Donato Jiménez Bibiano

 

Nació en Alaejos el 21 de marzo 1873. Huerfano de padre a edad temprana, Donato era un niño vivo y travieso. Con 14 años asiste a una Misión Popular en su pueblo, y se queda admirado de la personalidad de los redentoristas. Cuando se marcharon los misioneros cambió completamente de vida. Él mismo cuenta en el Curriculum Vitae como, junto con tres amigos, partió una noche a lomos de un caballo hacia la comunidad de los Redentoristas en Nava del Rey (Valladolid) para felicitar a los Misioneros y celebrar con ellos el centenario del nacimiento de San Alfonso; al llegar, al ser tarde, tuvieron que esperar al amanecer en la puerta del Convento. Después de obtener el permiso de su familia, ingresaba en los Redentoristas del Espino (Burgos) en 1887. De El Espino pasó a Nava del Rey (Valladolid) para el noviciado. Aunque comenzó bien, a la mitad tuvo una fuerte crisis de perfeccionismo y escrúpulos contra los que tuvo que luchar, pugna que le afianzó la vocación. Una vez hubo profesado, fue a Astorga a realizar sus estudios de Filosofía y Teología, y fue ordenado sacerdote en 1899.

De Astorga (León) marchó a Nava del Rey (Valladolid) como ayudante del Maestro de Novicios. Un año después fue a El Espino (Burgos) de profesor de latín. En 1901, al Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid y al año siguiente de nuevo para El Espino. Después a Cuenca como misionero. En 1904 volvió a El Espino; en 1907 fue a Astorga. En 1915 es enviado a Pamplona, donde pasa 15 años y es hasta en tres ocasiones Rector de la comunidad. Era religioso de fervor y acendrada espiritualidad que podían comprobar cuantos vivían con él. Bueno con sus compañeros, no era ingrata su presencia en las comunidades. Fue muchos años Superior. Se preocupaba por el bien espiritual de sus súbditos. Optimista a toda prueba. Combinaba las responsabilidades comunitarias con un intenso apostolado misionero. En 1930 pasa a Santander. En 1933 va a Astorga y en diciembre de 1934 es nombrado rector de Vigo. En los nombramientos de 1936 es destinado a la Comunidad madrileña de S. Miguel donde llega el 23 de junio. Hacía dos semanas que se hallaba en su nuevo destino cuando estalló la persecución religiosa. El domingo 19 de julio, Solemnidad del Santísimo Redentor para los Redentoristas, después de cenar, abandonaba la Residencia y se refugiaba en casa de su amigo Jerónimo Fernández Puertas, nº 8 de Cava Baja. Allí vivió hasta el 12 de septiembre. El 13 se presentaron los milicianos hacia el mediodía. Sabían a qué venían. Cuando dieron con el equipaje del P. Jiménez exclamaron: “Hoy ha caído un pájaro de cuenta”.

Los llevaron a él y a su protectora a la Checa de Fomento. El P. Jiménez fue encerrado en la celda nº 5, en los sótanos de la célebre Checa. Apenas llegó dijo a los encarcelados: “Señores, soy religioso redentorista. Por eso me han detenido”. En la cárcel el Siervo de Dios siguió siendo el sacerdote apóstol, ayudando a los presos, sobre todo a aquellos a quienes veía más desalentados, procurando infundirles su optimismo. Él estaba seguro de su libertad. Su optimismo cambió después de uno de los interrogatorios. Imposible ocultar su personalidad. En el tribunal había uno que le debía conocer por las preguntas tan detalladas que le hizo sobre su vida y sobre algunos de los congregados. Parece que el Padre se dio cuenta posteriormente que se trataba de un ex-redentorista. Del interrogatorio, el P. Jiménez salió convencido de que su suerte estaba ya echada. El 16 de septiembre confesó a uno de los detenidos, Antonio Gómez. Cuenta éste que ésta fue la exhortación que le hizo: “En último término, hijo mío, si nos matan, ya sabemos lo que tenemos que hacer: gritaremos con todas nuestras fuerzas: Viva Cristo Rey… y entraremos en el cielo”. Pronto tendría él ocasión de hacerlo. El 17 a altas horas de la noche, se oyó la voz de un miliciano: “Donato Jiménez, a declarar. Toma”. Y le dio una papeleta en blanco: era la sentencia de muerte. El P. Jiménez no volvió a la prisión; murió la madrugada del 18 de septiembre en el Km. 12 de la Carretera de Francia, en el término municipal del entonces pueblo de Fuencarral, con el Breviario, el rosario y el Cristo, signos de su fidelidad a Cristo hasta la muerte.