Nicesio Pérez del Palomar

 

El H. Nicasio Pérez del Palomar Quincoces es el más venerable, por su edad, de los Redentoristas martirizados en la persecución religiosa de 1936-39 en España. Contaba setenta y siete años cuando fue llevado al suplicio y ratificó con la propia sangre su consagración religiosa. Había nacido en el pueblo alavés de Tuesta el 2 de abril de 1859. No poseemos detalles de su infancia. De su juventud únicamente sabemos que participó en las guerras carlistas en las listas de los liberales; por comentarios que oyeron algunos de sus coetáneos sabemos que en ellas se mostró valiente y decidido, características que poseerá a lo largo de su vida. Esto le motivó para entrar como soldado de Cristo cuando contaba poco menos de 25 años. Entró como postulante en El Espino (Burgos) y se le da el oficio de carpintero. En 1883 es destinado a Astorga (León) y en 1884 a Nava del Rey (Valladolid). En 1885 sale para El Espino (Burgos) para hacer el Noviciado. Emitida su profesión y vistas sus cualidades, en 1891 es enviado a Contamine (Francia) a formarse en el oficio de hortelano. De regreso de Francia en 1893, vuelve de nuevo a El Espino donde pone en producción los terrenos e incluso se dedicará al arte de la apicultura. Estará en El Espino como encargado de la huerta hasta mediados de 1901, en que el Provincial le cambia de oficio, poniéndole al lado del H. Luís para aprender el arte de la Maestría de obras. Da comienzo en su vida un incesante ir y venir de casa en casa solicitado por las necesidades de éstas, ya en las obras, ya en las obras de carpintería, ya de la huerta.

Mantuvo su fuerte temperamento incluso en el momento de la ejecución. Uno de los guardias testigo de la ejecución cuenta que salió exclamando: “¡Qué energía tiene ese viejo!”. Muy trabajador e inteligente; muy impuesto en los oficios que ejercía, que eran muchos: carpintero, horticultor, apicultor, albañil, director de obras. Su habilidad e inteligencia le sirvieron para que depositaran en él la confianza los distintos Provinciales encomendándole trabajos que requerían cierta pericia. Entregado al trabajo y a la oración había pasado su larga vida sin preocuparse de lo que pudiera pasar por el mundo. Cuando estalló la revolución era un anciano venerable, medio ciego, que se acercaba a los 80. Conservaba la energía indómita de su temperamento. Pero fuera de esto, uno se pregunta qué podía haber en aquel anciano venerable, que pudiera constituir un peligro para el régimen, que le hiciera merecedor de la muerte a una edad en que las leyes indultan aún a los criminales. Lo único que había es que era religioso. Con razón podía decir al jefe del pelotón que le iba a fusilar: “¿Y te atreves a matar a un viejo que puede ser tu padre y aún tu abuelo?”. Se atrevieron porque el odio infundido por la revolución había acabado con todo sentimiento humano.

Desde que salió de la Residencia del Perpetuo Socorro el 19 de Julio de 1936 hasta el momento de su muerte, su vida estuvo estrechamente unida a la del H. Gregorio Zugasti, quien no quiso abandonarlo y se convirtió en su compañero de calvario y de martirio. Ambos fueron detenidos el 14 de agosto y pasaron a la comisaría de Chamberí. El H. Gregorio, camino del martirio, dijo a los milicianos: “Nos lleváis como los judíos a Cristo”. El primero en caer fue el H. Gregorio. Cuando llegaron al H. Nicesio les pidió que le dejaran rezar una oración y que después le podían disparar; y así lo hicieron. Según el Acta de defunción, su martirio tuvo lugar en el Km. 7 de la carretera de Castellón en torno a las 5 hrs. de la madrugada del 16 de agosto.