Padre Pedro Romero Espejo

 

Un mártir sin sangre. Pedro Romero era oriundo de Pancorbo (Burgos) y nació en 1871. En el pueblo hubo misiones de jesuitas y redentoristas durante sus años mozos. Su padre lo puso a estudiar latín con el fin de llevarlo a un convento, ya que el muchacho decía tener vocación sacerdotal. Ingresó en El Espino, muy cerca de su localidad natal. Emitió su profesión religiosa como misionero redentorista en Nava del Rey, el 24 de septiembre de 1890. Ordenado sacerdote, fue destinado desde 1896 a la predicación de misiones populares. Reside en Astorga la primera década del siglo XX.

El P. Romero tuvo que aceptar con humildad sus limitaciones. Dicen las crónicas que tenía un tono de voz desagradable, que su estilo predicando era anticuado y que no era lo suficientemente flexible en su mentalidad como para adaptarse a las difíciles situaciones que planteaban los lugares a los que iba. Como religioso era muy observante, pero ese hecho no despertaba precisamente simpatías a su alrededor. Sus compañeros destacaban su espíritu de pobreza, su seriedad y su timidez. Su vida no era precisamente lo que esperamos de un santo: simpatía, admiración de las gentes, afabilidad, benignidad, grandes cualidades, etc. De hecho, los superiores decidieron desligarlo de la pastoral extraordinaria por no considerarlo cualificado.

Pero Dios actúa con criterios que no son los humanos, y este hombre de tan pobre personalidad padeció por causa de su fe y de su condición de religioso sacerdote. Su miedo al mundo se transformó en heroicidad en la persecución religiosa. Bien es verdad que le costó mucho aceptar el mandato del superior de la comunida de Cuenca de abandonar el convento y de no volver a él a partir del día 23 de Julio de 1936. Se refugió en las Hermanitas de los Pobres como si fuera un anciano más. Allí celebraba la eucaristía y atendía a las peticiones que le llegaban de asistencia religiosa. En agosto de 1937 el asilo queda bajo el control de la CNT, y los ancianos buscan refugiarse en casas particulares. El P. Romero se esconde en casa de la señora Herráez, pero su suegra le denuncia, y es llamado a comparecer ante el gobierno civil. Declaró tranquilamente su condición de redentorista. El veredicto fue incluirlo en la asistencia social, quizás por su precario estado y avanzada edad. Abandonó la casa de Beneficencia, en la que burlas y blasfemias atormentaban su carácter. Desde entonces, vivió mendigando por las calles de la ciudad, con el rosario y el crucifijo a la vista. Rehusó la acogida en domicilios particulares, para no ponerlos en peligro, y siempre que se llamaba para administrar sacramentos, acudía sin tardanza.

Un año vivió como mendigo. Su salud se quebrantaba poco a poco. En mayo de 1938 fue encarcelado por desafecto al régimen. Un joven sacristán, llamado Gabriel Lozano, le cuidó en la cárcel y testificó sobre los últimos días del P. Romero. Enfermó de disentería. Le llegó notificación de una próxima liberación, pero a los pocos días se la anularon. Finalmente, se le presentó una enterocolitis, y murió, a consecuencia de los padecimientos sufridos en la persecución.

En ningún momento renunció a su condición creyente, consagrada y sacerdotal, como se ve en su biografía. Aunque no fue asesinado, el desenlace de su vida fue reconocido como martirial por el tribunal que investigó la causa del martirio de los redentoristas muertos en Cuenca durante la persecución religiosa.