Orar ante el icono de la Trinidad (II)

 

Dios, paz sin prisas

Otra vez más estás ante este templo de Luz, el icono trinitario. Y haces silencio y dejas que Dios se haga evidente, porque lo necesitas… porque lo amas y deseas vivir la Verdad que te hace libre. (Jn 8, 31-32).

Este icono es provocador… es una maravilla de equilibrio pictórico, pero es sobre todo una cumbre de sabiduría evangélica: al mirarlo despacio, te envuelve en su luz interior, en la calma de Dios Trino y total, en la actitud de escucha que hay en este misterio de Dios que crea de nuevo la Vida de Comunión para el hombre desunido… El iconógrafo no lo pintó de buenas a primeras, sino después de muchos días y de muchas horas de comunión con su Dios y de escucha de su Palabra… Por eso este icono te provoca a hacer silencio, te sorprende en su dulzura, te capta en su misterio y no te quieres apartar de su encanto.

Señor, un rato en tu presencia, vale más horas de duro trabajo o de vértigo afanoso… Siento que tú me hablas… y no entiendo, porque mi mente está turbia como aguas con lodo… pero yo quiero abrir mi fe a todo tu gran desbordamiento de amor, y que tu Luz me inunde como las aguas del mar. Tu grandeza, Dios mío, me abruma pero no me humilla ni me anula… no, me siento envuelto por tu hechizo creador y tengo ganas de vivir en tu ambiente de vida nueva. Noto que, en tu presencia, valgo la pena para ti porque me das la mano para que me levante y emprenda el camino hacia Ti; tu Hijo querido se mete entre mis lodos y me saca a caminos limpios y ciertos… El me da la Verdad y el ánimo. Pero por fin, me doy cuenta que soy tartamudo para hablarte, y es mejor que crezcas en mí aunque no te entienda… mejor será que sienta que vives en mí, mejor será que me cautives para vivir la libertad de entenderme en Ti como en mi espacio natural…

Si vivieras en esta actitud de paz, de quietud al caer la tarde o al comenzar el día a pesar del frenético ir y venir diario, si por un instante acallaras tus monólogos estériles y tus angustias y ansiedades, tu corazón se volvería como los ojos de un niño. Expresarías respeto y apoyo a ti mismo porque vales mucho para el Señor; acogerías las propuestas del Padre y te afianzarías en Jesús y en su Espíritu.

– Señor de la Vida, al contemplar este icono te veo como un océano que no puedo atravesar… pero te intuyo que mi vida es acoger tu Redención como amor exquisito que Tú me das en Jesucristo que acoge tu palabra y la pone en obra por amor a mí… Veo que acepta el cáliz con obediencia de puro brindis conmigo: Te obedece con amor brindando por mí, por mis hermanos… Aprendo a darte gracias sin palabras…

Procura fijarte en la mirada de las tres figuras: es un pleno confiar y ofrecer asentimiento a la propuesta del Padre, la Vida para el hombre; puedes palpar la ternura inagotable de Dios que nunca rompe su esperanza en los hombres; y es también un gozoso acoger la propuesta, aceptar el cáliz con su mano, porque el amor del Hijo brota de sentirse amor del Padre con la vigor audaz del Espíritu Santo… Los tres se identifican en el plan de salvación, y por ello aparecen iguales en rostro, en ademanes y en gestos… Ojalá intuyeras la comunión de Dios y la invitación para ti… No te quedes en la pintura: intuye y lee bien lo que está escrito en la pintura.

– Señor, quiero acoger tu salvación, dejar que Tú me quieras y me llames tu amigo sin merecerlo; todo lo acepto como hijo tuyo… así lo veo en Jesucristo que nos dice que su vida y deseo es hacer tu Voluntad. No puedo entender que la vida sea sólo el gusto de los sentidos, sino el esfuerzo y la abnegación… veo ese cáliz que significa encarnarme en la vida de amor y generosidad, que me llevarán al sacrificio y muerte de mis vanidades, al igual que hizo Jesús. Recuerdo lo que me dice el apóstol en Fil 2, 3-11.

Si te quedaras en puro silencio interior y te metieras en la celebración que hacía ante este icono la comunidad del Monasterio de San Andrés Rublev, enseguida te resonaría el diálogo entre las tres figuras recogido en el evangelio de Juan:

“He visto al Espíritu que bajaba como paloma (gloria de Yahvéh) y se quedaba sobre Él y doy testimonio de que es el elegido de Dios” (Jn 1, 32…) La tarea de Jesús se realiza con el calor del Espíritu… Jesús es fuerte y vence al mal (Gn 3, 15 y Mt, 4, 1-11). Y es así porque el Espíritu está sobre Él (Lc 4, 16-21). ¿Y si tú te unieras a esta lucha contra el mal guiado por el espíritu…?

“El Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que El hace” (Jn 5, 20). Vuélvete al Padre y contempla como muestra al hijo la misión de la salvación. Intuye cómo Jesús se siente el amor puro del Padre y lo expresa en su vida… Por eso el Hijo dará su vida. El valor de la vida es sentirse amado antes que amar y corresponder con fidelidad, así uno es humilde y verdadero.

“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me ha enviado y que lleve a cabo su obra” (Jn 4, 34). Jesús no descansaba ni para comer -junto al pozo de Jacob con la Samaritana-. Mejor, su vivir era que sus Palabras y sus acciones dieran vida a los desanimados y calmaran la sed a los sedientos… llevar a cabo la obra del Padre.

– Gracias, Dios de todos nosotros, por ser así, inmensamente así, y más agradecido porque me invitas a este modo de vivir: que mis acciones y palabras den vida a otros por amor a Ti.

“La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29) “El Padre que me ha enviado da testimonio de mí” (Jn 8,18). “Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). Lucas nos transmite la experiencia de Jesús en el bautismo y al comenzar y en medio de su predicación: “Tú eres mi Hijo…” Lo mismo Mateo y Marcos: Mi hijo predilecto… escuchadle”.

Sabes que vales tanto para Dios, tu Padre, que no duda en mostrarte a su Hijo sin reserva alguna. Busca sus palabras de vida. San Pablo decía: “Me amó y se entregó por mí…” Tú eres hijo predilecto de Dios y su Espíritu está en tu corazón para que seas feliz… Tienes un hogar a donde ir: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Podrías sentirte invitado a proclamar, como un himno, el pasaje de Efesios 1, 3-14. Es igual que un pregón de fiestas; en efecto, este es el himno de las Fiestas de la Magnanimidad de Dios, Padre entrañable de Nuestro señor Jesucristo. Mírate en medio de los que celebran su fe y bendicen al Señor de los siglos y de las generaciones. Pero no vayas deprisa… Proclama en silencio.