia el encuentro de Dios y Jesús encarnado, o del hombre y Dios, como en un templo. Las tres figuras son iguales en su esencia y amor.

– Señor, Dios de la sabiduría: veo que todo Tú eres una maravilla de saber amoroso, que todo lo planificas para que yo logre mi plenificación en comunión con mis hermanos… Quiero ofrecerte mi veneración y mi agradecimiento. Dios mío, te acepto como mi Dios del diálogo, que ves en mí la recuperación. No miras mis fallos y decaimientos sino que me amas y me levantas. Ante mi hermano que falla, Tú eres bueno, compasivo y paciente… siempre esperas. Gracias por las promesas que se cumplen a raudales de amor en Jesucristo.
Dios mío, ante tu sabiduría, yo quiero escuchar y aprender a vivir. Jesucristo es tu Palabra creadora que está presente con nosotros y nos muestra tu amor. El es tu Vida, la entrega total. Quiero vivir esa vida de Jesús, quiero escuchar más y más sus Palabras de Vida eterna. ¿A dónde iré si no es a Él? ¿Dónde encontraré la paz y el remanso? ¿A quién si no a Él tendré como criterio de veracidad para amar?
Quiero meditar en tu palabra cuando Jesucristo me llama amigo y me hace partícipe de todo el proyecto de liberación para que le ayude y sea testigo suyo en medio del mundo…
Habla, Señor, que quiero escucharte. “Déjame oír tu voz, que tu palabra resuene en mi interior… acalla mi alma y llénala de ti…”.
Voy a leer Jn 15 entero y me callo para escuchar el latido de la Palabra de Jesús…