Padre Ciriaco Olarte Pérez de Mendiguren

 

Ciriaco Olarte nació en Gomecha (Álava) en 1893. Nos podemos hacer una idea del ambiente cristiano en el que fue educado al comprobar que tenía dos hermanos sacerdotes y dos hermanas religiosas. El mismo padre del mártir escribe en 1944 al P. Provincial de los Redentoristas españoles que su hijo era un muchacho ejemplar por la obediencia, la sencillez, la aplicación y la piedad religiosa. Su vocación se desarrolló al mismo tiempo que todas las facetas de su personalidad, y desembocó en la Congregación del Santísimo Redentor por dos motivos: el primero, porque en su mismo pueblo había ya uno, y el segundo, porque su carisma se adecuaba a sus deseos de ser misionero.

En 1904 ingresó en el Jovenado redentorista de El Espino (Burgos), y cursó los estudios con muchas dificultades. Parece ser que no tenía demasiada facilidad para el estudio, cosa que compensaba con una gran fuerza de voluntad y esfuerzo. Al finalizar el noviciado en Nava del Rey (Valladolid), pronuncia sus votos como misionero redentorista el 8 de septiembre de 1911. Tampoco destacó en los estudios sacerdotales, pero nadie ponía en duda su carácter abierto, alegre y entusiasta. Fue ordenado sacerdote en 1917. Un año después es destinado a Nava del Rey. En 1921 cruza el océano destinado a México, donde desarrolla una labor misionera abrumadora. No le detiene en su afán misionero la persecución religiosa -anticipo del desenlace de su vida- de Plutarco Calles de 1926. Más tarde, los religiosos han de escapar de la policía y la práctica del ministerio sacerdotal se hace imposible. El P. Olarte llega a La Coruña el 12 de septiembre de 1926, donde permanecerá dos años y medio. Después es trasladado a Madrid -comunidad del Perpetuo Socorro-, en donde experimentará los agitados primeros años de la República. En 1932 está en Granada y al año siguiente vuelve a Madrid por culpa de la alergia. El 8 de mayo de 1935 se instala en Cuenca.

Al abandonar el convento, en julio de 1936, se esconde primero en la casa del canónigo Domínguez, junto con el P. Goñi, y después en la de don Enrique Gómez, beneficiado de la catedral de Almería. Allí pronuncia como una profecía estas palabras: “El día de San Alfonso (1 de agosto) lo vamos a pasar en el cielo…”. Fueron denunciados por una panadera conocida. Muchos los vieron pasar el día 31, sobre las 10 de la mañana, a empujones, conducidos por una turba de milicianos descontrolados. No hubo juicio ni orden de ejecución. En un desmonte cerca de la central eléctrica El Batán, les dispararon a quemarropa. Ambos cayeron al suelo: uno murió -el P. Ciriaco-, y el otro padeció una larga agonía entre contorsiones y gritos de auxilio. Una guardia impedía socorrer a las víctimas. A las 10 de la noche llegó el Juzgado para recoger los cadáveres, que metieron en una misma caja y enterraron en la fosa común. Según testigos, el P. Olarte estaba boca arriba. Recibió tiros en el pecho y la nuca.

Su cadaver fue exhumado en 1940, y se podía apreciar en él una expresión de dolor agudo. Su padres recibieron algunos recuerdos de su hijo mártir, del que decían en una carta al Provincial: “que en nuestra vejez se nos haga más llevadera la pérdida de aquel hijo que desde su niñez no nos dio más que motivos de alegría, tanto por sus cualidades inmejorables como por la disposición que siempre mostró a dedicar su vida a nuestro Señor”.[/one_half]