Un solo cuerpo: de hermanos

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Desde el principio, los Hermanos Redentoristas han sido parte integral de los miembros de nuestra Congregación. En los últimos veinticinco años hemos visto cómo el número de Hermanos descendía significativamente acompañado de una muy desproporcionada relación entre las profesiones temporales de los candidatos que aspiraban al sacerdocio y de los que aspiraban a ser Hermano. Si miramos hoy a los miembros de nuestra Congregación desde un punto de vista estadístico según el número de Hermanos y de Sacerdotes, vemos el panorama desolador que se le presenta al futuro del Hermano Redentorista en la Congregación. Nuestras más recientes estadísticas indican que, de un total aproximado de 5 mil Redentoristas, tenemos tan sólo  cuatrocientos Hermanos con un promedio de edad, además, superior a los 60 años.

Cuando en ocasiones se habla del tema de los Hermanos, la conversación suele girar en torno a unas pocas  preguntas: ¿Necesitamos todavía Hermanos en la Congregación cuando justamente ahora nos estamos abriendo a la colaboración de los laicos y llegamos, a veces, incluso a contratar gente que haga el “trabajo” que solían hacer antes generalmente los Hermanos? ¿Debemos continuar aceptando candidatos a Hermano? ¿Cuál es la identidad del “Hermano” en la Congregación? Todas estas preguntas, y muchas más que se hacen sobre los Hermanos en la Congregación, son en sí mismas síntoma de otro problema mucho mayor que consiste en una errónea concepción de nuestra vocación como personas llamadas a vivir la vida consagrada. Dar una respuesta a cada una de estas preguntas puede ayudar a calmar la preocupación de algunos, a arrojar luz sobre determinadas incertidumbres, a clarificar ciertos equívocos o, incluso, a reforzar la opinión de quienes creen que ya no hay necesidad de Hermanos. Para abordar este interrogante hoy, hay que plantearse la cuestión de un modo  correcto, no haciéndose sólo una pregunta: ¿Qué significa ser Hermano Redentorista?, sino preguntándose también ¿Qué significa ser  Redentorista? Si somos capaces de dar una definición de lo que es ser Redentorista, podremos también, en consecuencia, definir qué significa ser Hermano Redentorista. En nuestras Constituciones y Estatutos se utiliza ya desde el principio la palabra Redentorista para referirse a los miembros de la Congregación.

“Para realizar esta misión en la Iglesia, la Con¬gregación reúne hermanos que, viviendo en común, constituyen un cuerpo misionero… Todos los redentoristas, movidos por el espíritu apostólico e imbuidos del celo del Fundador, fieles a la tradición marcada por sus antepasados y atentos a los signos de los tiempos…”  (Const. 2)

Así, para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista?, el primer sitio lógico al que acudir para buscar una respuesta se halla en nuestros documentos oficiales; ellos nos indican la idea fundamental para hallar la respuesta. La Constitución 20, que memorizamos durante nuestro noviciado, nos proporciona claramente el perfil de quienes son llamados a ser Redentoristas. Además, el último Capítulo General, estudiando los “signos de los tiempos” e intentando dar una respuesta apropiada a los desafíos que ellos representan, tomó algunas Decisiones con el fin de acelerar el proceso de  Reestructuración, ya en marcha desde hacía años. El XXIV Capítulo General expresó con el lema escogido cuál debía ser el enfoque que habría que dar a la misión hoy día: “Predicar el Evangelio siempre de manera nueva, renovada ESPERANZA, renovados CORAZONES y renovadas ESTRUCTURAS para la MISIÓN”. Este mismo Capítulo expresó también cuál era el perfil del Redentorista hoy. (cfr. Decisión Final, XXIV Capítulo General 2009).

Si los términos de estos documentos nos situaron en el recto camino para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista? podremos responder también, en consecuencia, a la pregunta ¿Quién es un Hermano Redentorista?

El Hermano Redentorista, como todos los Redentoristas, está llamado a vivir en comunidad formando un solo cuerpo misionero que continúe a Cristo Redentor. El Hermano ha salido del Pueblo de Dios y ha sido llamado a una vida de castidad, pobreza y obediencia. El Hermano se identifica con Cristo a fin de que la gente pueda reconocer en él  a alguien que vive para los demás. En cuanto Redentorista, es misionero, apóstol y profeta; evangeliza y se prepara personalmente para ser evangelizado por el  pueblo del que procede, especialmente por los pobres y más abandonados. El Hermano Redentorista se implica en diversidad de apostolados y de servicios que contribuyen, todos ellos, a la misión de la Congregación. Algunos de estos apostolados incluyen, aunque no exclusivamente, la pastoral de Santuarios, la pastoral juvenil, la predicación ocasional, la enseñanza, los medios de comunicación, la promoción vocacional, la pastoral extraordinaria de inmigrantes, la pastoral de mantenimiento, etc. Los profesos  Redentoristas son hombres llamados a continuar a Cristo Redentor; en consecuencia, el Hermano Redentorista es expresión viva de la vocación del laico consagrado llamado también a continuar a Cristo Redentor.

Luz para mis pasos es tu Palabra

Mt. 23: 1-12

Dedíquese un tiempo a leer en forma de oración este pasaje de la Escritura. Dejen que los oídos y los ojos de su mente escuchen atentamente cuanto ahí se dice y que contemplen cuanto ahí se describe. ¿No hemos convertido el mandamiento de Jesús sobre el amor a Dios y el mutuo amor entre nosotros en un conjunto de reglas, de ritos, de prácticas, de normas, convirtiéndonos así, también nosotros mismos, en los nuevos doctores de esa ley del amor? ¿No nos hemos convertido en una nueva “clase sacerdotal” para la que el sacerdocio es una especie de ascenso a un estatus social superior? “Todos vosotros sois hermanos” – dice Jesús en el versículo 8. En cuanto profesos Redentoristas, somos una Congregación de Hermanos y de Sacerdotes, ¿Nos comportamos en la comunidad con la actitud propia de quienes todos se sienten iguales? ¿Practicamos lo que predicamos? “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Ante el Icono 

Nos acercamos a la celebración del 150 Aniversario de la entrega a los Redentoristas del icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro (NSPS). Somos misioneros cuya razón de ser, la de todos conjuntamente, es la de ““seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como Él dijo de sí mismo: Me envió a anunciar la buena nueva a los pobres” (Const. 1). Somos afortunados de tener bajo nuestra custodia este milagroso Icono que es una de las ayudas más eficaces para la predicación de la Buena Nueva a los pobres.

Se dice que antes de pintar un icono, su autor se prepara mediante la oración, los actos de penitencia y el ayuno para impetrar la ayuda divina en la obra que sus manos están a punto de dar a luz. Un icono, más que una obra maestra de arte que  admirar, es una ventana que se abre ante nosotros hacia el cielo; nos pone en contacto con una historia de fe previamente vivida en la oración, con una historia destinada a ser compartida. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro es un estímulo visual que gradualmente nos invita a adentrarnos en la historia de nuestra Redención a través de la Palabra hecha carne, que pagó el precio de nuestra salvación, y a través de su Madre que, por la fe, dijo sí a la Palabra para que ésta se hiciera carne en ella, y que cuidó con suma ternura al Verbo Encarnado, su Hijo, hasta el momento de su muerte en Cruz. En el Icono, María nos dice: “puedes venir a mí cuando estés turbado,  cuando te sientas solo, con miedo; dime lo que sientes, aquello por lo que luchas. Yo te conduciré hasta Aquel que es Uno con el Padre”.

Cuando una historia atrapa nuestra imaginación, persiste en nosotros, y nos impulsa a compartir con los demás su contenido a fin de que también ellos puedan experimentar nuestros mismos sentimientos y emociones, esa historia se convierte en materia prima del actuar humano. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro tiene una historia extraordinaria que contar, una historia que, a través de los años, ha movido a millones de personas a actuar de forma verdaderamente humana, pero divinamente inspirada, amando a Dios y a los demás. Cuando nos situamos ante el Icono y releemos la historia, puede que lleguemos a emocionarnos como niños pequeños que quieren escuchar una y otra vez su cuento preferido. Que esta emoción nos impulse a relatar una y otra vez esta historia a todos los que conocemos, transmitiéndoles una experiencia que les ayude a nutrir su imaginación cristiana; y que nosotros sigamos esforzándonos por ser dignos  custodios de este extraordinario tesoro.

Bebiendo de nuestro propio pozo

Santi Raponi, reflexionando sobre los Hermanos Redentoristas al comienzo de nuestra Congregación, escribe: “En la primera Fundación de Scala, junto al Fundador y al pequeño grupo que lo acompañaba, nos encontramos a Vito Curzio, el primero entre los Hermanos Redentoristas. Esta presencia de un laico junto a los sacerdotes  probablemente no fue pensada o planeada por el Fundador, pero surgió de forma natural  en virtud de la tradición, sin subestimar, por supuesto, las circunstancias providenciales que llevaron a Vito Curzio a seguir a Alfonso. Desde el principio hasta nuestros días nos encontramos a laicos junto a los sacerdotes, ya sea en las clásicas Órdenes pre-tridentinas ya sea en los Institutos  post-tridentinos”.

Siguiendo a Vito Curzio, nos encontramos con numeroso Hermanos que contribuyeron a dar forma a nuestra Congregación, a definir su espiritualidad, y a darle  su propia identidad. Conocemos a San Gerardo Maiella, su vida y escritos, como conocemos también al Hermano Francesco Tartaglione, cuyos esfuerzos sobrehumanos están acreditados con la consecución de la primera Regla redentorista aprobada. Hay que allegarse a los libros escritos por San Alfonso,  que se imprimieron y se vendieron, a fin de nutrir a los cohermanos y a la creciente Congregación. Siempre que se enviaron misioneros para iniciar una misión en tierras extranjeras, hubo también siempre Hermanos en aquellos equipos pioneros. Entre el último grupo de mártires españoles beatificados se halla también un Hermano Redentorista. La lista de Hermanos y su contribución a hacer de los Redentoristas lo que hoy día somos sigue y sigue adelante.

El propio San Alfonso tuvo problemas con la presencia de Hermanos en la Congregación. De la lectura de sus escritos deducimos que estos problemas se debieron  principalmente a la estructura social de su tiempo. Él siempre se refirió a los Hermanos como “mis hermanos”, pero vio que su papel en la Congregación era de “servicio y trabajo”, de crecimiento en las virtudes de la humildad, de la obediencia, de la paciencia y, por supuesto, el de evitar toda forma de orgullo. Alfonso vio a los Hermanos en pie de igualdad con los Sacerdotes, pero esta igualdad llevaba para él, sin duda alguna, el sello propio del carácter específico que su tiempo otorgaba a esta igualdad. Se cuenta la historia de un novicio Hermano que, mientras lavaba los platos con Alfonso, intentó impedir que éste se manchara demasiado por lo que colocó las ollas más sucias lejos de Alfonso. Cuenta el relato que Alfonso le dijo al Hermano novicio: “¿Crees que yo soy, quizá, mejor que tú?”.

Si hoy nos oponemos a la presencia de los Hermanos en la Congregación, puede que se deba a que no hemos captado enteramente el significado de la misión, la de continuar a Jesucristo Redentor predicando la Buena Nueva a los pobres y abandonados, eligiendo libremente los votos de pobreza, castidad y obediencia; es decir, la vida consagrada. En ninguna parte se dice hoy, ni siquiera implícitamente, que alguien deba ordenarse para responder a esta llamada. Ciertamente, la ordenación permitirá llevar a cabo determinadas tareas “sacramentales” asociadas al sacerdocio; una realidad suficiente pero no necesaria para la vida consagrada. Nuestra vocación misionera a evangelizar, a salir a las periferias para buscar a los marginados y abandonados, es una llamada que se hace no sólo a los ordenados, sino a todos los bautizados. Por tanto, la llamada a ser Redentorista no es una invitación a un  “trabajo” particular, sino, más bien, una llamada a un modo particular de estar en  MISIÓN en nuestro mundo de hoy; siempre prontos y disponibles para asumir lo que dicha misión exige, dispuestos a asumir el mutuo compartir en el misterio de Cristo y a llevar a la gente la  Buena Nueva de la abundante redención.

Para concluir

Terminemos nuestra reflexión unidos en comunión con nuestros hermanos y hermanas y oremos con las palabras que cientos de millones de devotos dirigen a Nuestra Señora  desde los orígenes de la devoción a su Icono:

Oh Señor Jesucristo, que nos diste a Tu Madre María, cuya insigne imagen veneramos como Madre siempre pronta a ayudarnos, concédenos, te rogamos, que quienes constantemente imploramos su maternal ayuda merezcamos disfrutar eternamente de los frutos de tu redención. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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UN CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR  – fr.chyla@gmail.com ).

Esta edición fue preparada por Jeffrey Rolle, CSsR –

jeffrolle@gmail.com

Traducción del inglés:  P. Porfirio Tejera CSSR

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