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I. Necesidad de la Evangelización
II. La CSSR al servicio del Evangelio III. Campos de Evangelización
IV. Secretariado General para la Evangelización
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I. Necesidad de la Evangelización 1. Una nueva época en la Historia de la Humanidad En este momento de su historia el hombre contemporáneo tiene una doble vivencia: -Por un lado, la humanidad tiene conciencia de las posibilidades que le brindan la técnica y la ciencia de eliminar alienaciones, limitaciones y esclavitudes seculares; lo cual le permite disfrutar fragmentos de bienestar y de autoliberación. -Pero por otro lado, los hombres de hoy somos conscientes de en cada uno y en la humanidad entera, hay heridas profundas que hunden sus raíces en nuestra finitud y en la seducción y el poder del mal, de las que nos es fácil liberarnos. Desde ahí el hombre de hoy vive una creciente conciencia de indefensión ante su propio poder y creatividad, la experiencia constante del fracaso de la libertad en el logro de una convivencia justa y dichosa, y el anhelo de una plenitud que transciende la satisfacción de sus necesidades y que, de hecho, no es colmado ni por la ciencia, ni por la técnica, ni por la economía, ni la política. Esta doble vivencia provoca en la humanidad por un lado, el deseo de un futuro más humano, más justo, más digno y feliz para todos; y por otro, un miedo difuso ante un futuro que parece como ensombrecido por serias amenazas. Todos estos cambios, que ya el Concilio definía como profundos y acelerados, y con tendencia a universalizarse (GS 4), obligan a la Iglesia a realizar un gran esfuerzo de adaptación en sus estructuras y planteamientos pastorales.
Esta cultura amenaza con erosionar los cimientos mismos de la fe y de la vida cristiana. Esta cultura, hija del racionalismo y positivismo moderno, y hermana inseparable de la sociedad de mercado y de consumo, es la que sobre todo está exigiendo una nueva evangelización; y ello tanto en los países industrialmente desarrollados como en las sociedades más tradicionales. En este contexto de secularismo y ateísmo práctico hay dos realidades que ocultan el rostro de Dios: por un lado, la crisis religiosa, que no es sólo crisis de instituciones, prácticas o costumbres religiosas, sino crisis profunda de fe en Dios que se manifiesta en el crecimiento de la indiferencia; las diversas formas de idolatría moderna; la difusión de un larvado nihilismo; y por otro lado, oscurecen el rostro de un Dios Padre de todos y su amor por cada criatura, la exclusión y el sufrimiento de los que no tienen una vida digna. Surge al lado de la cultura secularizada un florecimiento de lo religioso y de lo mágico. Así variados “productos religiosos” son ofrecidos por movimientos religiosos y sectas para “solución inmediata” de problemas de diversa índole. Esta búsqueda de soluciones inmediatas con espíritu mágico está subyacente en el espíritu de muchos cristianos que vienen a nuestras iglesias. El Papa Juan Pablo II propuso como objetivo prioritario de la nueva evangelización la renovación y el fortalecimiento de las comunidades eclesiales: “Esta nueva evangelización -dirigida no sólo a cada una de las personas, sino también a enteros grupos de poblaciones en sus más variadas situaciones, ambientes y culturas- está destinada a la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él de existencia vivida en la caridad y en el servicio" (ChL 34). Quiere decir que, la nueva evangelización no es un movimiento exclusivamente de dentro hacia afuera, de la Iglesia hacia el mundo, como si la Iglesia fuese una realidad autónoma, ya fija e inmune al influjo de los mismos cambios culturales. Paralelamente hay que hablar de un movimiento de la Iglesia hacia dentro de si misma, un movimiento de autoevangelización, mediante la cual la Iglesia responde con fidelidad siempre nueva al designio de Dios, manifestado también a través de los signos de los tiempos. Esta evangelización no puede interpretarse como el deseo de restaurar una situación del pasado -el "estado de cristiandad"- que ha sido definitivamente superado por el Concilio, ni puede identificarse con la regresión a antiguos métodos y planteamientos pastorales marcados por la falta de diálogo y la intolerancia, ni puede situarse en concurrencia o al margen de la tarea de liberación y desarrollo integral del hombre que es constitutiva de la misión de la Iglesia. Desde ahí nos atrevemos a afirmar que la evangelización hoy debe ser: 3.1. Ante todo, evangelización Lo primero que se pide a la nueva evangelización es que sea auténtica evangelización. Ello supone el anuncio explícito de Jesucristo como Buena Noticia de Dios para el hombre, como Salvador y Redentor de la humanidad: de todo el hombre y de todos los hombres. Supone el anuncio del Reino de Dios, núcleo del mensaje de Jesús (cf. Mc 1,15; Lc 4,43), que se ofrece al hombre a la vez como don y como tarea (cf. Mt 6,33; 11,12). Supone la proclamación de la Muerte y Resurrección de Cristo como sello y signo culminante de la Alianza. Sin olvidar que este anuncio del Evangelio conlleva al mismo tiempo la denuncia del pecado y de todos los poderes o estructuras que se oponen al Reino de Dios. 3.2. Evangelización de la cultura y de las culturas Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi ha identificado como el drama de nuestro tiempo la ruptura entre el evangelio y la cultura (EN 20). Por eso, allí mismo insiste en que "lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces de la cultura y las culturas del hombre"; y esta evangelización implica "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación" (EN 19). Cuando hay auténtica evangelización de la cultura, aunque la síntesis entre fe y cultura nunca sea plena ni definitiva, podemos hablar de una cultura cristiana, que tiende a favorecer el nacimiento y el desarrollo armónico de la fe y los comportamientos derivados de la misma. Ni la nueva evangelización en conjunto, ni la inculturación de la fe en particular, pueden realizarse a través de la imposición o la coacción violenta. Para realizar su tarea evangelizadora, la Iglesia no pretende mayor poder que el que pueda darle su autoridad moral, ni más privilegios que los que puedan dimanar de una justa libertad religiosa. Más aún, la búsqueda de la eficacia en la propagación del mensaje no puede realizarse a costa de usar medios menos evangélicos. En este sentido, el diálogo sigue siendo el método fundamental de la acción evangelizadota. Las enseñanzas de Pablo VI en la enciclica Ecclesiam Suam conservan plena validez y han de estar muy presentes siempre que se hable de nueva evangelización. Así, "el modelo del diálogo de la Iglesia con el mundo es el diálogo salvífico del Dios de la misericordia con nosotros. Todo es diálogo en la religión y la salvación del Dios de Jesucristo. Porque todo en ella es respeto, amor, libertad. Nuestro diálogo con el mundo debe ser claro, afable, confiado, prudente". Esta actitud de diálogo permitirá a la Iglesia reconocer los valores existentes en el seno de las culturas que quiere evangelizar, e incluso dejarse evangelizar por ellas, al descubrir las semillas del Verbo y la acción del Espíritu de Dios, que secretamente actúa en cada hombre y en todos los pueblos. El talante de diálogo y colaboración fraterna, es aún más urgente y necesario en relación con las demás Iglesias cristianas. La nueva evangelización no puede hacerse de espaldas al ecumenismo: además de ser ineficaz seria en sí misma contradictoria. 3.4. Evangelización desde los pobres Otra de las líneas de fuerza de la nueva evangelización, es que esta evangelización se ha de realizar desde la pobreza. Tal pobreza no se refiere sólo a la humildad personal del evangelizador o a la sencillez de los medios que ha de emplear, sino más radicalmente a una opción por los pobres que lleva a compartir su situación, redescubriendo y reformulando desde esta perspectiva el mismo mensaje que se anuncia. Como escribe A. González Dorado: "La nueva evangelización pretende generar un ambiente cultural en el que unos hombres sientan vergüenza ante la abundancia de bienes mientras otros carecen de los más elementales, por el constante progreso del bienestar alimentado por el también progresivo malestar de los otros; y en el que las generaciones se sientan orgullosas y realizadas humanamente en su propia austeridad por su solidaria generosidad con los pobres, con la dignidad de la persona humana, con la vida humana y con la abertura del hombre a la trascendencia". "La Iglesia entera es misionera y la obra de la evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios" (AG 35). La evangelización es responsabilidad de todo el Pueblo de Dios. Es responsable toda la comunidad cristiana, todos y cada uno de los grupos que la componen, según sus carismas y su carácter ministerial. Es muy claro que la tarea la Nueva Evangelización sólo la puede sacar adelante una comunidad creyente. El sujeto de la nueva evangelización es más la comunidad que la persona individual, más la fraternidad creyente que individuos concretos muy emprendedores. Y esto por motivos de realización concreta: si la nueva evangelización implica la difícil tarea de reformular la fe, e incluso de interpretarla teniendo en cuenta la cultura y la sociedad de hoy, este proceso requiere una serie de atenciones e implicaciones que un individuo difícilmente podrá realizar por sí solo. La promoción y complementación de las distintas vocaciones es uno de los puntos en que el proyecto de la nueva evangelización coincide con la renovación íntima de la Iglesia. Es conveniente que veamos los retos que hoy se nos plantean en la evangelización para que avancemos hacia respuesta más comprometida y ajustadas a las necesidades de nuestro mundo. Y esto, porque la nueva evangelización nos exige "plena conciencia del sentido teológico de los retos de nuestro tiempo" (VC. 81 ). Estos retos han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento para lograr una renovación de la misión evangelizadora de la Iglesia. El proceso de aculturación e inculturación del Evangelio, prolonga, de alguna manera, el misterio mismo de la Encarnación salvadora: "Característica esencial de la Evangelización es que ha de realizarse mediante un proceso constante de encarnación, asumiendo al hombre concreto, cultural e histórico de cada época y de cada lugar (AG 22), de tal manera que este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión" (RH 14). Todo esto supone proceso complejo, que se realiza a diversos niveles y que tiene múltiples implicaciones. La aculturación de la fe en el contexto de la nueva evangelización lleva consigo reformular la "Buena Noticia" del Evangelio. O también traducir al dialecto de cada lugar el don que se nos ha sido dado. La inculturación de la fe, es el resultado del proceso y supone que la fe ha sido acogida por quienes han recibido el anuncio del "kerigma", según su propia cultura, experiencia de vida, situación existencial, estímulos vitales... Para que pueda haber aculturación-inculturación es necesario que haya comunicación. Pero sabemos que la comunicación sólo es posible si se da desde un código lingüístico común entre emisor y del receptor. Cuando se trata de compartir dones espirituales, la comunicación debe tener lugar en el ámbito cultural del destinatario, no del evangelizador. El evangelizador ha de ser "bilingüe", es decir, un profundo conocedor de su propio lenguaje cultural y un profundo conocedor del lenguaje del destinatario. La evangelización, para afrontar el reto de la aculturación de la fe tendría, por un lado que denunciar el empobrecimiento espiritual que origina el proceso de secularización en el que estamos inmersos, pero al mismo tiempo tendría que aprender el "lenguaje secular" con sus sensibilidades y aperturas y con sus valores y contravalores, para poder expresar con riquezas y formas la riqueza de la fe en Jesucristo. Tendríamos que llegar a captar la secularización como un modo nuevo, más maduro y adulto de decir la fe. Si nos lo planteáramos así, nos sentiremos estimulados a buscar y descubrir pistas y nuevos caminos para anunciar el Evangelio en un mundo en el que no todo es tan negativo ni hay que darlo todo por perdido. Para poder hacer esto, los evangelizadores necesitamos estar empampados de empatía movida por amor; empatía que nos lleve a ver el mundo con los ojos del otro. Desde la perspectiva del apóstol, tener empatía es introducirse tan profundamente en la vida del otro y de su cultura, que se llegue a descubrir, por encima de las apariencias y de los sentimientos inmediatos, el deseo de Dios que anida en lo más profundo de su corazón y de su cultura.
Sabemos que un lenguaje más o menos incomprensible es incapaz de transmitir valores que despierten la conciencia personal o colectiva. Parece como si el lenguaje religioso en general, y el cristiano en particular, sólo se entendiera en medios practicantes y como si se tratara de un lenguaje especial y propio de grupos cerrados y pequeños. Es evidente la necesidad que tenemos de traducir nuestra fe y nuestra espiritualidad a un lenguaje sencillo y asequible, con la idea de que todos los entiendan y a todos les diga algo. No se trata de reinventarlo todo. Se trata más bien de ser conscientes de que se nos ha regalado un verdadero tesoro, de donde se pueden sacar cosas viejas y nuevas (cfr. Mt 13,52) y del que es preciso sacar una sabiduría siempre actual pero con raíces lejanas que al tiempo que enriquece, pone en entredicho la sabiduría humana. Hoy más que nunca, teniendo en cuenta el problema de la falta de significatividad del lenguaje cristiano para tantos, se le pide a los evangelizadores expresar la fe con palabras y signos llenos de sentido asequibles para el hombre de la calle, en un lenguaje normal, con palabras vivas que se entiendan a la primera. Es urgente utilizar un lenguaje verbal y simbólico plantee preguntas, que suscite el diálogo y que provoque respuestas y opciones de fe. Es preciso que dejemos a un lado esos lenguajes religiosos demasiados píos y que están gastados por el uso. Además de ser abstractos y de tener poco que ver con los problemas de la vida, tienen un referente antropológico que no es de la cultura y de la sensibilidad del hombre actual. El paradigma de nuestra comunicación lo encontramos en Jesús. Las parábolas de Jesús, con una comunicación teológica al alcance todos, son dichas con palabras de siempre, con un lenguaje no religioso, pero realmente incisivo, lleno de sabiduría pero no carente de emoción, y tan claro, que ni siquiera los doctores del templo, cargados de un montón de sofismas, podían evitar su impacto. El evangelizador ha de preferir un lenguaje fresco e inmediato, narrativo-evocativo y didáctico en el que se trasluce el compromiso de quien narra y en el que se provoca la implicación de quien escucha, más que un lenguaje frío y conceptual u homilético distante y abstracto.
El problema de fondo con el que nos encontramos es que hoy parece el hombre tiene atrofiado el sentido de búsqueda. No se hace preguntas, está como paralizado y en una actitud pasiva, banal o superficial. Por otro lado, sabemos que el hombre que no es capaz de cuestionarse, de dudar y de reflexionar con atención, es imposible andar el camino de la fe. La "duda", la "pregunta", condenan al hombre a seguir buscando y le obligan a profundizar y a otear nuevos horizontes. La duda, la pregunta, el interrogante, pueden ser la sala de espera del acto de fe. La fe surge cuando el hombre empieza a hacerse preguntas, cuando alguien le ayuda a ordenarlas y a no contentarse con respuestas parciales o incompletas y cuando alguien le acompaña a encaminarse hasta la respuesta, Dios. Por eso los evangelizadores han de estar convencidos de que detrás de cada interrogante se encuentra el interrogante sobre Dios. Para poder realizar esto, es preciso que los planteamientos, acciones, contenidos y lenguajes de la evangelización conecten con las necesidades profundas de todo hombre y que en nuestro mundo, están detrás de tantas cosas que no las dejan aflorar. Necesidad de sentido, de gracia, de reconciliación, de liberación del pecado, de esperanza. Los evangelizadores han de estar convencido de que el hombre de nuestros días sigue redamando algo que no es ciencia, técnica, desarrollo y bienestar, sino "experiencia de salvación".
Nadie pone en duda la necesidad y la importancia del conocimiento en la actividad evangelizadora. El acto de fe tiene que ver con el conocimiento; el conocimiento, con la verdad; la verdad, con la doctrina... Es más, no es pensable la experiencia cristiana sin algún conocimiento de Dios que se manifiesta, se revela, se da a conocer... aunque permanezca siempre semioculto en el misterio. Pero el cristianismo no consiste simplemente en el conocimiento de una doctrina; ni el mensaje cristiano es un mero sistema doctrinal. Evangelizar no es ante todo anunciar una doctrina, proponer una ética o promover unas prácticas religiosas, sino actualizar la experiencia salvadora, humanizadora y esperanzadora que comenzó con Cristo y en Cristo. Habrá evangelización en la medida en que haya anuncio del amor de Dios y en la medida en que la comunidad cristiana ofrezca experiencias concretas de vida, sobre todo de vida en comunidad-grupo, para experimentarlo. La nueva evangelización tiene que recuperar la fuerza de la experiencia. La fe cristiana es un hecho vital antes que doctrinal. Brota de la experiencia de haber sido encontrado por Dios en la vida y en la muerte de Jesucristo, de haber sido amado, alcanzado por su gracia. Si el cristianismo es una experiencia de fe y de vida por eso en la evangelización hemos de preocupamos más de posibilitar experiencias que de elaborar doctrinas. De ahí la necesidad de priorizar en sus planteamientos y acciones la iniciación o fortalecimiento de: -La experiencia de fe, que nace del anuncio explícito de la Palabra o proclamación del kerigma. -La incorporación a la comunidad de creyentes. -La ejercitación concreta de la vida cristiana, con lo que supone de práctica de la oración personal y compartida; participación asidua en la celebración comunitaria de la fe; ejercicio de la caridad, la justicia y la solidaridad, la comunicación de bienes; y discernimiento personal y comunitario de la Palabra y de los acontecimientos.
La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular se juega en la credibilidad social de la misma. Credibilidad que equivale a capacidad de revelación y comunicación del misterio que la constituye, de poner a los hombres ante su más honda humanidad, ante sus preguntas más vitales. Una Iglesia creíble para sus propios miembros y para los alejados e increyentes tiene que ser hoy más claramente lugar de unidad y comunión, con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación; la casa de todos, intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria; un hogar de libertad, capaz de mostrar que la aceptación del Dios de Jesús es fuente de liberación permanente en la existencia humana; una Iglesia humanamente fecunda, experta en humanidad, creadora de humanización; una familia donde los pobres sean los primeros, en el corazón y en los presupuestos; una Iglesia servidora de los hombres, de la sociedad, del mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Hemos de presentar la imagen y de construir una comunidad cristiana que vive la comunión con Dios y con los hermanos y que está fuera porque tiene vocación de pueblo y vive al servicio de la vida, de la verdad, de la solidaridad, de la justicia y de la paz. La evangelización tiene que lograr crear verdaderas comunidades en las que se viva y se comparta la fe, el testimonio y el compromiso cristiano. Se trata de comunidades de talla humana en las que es posible la superación del anonimato y la comunicación de lo que cada persona lleva de más valioso y original: su experiencia de Dios como Buena Noticia de su existencia. Recuperar la dimensión comunitaria es urgente para una Iglesia como la nuestra que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido el individualismo de una fe sin Iglesia por parte de grandes capas de nuestra población. A la formación de verdaderas comunidades cristianas ha de acompañar el esfuerzo decidido y paciente de estrechar los lazos de comunión entre ellas, respetando la diversidad y complementariedad de los carismas, servicios y responsabilidades que existen en el seno común de la Iglesia (cf. LG 7; ChL 20).
Sabemos que la evangelización consiste en la irradiación y comunicación de la experiencia salvadora que vive la comunidad de seguidores de Jesucristo. No existe evangelización sin evangelizadores. ¿Es posible echar las bases de una nueva evangelización si no se despierta el potencial evangelizador de los creyentes, las familias y los grupos cristianos, las comunidades y las parroquias? La novedad de la evangelización la aportarían hoy quienes, siguiendo a Jesucristo, puedan narrar su propia experiencia de un Dios amigo y salvador y puedan presentar el testimonio frágil, pero convencido, de una vida convertida y sanada por la gracia de Cristo, al mismo tiempo que vivan comprometidos por la liberación integral del ser humano. Para ello hacen falta auténticos cristianos con conciencia de su misión evangelizadora y suficientemente formados. Uno de los retos fundamentales de la evangelización es conseguir que sea toda la comunidad parroquial la que se ponga en "estado de misión", y al hablar de toda la comunidad nos referimos al el equipo sacerdotal de la parroquia, consejo de pastoral, religiosos del lugar con su carisma específico y los laicos, empeñados en tareas específicamente evangelizadoras y fermento del Reino en sus lugares de residencia y trabajo... Pero para ello es preciso motivar, animar y ofrecer procesos formativos que posibiliten a las personas el desempeño de su misión desde su carisma propio.
La devolución de la Biblia al pueblo, después de haberlo privado durante tantos siglos del acceso directo a la Palabra de Dios, es uno de los frutos más destacados de la renovación conciliar y postconciliar. Esto ha revolucionado la catequesis y ha puesto de manifiesto la importancia y la eficacia de la Palabra de Dios en los procesos evangelizadores. Y es que: -La Palabra de Dios tiene la fuerza y la vitalidad que le faltan a cualquier catecismo o material que podamos preparar. -La Palabra de Dios interpela a la persona que la escucha convocándolo a la fe, la oración y la conversión. -Su lenguaje es más narrativo, dialogal, personalizado y cercano (con una lectura guiada de modo adecuado), que el de los teólogos de oficio. Para evitar lecturas individualistas, fundamentalistas e interesadas que no favorecerían la nueva evangelización, se tendría que fomentar la lectura de la Biblia en el contexto público de la comunidad y en relación con los signos de los tiempos, de forma que su interpretación esté sometida al discernimiento comunitario. II. La CSSR al servicio de la Congregación En nuestras Constituciones y Estatutos Generales ha quedado recogida con especial nitidez cuál es nuestra misión dentro de la Iglesia: la evangelización, el anuncio del Evangelio de Jesucristo a los pobres. Aquí quedan recogidas:
1 – La Congregación del Santísimo Redentor, fundada por san Alfonso, es un Instituto religioso misionero clerical, de derecho pontificio y exento, integrado por miembros de diversos ritos, cuyo fin es “seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como Él dijo de sí mismo: Me envió a anunciar la buena nueva a los pobres”. La Congregación participa así de la misión de la Iglesia que, por ser sacramento universal de salvación, es esencialmente misionera. Esto lo lleva a cabo acudiendo con dinamismo misionero y esforzándose por evangelizar en las urgencias pastorales a los más abandonados, especialmente a los pobres. La Congregación sigue el ejemplo de Cristo por medio de la vida apostólica, que comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y la actividad misionera de los redentoristas. 3 – Los más abandonados, a los que la Congregación es enviada de modo especial, son aquellos a quienes la Iglesia no ha podido proporcionar aún medios suficientes de salvación; los que nunca oyeron el mensaje de la Iglesia o no lo aceptan al menos como buena nueva, y finalmente aquellos a quienes perjudica la división de la Iglesia. La solicitud apostólica de la Congregación se extiende al mismo tiempo a los fieles que gozan de atención pastoral ordinaria, a fin de que, robustecidos en su fe, se renueven de continuo en su conversión a Dios y den testimonio de su fe en la vida cotidiana. 4 – Entre los grupos humanos más necesitados de ayuda espiritual, los redentoristas han de prestar atención especial a los pobres, a los de condición más humilde y a los oprimidos, cuya evangelización es signo de la llegada del Reino de Dios (cf. Lc 4,18) y con quienes Cristo ha querido en cierto modo identificarse (cf. Mt 25,40). 5 – La preferencia por las situaciones de necesidad pastoral o por la evangelización propiamente dicha y la opción por los pobres constituyen para la Congregación su misma razón de ser en la Iglesia y la contraseña de su fidelidad a la vocación recibida. La misión encomendada a la Congregación de evangelizar a los pobres comprende la liberación y salvación de toda la persona humana. Los congregados deben proclamar explícitamente el evangelio, solidarizarse con los pobres, y promover sus derechos fundamentales de justicia y de libertad, empleando los medios que son más conformes con el evangelio y a la vez más eficaces. Art. 1 – La buena nueva de la salvación 6 – Fieles siempre al magisterio de la Iglesia, todos los redentoristas han de ser entre los hombres servidores humildes y audaces del evangelio de Cristo Redentor y Señor, principio y ejemplar de la nueva humanidad. En su anuncio proclaman de manera especial la redención copiosa: es decir, el amor del Padre “que nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10), y que vivifica por el Espíritu Santo a cuantos creen en Él. Esta redención abarca a la persona en su totalidad, y perfecciona y transfigura todos los valores humanos para que todo encuentre su unidad en Cristo (cf. Ef 1,10; 1Cor 3,23) y sea llevado hacia su fin: la tierra nueva y el cielo nuevo (cf. Ap 21,1). Art. 2 – Los caminos de la evangelización 7 – Los redentoristas, como testigos del evangelio de la gracia de Dios (cf. Hch 20,24), reconocen ante todo la grandeza de la vocación del hombre y del género humano. Saben que todos los hombres son pecadores, pero saben también que ya han sido radicalmente elegidos, redimidos y congregados en Cristo (cf. Rm 8,29 s). Traten, pues, de ir al encuentro del Señor allí donde Él ya está presente y actúa de modo misterioso. 8 – Según las circunstancias se interrogarán constantemente qué es lo que conviene hacer o decir: si anunciar explícitamente a Cristo, o hacerlo, al menos, con el testimonio callado de la presencia fraterna. 9 – Cuando por situaciones especiales no es posible proponer de modo directo e inmediato el evangelio o su proclamación completa, los misioneros den testimonio de la caridad de Cristo con paciencia y prudencia unidas a una gran confianza, y empéñense por todos los medios en hacerse hermanos de todos y de cada uno. La expresión de esta fraternidad se realizará en la oración, el servicio sincero prestado a los demás y el testimonio de vida, irradiado en formas diversas. Este modo de evangelizar prepara poco a poco los caminos del Señor e intensifica la vocación misionera de los redentoristas. 10 – El testimonio de vida y de caridad lleva al testimonio de la palabra (cf. Rm 10,17), de acuerdo con las posibilidades concretas y las aptitudes personales. Pues los redentoristas tienen como misión primordial en la Iglesia la proclamación explícita de la Palabra de Dios en orden a la conversión fundamental. Llegado el momento en que el Señor les abra la puerta de la predicación (cf. Col 4,9), los congregados, siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que los anima (cf. 1Pe 3,15), completan el testimonio callado de la presencia fraterna con el testimonio de la Palabra y proclaman con valentía y constancia el misterio de Cristo (cf. Hch 4,13. 29. 31). Para que siempre puedan colaborar de modo más pleno en la realización del misterio de la redención de Cristo, invocarán incansablemente al Espíritu Santo, el cual, dueño de los acontecimientos, pone en los labios la palabra oportuna y abre los corazones. Art. 3 – Finalidad de la acción misionera 11 – Elegidos por gracia divina para el ministerio de la reconciliación (cf. 2Cor 5,18), los congregados anuncian a los hombres el mensaje salvador y “el tiempo favorable” (cf. 2Cor 6,2), para que se conviertan y crean en el evangelio (cf. Mc 1,15), vivan auténticamente su bautismo y se revistan del hombre nuevo en Cristo (cf. Ef 4 ,24). Así pues, los redentoristas son “apóstoles de la conversión”, ya que su predicación se ordena ante todo a llevar a los hombres a una radical elección de vida u opción por Cristo, y a estimularlos con suavidad y firmeza a una incesante y plena conversión. 12 – Pero la conversión personal se realiza dentro de la comunidad eclesial. Por eso el fin de toda acción misionera es suscitar y formar comunidades que, viviendo dignamente la vocación a la que han sido llamadas, ejerciten la función sacerdotal, profética y regia que el Señor les ha confiado. Los misioneros llevan a los que se convierten a participar plenamente en el misterio de la redención, que se hace efectivo en la liturgia, especialmente en el sacramento de la reconciliación, en el que de modo maravilloso se anuncia y se celebra el evangelio de la divina misericordia en Cristo, y sobre todo en la eucaristía, por la cual se edifica la Iglesia. De este modo, la comunidad cristiana se hace signo de la presencia de Dios en el mundo. Pues alimentada con la Palabra divina da testimonio de Cristo; por medio del misterio eucarístico se encamina incesantemente con Cristo al Padre; progresa en la caridad y se enardece en espíritu apostólico. Art. 4 – El dinamismo misionero 13 – Al realizar su misión la Congregación procura actuar con iniciativas audaces y con tenso dinamismo. Llamada a cumplir fielmente a través de los tiempos la obra misionera que Dios le ha confiado, va evolucionando en el modo de realizar su misión. 14 – La obra apostólica de la Congregación se caracteriza, en efecto, más que por determinadas formas de actividad, por el dinamismo misionero, es decir, por la evangelización propiamente dicha y por el servicio en favor de los hombres y los grupos que para la Iglesia y por las condiciones sociales son más pobres y necesitados (cf. CC. 3-5). 15 – La misión de la Congregación exige, por consiguiente, que los redentoristas estén libres y disponibles, tanto en lo referente a los grupos que han de evangelizar cuanto a los medios utilizados al servicio de la misión salvadora. Porque deben estar en búsqueda incesante de nuevas iniciativas apostólicas bajo la dirección de la autoridad legítima, se les prohíbe instalarse en situaciones y estructuras en las que su actuación perdería el distintivo misionero. Por el contrario, se ingeniarán en buscar nuevas formas de anunciar el evangelio a todas las criaturas (cf. Mc 16,15). 16 – Por eso se han de tener en gran estima las múltiples actividades en las que a lo largo de la historia se ha concretado el trabajo misionero de los congregados, según las necesidades de cada lugar. Y de cara al futuro se aceptará igualmente en la Congregación cualquier iniciativa que se considere en armonía con la propia caridad pastoral. 17 – Corresponde al Capítulo (vice)provincial, con el consentimiento del Consejo general, dictaminar si determinadas prioridades que la (vice)provincia ha asumido o asumirá en las tareas apostólicas concuerdan o no con la índole misionera de la Congregación. Es, pues, evidente que todos los congregados, sobre todo cuando se reúnen en los Capítulos, deben interrogarse periódicamente si los medios de evangelización empleados en el respectivo lugar responden a las expectativas de la Iglesia y del mundo; si se deben renovar y cómo los métodos apostólicos para mantener los válidos, corregir los defectuosos y abandonar los inadecuados. Art. 5 – La cooperación con la Iglesia 18 – En virtud de la caridad pastoral que los distingue, los congregados y las comunidades procuren armonizar su propia labor con los programas tanto de la Iglesia universal como particular. Pues la tarea que la Congregación ha recibido en la Iglesia, por ser servicio a Cristo, ha de ser necesariamente servicio a la Iglesia. Aunque los congregados por razón de su ministerio en favor de la Iglesia universal están sometidos primeramente, incluso por el voto de obediencia, a la potestad del Sumo Pontífice, en lo que se refiere al ministerio particular en la Iglesia local dependen también del Ordinario del lugar, conforme a los principios de la exención. Por tanto, para fundamentar y promover la práctica de la fraternidad apostólica, los redentoristas, teniendo en cuenta la pastoral orgánica de la región y a la vez el carisma de la Congregación, incorpórense con sincero espíritu de servicio y generosa disponibilidad de ánimo a las obras y estructuras misioneras de la diócesis o del lugar en que trabajan, según las necesidades más urgentes de la Iglesia y de la época. Art. 6 – El diálogo con el mundo 19 – Para desarrollar eficazmente la acción misionera se requiere, a la vez que la cooperación con la Iglesia, un adecuado conocimiento y experiencia del mundo. Por eso los congregados entablan confiadamente un diálogo misionero con las culturas. Interpretando con fraterna solidaridad los angustiosos interrogantes de los hombres, procuren discernir en ellos los signos verídicos de la presencia y de los designios de Dios. Los congregados saben bien que sólo a la luz del misterio del Verbo encarnado se esclarece realmente el misterio del hombre y el sentido auténtico de su vocación integral. De este modo hacen presente en toda su plenitud la obra de la redención, testificando que todo el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se hace más humano.
Estatutos Generales Los Estatutos Generales ponen “nombre” a los principios que inspiran nuestras Constituciones. Nos limitamos aquí a enumerar los enunciados de los Estatutos que se refieren a la evangelización. Art. 1 – Los hombres a quienes se anuncia el evangelio (CC. 3-5) 09 – Criterio: 010 – Grupos de fieles a quienes la Iglesia no ha podido proporcionar aún medios suficientes de salvación 011.– Los que nunca oyeron el mensaje de la Iglesia 012 – Los que no acogen el mensaje de la Iglesia como “buena nueva” 013 – A quienes perjudica la división de la Iglesia 014 – Los fieles llamados a conversión continua 015 – Servicio pastoral a los sacerdotes Art. 2 – Algunas formas de la acción misionera (CC. 13-16) 016 – Principio general: 017 – Las misiones populares 018 – El ministerio parroquial 019 – La instrucción catequética 020 – Los ejercicios espirituales 021 – El fomento de la justicia y promoción humana 022 – El apostolado por los medios de comunicación social 023 – Los estudios de teología moral y pastoral 024 – La consulta espiritual Art. 3 – La adaptación de los métodos apostólicos(C. 17-19) El tema del XXIII Capítulo General es “Dar la vida por la abundante redención”. En él se nos urge a hacer de la evangelización motor de renovación interna de la Congregación y de transformación de los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de las estructuras de nuestro mundo. Recogemos algunos de los párrafos más significativos. “Así como los Apóstoles, nosotros hemos sido llamados a ‘estar con Cristo y ser enviados a predicar’. Dar la vida por la abundante redención expresa nuestro gozo de estar con Jesús como comunidad y de ser enviados, como comunidad, a predicar a los más abandonados. Por lo tanto nos sentimos llamados en este nuevo sexenio a prestar una particular atención a la calidad de nuestra dedicación apostólica al Redentor” (Mensaje, nº 4). “Confiamos en que nuestra Congregación continuará siguiendo ‘el ejemplo de Cristo por medio de la vida apostólica, que comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y la actividad misionera? (Const. 1). Con el poder del Espíritu confrontaremos los retos de dar nuestras vidas por la abundante redención, renovaremos nuestra entrega y nuestro celo misionero y responderemos a las exigencias de nuestro mundo. Compartiremos nuestro carisma con los laicos y estaremos abiertos a todo lo que sirva para nuestra misión a los pobres” (Mensaje, nº 12). “Las situaciones de pobreza personal e injusticia estructural en muchos de los países en donde realizamos nuestra labor misionera, así como el surgimiento de nuevas formas de pobreza y de nuevos pobres (inmigrantes desplazados, minorías lingüísticas, étnicas y culturales, etc.) y también los que no reciben adecuada atención pastoral, deben ser para nosotros redentoristas un permanente estímulo para nuestra misión en la Iglesia, pues ‘al redentorista no le es lícito hacerse sordo al clamor de los pobres y oprimidos...’” (Orientaciones, nº 6). “Revisar periódicamente las prioridades pastorales a la luz de la Constitución 5, poniendo especial acento en las situaciones de marginación social y eclesial que nos interpelan incesantemente. Estas necesidades deben llevarnos, con fidelidad creativa, a buscar nuevas formas de actividad pastoral que respondan mejor a las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro mundo” (Orientaciones, nº 7.1) III. Campos de Evangelización 1.1.1. Hacia una Parroquia misionera En palabras de Juan Pablo II, la Parroquia no es principalmente una estructura, un territorio o un edificio. La Parroquia es “la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de la unidad, es una casa de familia, fraterna y acogedora, es la comunidad de los fieles”. La comunidad eclesial, aún conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la Parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia; “es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas” (Christifideles Laici, 26). La Congregación del Santísimo Redentor, (Misioneros Redentoristas), recibe el encargo del Obispo de animar evangélicamente una parcela de la Diócesis con el título de “PARROQUIA DE...”. Por tanto, nuestra Parroquia se hace expresión de los objetivos, proyectos y programas de la Diócesis. Y, además, como familia redentorista, como grupo misionero, hacemos una apuesta declarada y preferente por el dinamismo misionero de la Evangelización, máxime cuando la dimensión misionera del Evangelio es la mayor laguna y el reto urgente que arrastra la Iglesia en el ámbito cultural de la modernidad y postmodernidad. El Estatuto 018 de la Congregación del Santísimo Redentor lo recoge así: “Los cohermanos dedicados a este ministerio desempeñen con toda diligencia sus deberes parroquiales, bien convencidos de que cuanto más profundamente actúen con espíritu misionero, tanto mejor conseguirán hacer de su trabajo una especie de misión permanente”. Para que la Parroquia sea una fraternidad animada por el espíritu de unidad no debe quedar reducida a una agencia de “prestación de servicios religiosos” ya sea en la mentalidad del equipo misionero que la anima, ya sea en la mentalidad de los fieles. Se debe buscar hacer de la parroquia un lugar donde todos, pastores y laicos, unidos por el mismo sentimiento de tener a Jesucristo en el centro, edifican la comunidad con base en el amor y en el seguimiento de Cristo. 1.1.2. Nuestra propuesta: la Parroquia centro de Misión Puntos básicos para esta nueva Parroquia serían:
1.1.3. Objetivo general y objetivos específicos Objetivo general La Parroquia hace una clara opción misionera y evangelizadora, que nos lleve a crear una comunidad cristiana viva, con la promoción de un laicado corresponsable y organizado, en un verdadero compromiso humano de acogida y servicio al pueblo, en diálogo permanente con la cultura ambiente, y en colaboración efectiva con quienes intentan transformar la realidad. Objetivos específicos - La Parroquia promueve la fraternidad al servicio de la misión. - El carácter misionero de la Parroquia redentorista intenta conseguir una conversión inicial a Dios y la adhesión global a Jesucristo con el primer anuncio del Evangelio y los procesos misioneros para alejados en la fe y los no cristianos. - La Parroquia potencia los procesos catequéticos de inspiración catecumenal. - La Parroquia proyecta la Vida y Acción Pastoral desde el “dinamismo misionero”: - La Parroquia programa el conocimiento, reflexión, contemplación y oración de la Palabra de Dios. - La Parroquia realzará los tiempos fuertes y las acciones litúrgicas, de modo especial la Eucaristía, fuente y cumbre de la comunión parroquial y con toda la Iglesia local y universal. - La Parroquia favorecerá la creación de pequeñas comunidades al servicio de la comunión en la fe, la solidaridad y el compromiso misionero. - La Parroquia resitúa a los laicos como directamente corresponsables en la tarea evangelizadora de la Iglesia, desde la base sacramental del Bautismo y la Confirmación. La Parroquia apuesta por un laicado que tome conciencia de su lugar en la Iglesia y vea la necesidad de formarse y asumir las responsabilidades en la misión y tareas propias de la Comunidad Parroquial e Iglesia Diocesana. - La Parroquia extremará su capacidad de acogida y servicio al pueblo, especialmente a los más débiles y necesitados, y colaborará con cuantos trabajan solidariamente por la paz y la justicia. - La Parroquia dialoga con la nueva cultura ambiente. - La Parroquia redentorista promueve las devociones particulares de la CSSR y los movimientos de carácter marcadamente parroquial. 1.1.4. Criterios:
1.2.1. Participación en la vida y en la misión de la Iglesia El objetivo de la misión de los Santuarios es anunciar el Evangelio de Jesucristo, su persona, su vida, muerte y resurrección para proporcionar un encuentro personal con Cristo, en la comunidad, y ayudar a cada persona en su adhesión a El y en el compromiso de seguirlo, realizando la tarea misionera confiada por El a la Iglesia. Su misión consiste en motivar al Pueblo de Dios, que se pone en condición de peregrino, a asumir, a través de opciones fundamentales y a la luz del mensaje de cada santuario, la vida de la Iglesia. 1.2.2. Directrices del Santuario Los Santuarios deben estar integrados en la Pastoral orgánica de la Conferencia Episcopal, de la Regional y de la Iglesia Particular.
1.2.3. Confraternización de los peregrinos Los peregrinos deben encontrar en el Santuario un espacio para manifestar la comunión, la solidaridad, la unión entre ellos a imagen de la primera comunidad cristiana. Para ello:
1.2.4. Escucha y meditación de la Palabra de Dios El santuario debe ayudar a los peregrinos a que escuchen y mediten la Palabra de Dios, que posibilite la conversión fundamental. Para ello debe utilizarse un lenguaje sencillo, rico en ejemplos, que abra las puertas de la esperanza. También la Palabra de Dios celebrada en la liturgia tiene que ser ilustrada mediante los medios de comunicación social. 1.2.5. Oración personal y comunitaria El Santuario debe ayudar al peregrino en su oración personal y comunitaria. Para ello: - Se debe favorecer la oración personal y comunitaria que brota como respuesta a la Palabra de Dios y de las experiencias vividas por los peregrinos. - Los peregrinos deben ser convenientemente preparados para participar consciente y activamente en la liturgia del santuario. 1.2.6. La reconciliación y la sanación El Santuario debe ayudar a los peregrinos a celebrar su reconciliación con Dios llevándolos a una real conversión a una auténtica vida cristiana. Por tanto, se deben favorecer celebraciones típicamente penitenciales con vistas a la reconciliación. Muchos peregrinos se acercan buscando la sanación física. También a ellos habrá que acogerlos y acompañarlos con especial delicadeza. 1.2.7. Celebración de la eucaristía La gran asamblea, hermanada en el Santuario, será invitada a la celebración de la eucaristía como centro de la vida cristiana y de la romería. La eucaristía debe revestirse de esperanza, celebrando las realidades de la vida, de modo que los reanime y los llene de alegría para el regreso. La eucaristía se debe celebrar de tal modo que los peregrinos participen mejor en la vida del santuario y de sus comunidades locales, y a que se sientan solidarios con los más necesitados. 1.2.8. Conclusión Nuestra responsabilidad en los santuarios es acoger a los peregrinos con sus alegrías y esperanzas, con sus preguntas, con sus dudas, con sus temores, con sus dolores. En nosotros deben encontrar un oído atento, un corazón disponible como el de nuestro Dios, que es misericordia y perdón. La Misión popular ha sido un método característico de evangelización para los redentoristas desde el tiempo de San Alfonso, que se ha mantenido hasta nuestros días mostrando gran eficacia en la renovación de las personas y de las comunidades cristianas. El Concilio Vaticano II y las orientaciones pastorales en el postconcilio, los profundos cambios políticos, sociales y culturales, exigían otro tipo de misión para el pueblo. El fenómeno de los alejados, la situación de increencia cada vez más aguda, el alejamiento de la fe de las grandes mayorías, el descenso de la práctica dominical, el aumento de católicos no practicantes, la pérdida de valores éticos, ... ha ido poniendo cada día más claro que estamos en un mundo que necesita, más que nunca, un nuevo anuncio del Evangelio. 2.1 Presupuestos Desde ahí la Misión Popular se ha sometido a un proceso de revisión y actualización en los planteamientos, estrategias y métodos, que parte de los siguientes presupuestos:
2.2. Objetivos La Misión Popular es un tiempo fuerte de evangelización extraordinaria durante el cual la comunidad, ayudada por los misioneros, se autoevangeliza fortaleciendo la experiencia cristiana de esa comunidad, promoviendo el nacimiento de grupos de catequesis de adultos, ayudando a establecer caminos de acercamiento a los alejados, y potenciando así el proyecto pastoral de la propia comunidad. Por tanto, los objetivos generales de esta acción misionera son:
A estos objetivos generales cada parroquia deberá añadir los objetivos particulares que se ha marcado en su proyecto pastoral. 2.3. Etapas El proceso de misión tiene tres etapas que designamos con los nombres de:
2.4. Agentes de misión La parroquia es en este momento la protagonista de la misión. Los sacerdotes y los laicos de la parroquia son los primeros misioneros; sin ellos no puede llevarse a cabo este tipo de misión. Colaborando con la parroquia intervienen, como responsables de la misión, los misioneros. En los Equipos misioneros redentoristas también suelen participar religiosas y laicos que comparten nuestro carisma. 2.5. Contenidos de la predicación y método La misión anuncia el núcleo básico de nuestra fe, el kerigma. La metodología es viva y festiva, favoreciendo la participación activa mediante el diálogo y la celebración simbólica, metodología adaptada a la situación que viven y al lenguaje que entienden los hombres y mujeres de hoy.
3.1 Un marco religioso, complejo y en movimiento Es verdad que hoy nos encontramos ante una situación religiosa bastante diversificada y cambiante; los pueblos están en movimiento; realidades sociales y religiosas, que tiempo atrás eran claras y definidas, hoy día se transforman en situaciones complejas. Baste pensar en algunos fenómenos, como el urbanismo, las migraciones masivas, el movimiento de prófugos, la descristianización de países de antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de sus valores en naciones de grandísima mayoría no cristiana, el pulular de mesianismos y sectas religiosas. Es un trastocamiento tal de situaciones religiosas y sociales, que resulta difícil aplicar concretamente determinadas distinciones y categorías eclesiales a las que ya estábamos acostumbrados. Hay que precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes. Así lo pone de manifiesto Juan Pablo II: “En un mundo que, con la desaparición de las distancias, se hace cada vez más pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí, intercambiarse energías y medios, comprometerse aunadamente en la única y común misión de anunciar y de vivir el Evangelio [...] Las llamadas Iglesias más jóvenes [...] necesitan la fuerza de las antiguas, mientras que éstas tienen necesidad del testimonio y del empuje de las más jóvenes, de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las otras Iglesias”. (ChL, 35) También nuestras Constituciones nos recuerdan que en lo más nuclear de nuestro carisma está la misión “al gentes”: “ Los más abandonados, a los que la Congregación es enviada de modo especial, son aquellos a quienes la Iglesia no ha podido proporcionar aún medios suficientes de salvación; los que nunca oyeron el mensaje de la Iglesia o no lo aceptan al menos como buena nueva, y finalmente aquellos a quienes perjudica la división de la Iglesia” (Const. 3). Aunque la misión es tarea de todo bautizado, sin embargo hay algunas personas que consagran su vida a la misión “ad gentes”, cuyo fin específico es el anuncio del Evangelio y la implantación de la Iglesia entre los pueblos o grupos que todavía no conocen a Cristo. Se trata de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida. Por eso, la Iglesia no puede sustraerse a la perenne misión de llevar el Evangelio a cuantos -y son millones de hombres y mujeres- no conocen todavía a Cristo Redentor del hombre. Esta es la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia . Como redentoristas sentimos la urgencia de que la redención de Jesucristo llegue a todo hombre y mujer de todo lugar. Por eso nos estamos siempre dispuestos a hacernos presentes en cualquier lugar del mundo donde sea necesaria nuestra presencia para la implantación del Evangelio en los corazones de sus gentes. Quizá en este momento de la vida de nuestra Congregación las Comunidades Internacionales sean una respuesta a la necesidad de nuevas presencias en lugares donde aún no ha sido implantada la Congregación y urge llevar la buena noticia del Evangelio. Estas deberían ser modelo de diálogo respetuoso entre quienes llevamos la noticia de Jesucristo y quienes no han oído hablar de él o son miembros de otras religiones. Por otra parte el anuncio del Evangelio en tierras de misión debe ir acompañado de signos que muestre la fuerza liberadora de Jesucristo y de su mensaje. De ahí la necesidad de una evangelización comprometida en la promoción humana y en la lucha por la paz y por la justicia. En el contexto de los Países del Sur, sobre todo en el interior, hay un campo de evangelización clásico que todavía perdura, las estaciones misioneras. Se trata de grandes zonas de evangelización con una sede que aglutina diversas estructuras y servicios, sirviendo de base para la animación itinerante y periódica de un gran número de poblados y aldeas que componen la zona pastoral. Esta estructura comienza a tomar cuerpo en algunos países tradicionalmente cristianos por la escasez de vocaciones y con características peculiares de cada contexto. Este campo de evangelización una gran capacidad de trabajo en equipo, la disponibilidad para la itinerancia y para afrontar las dificultades propias del lugar. Además , el servicio de evangelización se debe apoyar fundamentalmente en el trabajo de los líderes laicos locales, por lo que su formación debe constituir una de las primeras prioridades en este campo de misión.
Las migraciones modernas se han transformado en este momento en una realidad estructural de la sociedad contemporánea. Constituye un fenómeno siempre complejo desde el punto de vista económico, social, político, cultural y religioso. Estas migraciones vienen a ser un vector de mensaje de salvación a todos los hombres y testimonian que dentro de la situación caótica y contradictoria de los acontecimientos humanos Dios continúa realizando su designio de salvación hasta que todo el universo sea recapitulado en Cristo (Ef 1, 10; Col 1, 6-20). En el contexto de la mundialización las migraciones modernas provocan un mezcla de culturas y de religiones en todos los continentes. La Congregación debe estar atenta a este fenómeno irreversible bajo un doble aspecto: la pastoral de emigrantes y el diálogo interreligioso. Los cohermanos están en contacto permanente en sus Provincias con los extranjeros, los emigrantes, los refugiados o los creyentes de las diversas tradiciones religiosas: musulmanes, budistas, etc... Sería bueno identificar en la Congregación las iniciativas interculturales y interreligiosas más significativas. Y la importancia que los cohermanos completen su formación básica para una preparación pastoral específica teniendo en cuenta la realidad humana, social y religiosa de la inmigración. Las comunidades internacionales podrían ser útiles en esta perspectiva. a. Nuestra Congregación es enviada a la población más abandonada y debe ser sensible al fenómeno migratorio y debe sostener a los cohermanos empeñados en el trabajo con los emigrantes que viven en condiciones de exclusión, de marginación, de pobreza o de injusticia. Este trabajo esta particularmente encomendado al Secretariado para la Evangelización constituido en cada Provincia. b. La Congregación no será negligente en cuanto al diálogo interreligioso. La Iglesia Católica se ha empeñado desde el Concilio Vaticano II (Cf. Ecclesiam suam de Pablo VI; y la Declaración Conciliar Nostra Aetate). Hay cohermanos con una larga experiencia en este terreno. Se trata de vivir y de pensar la presencia cristiana en el contexto de la secularización y del pluralismo cultural y religioso, evitando a la vez el relativismo y el repliegue sobre la propia identidad. No debe haber misión sin diálogo. Los textos oficiales de la Iglesia Católica distinguen cuatro formas de diálogo: - el diálogo de la vida, donde los habitantes de un mismo barrio o de una misma ciudad aprenden a conocerse mejor a través de sus costumbres o sus religiones para un mejor “vivir juntos”: compartir sus fiestas respectivas: Navidad, Ramadán, lucha contra el racismo... - el diálogo de la cooperación, donde los creyentes de tradiciones religiosas diferentes trabajan juntos con objetivos comunes: desarrollo de una región de África donde cristianos y musulmanes trabajan conjuntamente, animación social en los barrios marginales de las grandes ciudades de occidente, etc... - el diálogo teológico, donde los expertos de cada religión releen juntos su patrimonio cultural y religioso respectivo para discernir mejor los puntos de divergencia y los puntos de convergencia. El grupo de búsqueda islámico – católico (GRIC) es un ejemplo. Algunos contenciosos historicos pueden ser asi superados. - el diálogo espiritual o de experiencias espirituales, sont partagées, sobre el sentido de Dios, del Absoluto, de la vida. El diálogo interreligioso monástico (DIM) recuerda así a los monjes cristianos de Occidente y a los budistas de Asia. No se trata de convertir al otro a su propia religión, sino de dejarse convertir por Dios los unos al contacto con los otros desde una profundización y una mayor fidelidad a nuestra fe respectiva. 4.2. La situación presente exige de nuestra parte un triple intento: - Para seguir las orientaciones del Concilio Vaticano II que ha definido a la Iglesia como signo y servicio de la unidad de la familia humana y de la unión del hombre con Dios, se deberá desarrollar relaciones exigentes de cordialidad y de cooperación con los fieles de todas las religiones, teniendo en cuenta el insistente respeto de la libertad religiosa. - Acompañar teológica y pastoralmente las experiencia del encuentro interreligioso. Lo importante es buscar lo que la revelación de Dios en Jesucristo nos dice de Dios, del hombre y del mundo en el contexto de pluralidad de culturas y de religiones. - Favorecer la búsqueda universitaria, en particular el trabajo teológico, confrontando con la ciencia de la religión, de la filosofía y de la ética. 4.3 Pistas concretas que se proponen: - Estimular y favorecer los cambios y compartir de experiencias (pastoral de emigrantes y diálogo interreligioso) entre cohermanos a nivel de religión: sesiones de formación y publicaciones - Creer en la Academia Alfonsiana o en el ISCM de Madrid un curso sobre el diálogo interreligioso. La acción en favor de la justicia es un elemento constitutivo en la predicación del Evangelio (Sínodo 1971, Canadá). Nuestro Secretariado para la Evangelización entiende que la justicia bíblica es un elemento esencial en nuestra misión y en nuestra evangelización. La evangelización que no toma en serio la justicia bíblica como algo fundamental simplemente no es evangelización. El estilo de vida de los redentoristas, como el de muchas otras comunidades religiosas, se ha convertido en un estilo de vida de clase media. Para algunos esto es una bendición; para otros es un problema. Pensemos en el pasaje del evangelio de Marcos donde San Pedro está “calentándose a sí mismo en los fuegos del Imperio”. Cuando es señalado como uno de los sus discípulos, Pedro niega que conoce al Señor. Muchas veces también nosotros hemos “sido calentados por los fuegos del Imperio” y hemos adoptado las características y comportamientos del mundo que nos rodea. Muchos redentoristas se han acostumbrado a este nivel de vida y por eso nos resulta más difícil vivir con los pobres e identificarnos con sus problemas. Tradicionalmente hicimos muy bien las obras de caridad pero no hicimos lo mismo con la justicia. El Evangelio es tan contrario al camino del mundo que no sólo tenemos que hablar de él sino llevarlo a la vida. El Papa Pablo VI dijo: “Lo que el mundo necesita hoy no son maestros ni predicadores sino testigos”. El Papa Juan Pablo II ve que “ el nuevo totalitarismo es económico” y las estructuras económicas injustas son las que mantienen la pobreza y el hambre de la gente en el mundo. Caridad y justicia no son lo mismo. Las dos son necesarias, pero los que trabajan en la lucha por la justicia muchas veces no son comprendidos y encuentran a oposición dentro de la sociedad y también en la Iglesia, y en la Congregación. Nuestro Secretariado nos llama a alcanzar una evangelización profética en estos “nuevos tiempos”. Guía El Secretariado de Evangelización entiende que para que nuestra evangelización sea genuina primero tenemos que dar testimonio con nuestras vidas de lo que predicamos. Para alcanzar este fin ofrecemos los siguientes puntos de reflexión como una guía en nuestra preparación para la misión y la evangelización:
El Secretariado General para la Evangelización ha reflexionado seriamente sobre la llamada a la justicia dentro de la Congregación. Somos una familia global en justicia y no sólo en la caridad. Por eso tenemos que preocuparnos por las necesidades de todos los miembros de la Congregación en todo el mundo. Tenemos que apoyarnos mutuamente, compartir nuestros bienes unos con otros y escuchar la llamada para vivir austeramente para que todos vivan una vida digna. Los redentoristas contamos, ya desde San Alfonso, con una larga tradición en el estudio de la moral. Y un estudio de la moral como ayuda a la evangelización del hombre y de la mujer concretos con los que nos encontramos cada día en nuestro trabajo evangelizador. ¿Qué Teología Moral podemos ofrecer como redentoristas? Nuestro estudio y nuestra investigación deben ser respuesta a las preguntas concretas de las personas que componen la Iglesia, que quieren seguir de cerca a Jesucristo. Preguntas que brotan con fuerza en este comienzo del siglo XXI: ¿Cómo seguir de cerca a Jesucristo cuando vivimos en un tiempo sin opciones, sino con imposiciones de todo tipo: económicas, sociales, políticas, culturales? ¿Cómo comprometernos con la construcción del Reino de Dios en una Iglesia con relaciones desiguales y ambigüedades en sus planteamientos pastorales? ¿Cómo anunciar el Evangelio en un contexto de secularización, de pérdida de los valores y de pluralismo religioso? ¿Cómo transmitir este mensaje de salvación en la era de las comunicaciones? ¿Cómo tener una palabra ante el fenómeno de la manipulación de la vida humana o ante la situación de pobreza extrema en la que viven millones de personas? ¿Cómo ser portadores de esperanza para los hombres y mujeres de nuestro mundo? Como teólogos moralistas, debemos responder a colectivos concretos, a personas que sufren y reclaman un mundo mejor, aportando una libertad interior que renueve a las personas y les aporte un estilo de vida feliz y con sentido. Como teólogos, hablamos desde Dios, y nuestra labor es poner de manifiesto, exagerar, la propuesta evangélica. Como moralistas hablamos de la vida, del día a día, de los signos de los tiempos y de los clamores del Espíritu. La Teología Moral, a lo largo de la historia, no expone sistemas completos y cerrados que aseguran el “buen obrar”, sino que levanta hitos significativos en el camino de la fe de los cristianos. La Teología Moral es una oferta de madurez para una Iglesia que busca la plenitud del Reino de Dios. Y una madurez que implica la entrega total a los valores evangélicos y la comunicación a todas las realidades de la vida de la experiencia del amor de Dios. Actualidad de nuestra reflexión moral En el siglo XXI, queremos pertenecer a esta Iglesia que se pregunta cómo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios a todos. Estamos en búsqueda, como lo está nuestra Iglesia. Estamos en crisis de maduración y crecimiento, como lo está el pensamiento actual y la cultura. Estamos en camino hacia la comunión en la pluralidad, como están nuestros pueblos y toda la comunidad internacional. Por eso, como redentoristas, queremos ayudar con nuestra aportación desde la Teología Moral a construir:
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