La aceptación no es resignación

La aceptación no es resignación

En nuestro último número de la revista Icono se abordan dos términos que no son sinónimos, según Ana Rodríguez, terapeuta de familia: aceptación y resignación.

En palabras de Rodríguez, si al dolor le oponemos resistencia, el resultado será una mayor dosis de sufrimiento porque todo aquello a lo que nos resistimos persiste con más fuerza. Si una persona que está pasando por un mal momento asume el papel de “víctima” tampoco es sano, porque deja su existencia en manos de terceros o del “destino”.

Aceptar no significa “justificar” las situaciones, sino el inicio del cambio, para hallar el sentido que tiene la nueva situación que se nos ha presentado, para transformar el desafío en experiencia. Podemos confundir estos términos y, por eso, muchas veces nos negamos a aceptar las cosas. Pensamos que, si aceptamos, nos estamos dando por vencidos y lo que tenemos que hacer, es luchar contra ellas.

Cuando acepto integro el problema en mi vida e intento aprender de cada situación. La vida es una sucesión de etapas y experiencias que no siempre nos da los resultados que esperamos y tenemos que afrontar acontecimientos que no podemos cambiar: una enfermedad una muerte, el paro en la familia…

ACCIÓN

La aceptación nos abre puertas a la acción. Aceptar implica “respeto a mí, al otro, a la vida”. Aceptar es abandonar una lucha contra algo que no tiene solución, es estar dispuesto a convivir con unas sensaciones internas, aunque sean dolorosas y buscar caminos que nos ayuden a vivirlo lo mejor posible, o lo que es lo mismo “vivir con ello, no contra ello”.

Aceptar o resignarse son las dos caras de la misma moneda. Si acepto las situaciones que se presentan, seré dueño de ellas, superaré los obstáculos y estaré en paz conmigo mismo. Podré “pasar página” y llegaré a olvidarme del esfuerzo que he hecho. La resignación, en cambio, promueve la indefensión.

El psicólogo Carl Jung decía: “Lo que resistas, persiste. Lo que aceptes, te transformará”.

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