acute;is tanto
vosotros me forzáis tanto por amar
a quien tanto me ha amado.

Oh Verbo encarnado, oh Dios amado
mi alma se ha encogido contigo;
quisiera amarte tanto...
hasta el punto  de no encontrar más gozo
que en agradarte, oh mi muy dulce Señor”. (16)

Orar, para San Alfonso, es, sobretodo, mirar a Cristo en la cruz y dejarse mirar por él:

“Alma mía,
levanta los ojos, y admira este crucificado;
admira el Cordero divino inmolado
sobre el altar de su sacrificio.

Cree que él es el Hijo bien amado
del Padre eterno,
y que murió por amor a ti.

Mira sus brazos extendidos para acoger,
su cabeza inclinada
para darte el beso de la paz,
su costado abierto para recibirte
en su corazón.

¿Qué dices
delante de este Dios que tanto nos ama?

¿Merece ser amado...?

Y él,
¿qué te dice
desde lo alto de la cruz?

Esto:
“Busca hijo mío
si existe alguien
en el mundo
que te ame
más que yo”. (17)

Meditar la Pasión es un medio infalible de conversión: “Las conversiones hechas por temor  no duran sino un día. Las conversiones hechas por amor, duran siempre”. Esta convicción de San Alfonso explica su concepción de la oración:

“Acuérdate de mí”.

Te decía el buen ladrón sobre la cruz.
Oh Jesús mío, y se sintió consolado
al escucharte responderle:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 42-43)

Yo también te digo:
“Acuérdate de mí”.

Señor,
de mí, que soy una de esas ovejas
por las cuales
has dado tu vida...

Creo firmemente que tú, Dios mío,
has muerto crucificado por mí.

¡Oh! Te lo suplico,
¡que corra sobre mí tu sangre divina!
que lave mis pecados,
que me abrace con  tu santo amor,
y haga que te pertenezca totalmente.

Te amo, oh, Jesús mío;
y deseo morir crucificado por ti,
que has muerto crucificado por mí”. (18)

Hablar de corazón a corazón con Jesús...

Las obras sobre la devoción al Sagrado Corazón de Parayle-Monial han inspirado varias de sus “Visitas al Santísimo Sacramento” de San Alfonso. Él mismo en la introducción de su “Novena al Sagrado Corazón”, afirma: “La más excelente de las devociones, es: amar a Jesucristo pensando frecuentemente en el amor que nos ha traído y que nos trae este amable Redentor... Ahora bien, la devoción al Corazón de Jesús no es otra cosa que un ejercicio de amor hacia un Salvador tan amable”. Esta novena, publicada en 1758 ha contribuído al desarrollo de esta devoción y a la aprobación por la Sagrada Congregación de Ritos, de la fiesta del Sagrado Corazón que fue autorizada a partir de 1765:

“Oh Corazón amable de mi Jesús,
el amor de todos los corazones
te es debido a buen derecho.

¡Pobre y desgraciado quien no te ama...!

Oh bellas llamas, que tienen por hogar
el corazón lleno de amor de mi Jesús,
alumbrad también en mi miserable corazón
ese fuego santo y bendito
del que Jesús ha venido a abrazar la tierra.

Reduce en cenizas,
aniquila, en los afectos de mi corazón,
todo germen maléfico que me impida
pertenecer enteramente a mi Dios.

Este corazón, oh todopoderoso,
redúcelo a no vivir sino por ti,
para amarte, oh mi dulce Salvador.

El tiempo en que te menospreciaba, se acabó:
ahora te proclamo rey de mi corazón.

Te amo, te amo,
y no quiero padecer nada
que impida en mí tu amor”. (19)

Adorar el Santísimo Sacramento

Durante la Semana Santa de 1722, en el curso de un retiro cerrado en casa de los Lazaristas, San Alfonso, como San Pablo, fue “invadido por Jesucristo” (Flp 3, 12). Es la época en que comenzó a visitar cada día el Santísimo Sacramento “en la iglesia de la ciudad, donde se hacía, ese día, la exposición de las Cuarenta Horas, por muy alejada que estuviese de su domicilio... Allí se entretenía horas y horas”.  No se trataba de la adoración solemne con incienso, órgano y cantos lo que le atraía, sino la visita de amistad. Por otro lado, para él como para San Ignacio de Loyola, la oración se definía: “Un amigo habla a otro amigo que sabe callarse para escucharle”. Se comprende, entonces, lo que escribe en la introducción a sus “Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima” publicadas en 1744 y convertidas, a continuación,  en un clásico de la literatura espiritual:

“No es ya un anticipo del paraíso
dejar brotar de mi corazón
múltiples actos de amor
por nuestro Señor, quien en el sagrario,
no cesa de orar a su Padre por nosotros
y arde por nosotros de la más ardiente caridad?...
¡Pero, de qué sirve tanto discurrir!
¡Gustad y ved!”. (20)

He aquí la oración que propone en el umbral de cada visita:

“Oh Jesús, mi soberano Maestro,
que, por el amor que tienes a los hombres,
estás de noche y de día en este sacramento.

Con el corazón desbordante,
con tan  misericordiosa ternura;
nos esperas, nos llamas,
acogiendo a todos cuantos vienen
a visitarte.

Creo en tu presencia
en la Hostia Santa;
te adoro desde el abismo
de mi nada;
te agradezco las gracias
con las que me has colmado,
sobre todo, la de haberme hecho el don
de ti mismo en la Eucaristía,
de haberme concedido como abogada
a tu Santísima Madre, la Virgen María,
y por haberme llamado
a visitarte en esta iglesia...”. (21)

Como todos los enamorados del mundo, San Alfonso expresa su amor con flores. En su época de joven abogado, se esmeraba por mantener decorado con flores, el altar de su parroquia. Toda su vida continuará  “ofreciendo flores a su Bien Amado del sagrario” y cantando:

“Bienaventuradas flores que, de noche, de día

permanecéis siempre cerca de Jesús...
Me da envidia vuestra suerte:
poder ahí vivir yo mismo,
poder ahí  morir de amor”. 
(Cánticos Espirituales)

Para San Alfonso, la cima de la oración cristiana es la Eucaristía. Ahí, en efecto, Cristo Resucitado, “que lleva la marca de los clavos” viene a nuestro encuentro, nos reúne, nos reconcilia, nos habla, nos nutre, se une a nosotros  y nos envía a continuar su misión en el mundo:

“El tierno amor que Jesús

nos trajo, le hizo querer contactar
con nosotros  en la más íntima unión;
así instituyó la Sagrada Eucaristía”.

“En el ardor de su amor,
dice San Juan Crisóstomo,
nuestro Señor quiso
unirse a nosotros de tal manera 
que nos convertimos en una
y misma cosa con él”.

En una palabra,
según la expresión de San Lorenzo Justiniano,
“has querido hacer,
oh Dios de amor, de tu corazón
y del nuestro, un  único corazón”.

Por lo demás, Jesucristo,
¿no lo ha declarado explícitamente:
“El que come mi carne
vive en mí y yo en él ?”  (Jn 6, 56)

¡Ah, Jesús mío!
Permanecer siempre unido a ti,
no separarme jamás,
es la gracia que te pido
y quiero pedirte siempre
cada vez que comulgue...

Oh, Dios de mi alma,
te amo, yo te amo,
quiero amarte siempre...”. (22)

Dejarse inflamar por el fuego del Espíritu Santo

Para San Alfonso, el Hombre no es un Prometeo que escala el cielo para allí decorar el fuego. No, el Hombre es amado por Dios. Es hijo del Padre. Como para los Apóstoles y la Virgen María reunidos en el cenáculo, le es suficiente pedir en la oración el fuego del Espíritu, el fuego del Amor, para recibir este don prometido por Jesús:

“Este fuego del amor de Dios, ¿dónde se enciende?
En la oración mental:
“En mis reflexiones, un fuego se ha alumbrado” (Ps 39/38, 4)

¿Queremos arder de amor por  Dios?
Amemos la oración:
ella es el bendito horno
donde se atiza este divino ardor...

Te lo suplico, oh, Espíritu Santo,...
libérame de mi frialdad a tu servicio,
enciende en mi alma un deseo ardiente
de agradarte...

Tú que te  has mostrado
bajo la forma de lenguas de fuego...

Por amor a Jesucristo
haz que en adelante proclame tus alabanzas
que te invoque frecuentemente,
que a menudo también exprese tu bondad
así como del amor infinito que mereces.

Te amo, oh mi soberano Bien;
Te amo, oh Dios de amor”. (23)

Pedir a María, nuestra madre, que interceda por nosotros...

San Alfonso, en su juventud, probablemente en 1719 pintó la Madona. Más tarde, la dibujará para la portada de “Las Glorias de María”. Invertirá dieciséis años en componer este libro, la principal obra de su corazón, que obtendrá “la tirada más grande de las obras marianas de todos los tiempos”: alrededor de un millar de ediciones desde 1750” (René Laurentin). Compuso también cánticos en honor a la Virgen:

“¿Sabes qué quiero,
dulce María?
Esperanza mía,
te quiero amar.

Quiero a tu lado
pasar mi vida;
bella Reina,
no me rechaces.

Y después dime,
¡oh bella Rosa!,
Madre amorosa,
¿qué quieres de mí?

Sólo sé darte
mi corazón;
con mano cariñosa
a ti te lo doy”. (24)  
(Cánticos Espirituales)

San Alfonso rezaba el rosario cada día y, cada sábado, predicaba sobre la Virgen María. Sin embargo, no termina de recordar a los que aman a la madre de Jesús, que no es suficiente con recitar de memoria bellas oraciones: hace falta, meditarlas. He aquí una de sus meditaciones sobre el Ave María:

“Dios te salve, María,
llena eres de gracia.
Tú que estás llena de gracia,
concédeme una parte de ella.

El Señor está contigo.
Él ha estado siempre contigo,
desde el primer instante de tu existencia,
pero, desde que es tu hijo,
está más estrechamente unido a ti.

Bendita tú eres
entre todas las mujeres.
Oh, mujer bendita
entre todas las mujeres,
obtén también para nosotros
las divinas  bendiciones.

Y bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús.
¡Oh, bienaventurada planta,
que has dado al mundo
un fruto tan noble y tan santo!

¡Santa María Madre de Dios!

Oh, María, reconozco en ti,
a la verdadera Madre de Dios,
y doy testimonio de esta verdad,
estoy dispuesto a dar mi vida mil veces.

Ruega por nosotros pecadores.
Porque si tú eres la Madre de Dios,
tú eres también la Madre de nuestra Salvación,
nuestra Madre, pobres pecadores,
ya que Dios se ha hecho Hombre
para salvar a los pecadores;
y él te ha hecho su Madre,
con el fin de que tus oraciones puedan salvar
no importa qué pecador.

Ahora y en la hora de nuestra muerte.
Intercede siempre:
intercede ahora que estamos expuestos,
durante nuestra vida, a tantas tentaciones
y a tantos peligros de perder a Dios.

Pero intercede por nosotros, sobre todo,
en la hora de nuestra muerte,
cuando nos llegue el momento
de abandonar este mundo
y de comparecer delante del tribunal de Dios,
con el fin de que, salvados por los méritos de Jesucristo
y por tu intercesión,
podamos un día,
sin temor a perdernos,
ir a saludarte y a alabarte,
a ti y a tu hijo divino, en el cielo,
por toda la eternidad.

Amén”. (25)

San Alfonso no separa jamás a la Madre de su Hijo, ni al Hijo de su Madre. Y desde ahí saca todas las consecuencias, es decir, una confianza total en María:

“Oh Madre de misericordia...
que otros soliciten de ti
lo que mejor les parezca:
salud del cuerpo, riquezas
y otros bienes de la tierra;
Señora, yo vengo a pedirte
lo que deseas ver en mí:

Tú que fuiste tan humilde,
concédeme la humildad...

Tú que fuiste tan sufrida
en las penas de la vida:
concédeme la paciencia en las contrariedades.

Tú, tan llena de amor a Dios:
concédeme su santo y puro amor.

Tú, todo caridad para con el prójimo:
concédeme caridad  para con todos,
sobre todo hacia los que me son adversos.

Tú, del todo unida a la voluntad de Dios:
concédeme total conformidad
con lo que Dios dispone de mí.

En una palabra,
Tú, la más santa entre las criaturas
oh María, hazme santo”. (26)