que no me hará sentirme una criatura que no sirve para nada,
porque eres, Dios, así:
cuando una piedra te sirve para tu construcción,
coges el primer guijarro que encuentras,
lo miras con infinita ternura
y lo conviertes en esa piedra que necesitas;
unas veces con un brillo como el diamante,
otras opaca y sólida como una roca;
pero siempre apta para la finalidad que persigues.
¿Qué harás de este guijarro que soy yo;
de esta piedrecilla que tú has creado y trabajas cada día
con el poder de tu paciencia,
con la fuerza invencible de transfiguración que encierra tu amor?
Tú haces cosas inseperadas, gloriosas.
Arrojas lo inservible y te pones a cinceklar mi vida.
Poco importa que me piongas bajo el pavimento que nadie ve,
pero que sostiene el esplendor del zafiro;
o la cima de una cúpula que todos miran y quedan deslumbrados.
Lo importante es encontrarme cada día
allí donde tú me pongas, sin retrasos.
Y yo, por más que sea piedra, siento que tengo una voz:
quiero gritarte, oh Dios, la felicidad que me produce
sentirme maleable en tus manos,
para servirte, para ser templo de tu gloria.